El viveirense Manuel Albo y otros 4 gallegos formaban parte del Gobierno de Uruguay en el 1929
Un país con el Viejo Pancho ribadense de poeta nacional y la laurentina Juana de Ibarbourou de poeta universal
13 de septiembre de 2026. Actualizado a las 05:00 h.
¿Qué diría usted, amable lector, de un país extranjero que ya en 1929 tenía en su gobierno a cinco emigrantes gallegos, uno de ellos Manuel Albo Carballeira, natural de Xunqueira (Viveiro)? De un país en el que su poeta nacional gauchesco, El Viejo Pancho, nació en Ribadeo y su poeta más universal, Juana de Ibarborou, era hija de un emigrante de Lourenzá. De una nación presidida por hijos de gallegos, Lorenzo Latorre y José Baldomir, y hasta hace poco por Tabaré Vázquez, nieto de ourensáns. De una patria que, en su fundación, destacaron gallegos como Pantaleón da Serra, Andrés Pernas o Juan Montero, de Ourol; los Varela Ulloa, de Palas de Rei, o los Casal, de Ribadeo. De una sociedad cuyos sectores básicos como el transporte (Cutcsa), la industria papelera (Ipusa) o las cadenas de distribución fueron creados por José Añón, de Malpica, Manuel Canabal, de O Pino, y Manuel Manzanares, de A Ramallosa, respectivamente.
De un país, en fín, cuyo Centro Gallego es el más antiguo del mundo y en el que sus dos religiones -tango y fútbol- tienen dioses galaicos como Víctor Soliño, autor de Garufa, o futbolistas como Cea, Lorenzo y Gestido, campeones del mundo, Héctor Castro, El divino manco, o jugadores en activo como Maxi Pereira, Nico Lodeiro, Varela, Lucas Torreira, Ferreira, Valverde...
Seguramente dirá, lector, que no hay país más integrador y gallego que Uruguay. Los gallegos se implicaron de forma ejemplar en la construcción de su identidad, en su organización y en su vida pública y civil. Su presencia está por todas partes y fue y es constante en el comercio, los almacenes, los míticos cafés de Montevideo... Y algo dejaron en el alma uruguaya —gente humilde, de concordia, pero combativa y valiente— de nuestro dicho ‘Deus é bó e o Demo non é malo’.
Uruguay es una de las democracias plenas más destacadas del mundo. Eso es, exactamente, lo que pretendía resaltar la prensa emigrante —sobre todo, Céltiga— en reportajes que destacaban que en el año 1929 cinco diputados del Uruguay eran gallegos: 4 del Partido Batllista y 1 del Partido Nacional, Manuel Albo, de Viveiro. Cinco personalidades que representaban una especie de mapa del poder de nuestra diáspora en Uruguay y que habían conseguido penetrar en las estructuras económicas, culturales y políticas del país sudamericano sin dejar de ser gallegos.
Manuel Albo Castiñeiras nació en Xunqueira (Viveiro) el 7 de mayo de 1886. Su tío paterno, Isidro Albo, comerciante en Santa Lucía (Uruguay), lo adoptó cuando tenía 5 años pues no tenía hijos. Lo educó y le pagó la carrera de Medicina. En 1911 obtuvo una beca para completar estudios durante dos años en Europa y EE. UU. A su regreso, fue catedrático de Medicina, director del hospital de Casa de Galicia y cirujano en otros (en La Española), fundador del servicio de Urgencias y dos veces diputado por el Partido Nacionalista (luego Partido Blanco), tradicional y ligado al medio rural. Su nombre es uno de los más ilustres entre la colonia gallega.
El doctor viveirense inauguró una ilustre saga médica que llega aún a la actualidad
Manuel Albo Carballeira, como los demás, gozó de un general aprecio y reconocimiento por parte de la sociedad uruguaya que supo valorar de esa forma su decidida labor en pro de la colectividad gallega pero tambien, y sobre todo, del país. Un busto suyo preside la entrada del hospital central de la Sociedad Española de Socorros Mutuos y una céntrica avenida -que bordea el Estadio Centenario y el Parque Batlle y conecta la Avenida de Italia con 8 de Octubre- lleva su nombre.
Albo fue, al mismo tiempo, promotor y colaborador del desarrollo del Uruguay, creador de una saga médica que llega a la actualidad y persona siempre solidaria con sus paisanos emigrantes y con la colectividad gallega y sus instituciones en el país. La mujer con la que se casó en 1894, Luisa Volonté Lalinde, de origen italiano, fue de las primeras mujeres médicas del país especializada en Ginecología. Prestó servicios en diversos hospitales montevideanos (el Pereyra Rosell, el de Obreras y Empleadas o el Pasteur) y fue profesora de la Escuela de Parteras.
El matrimonio tuvo dos hijos, una muchacha fallecida en 1934, y Manuel Albo Volonté que se licenció en Medicina en 1959 y obtuvo la Medalla de Oro de su generación. Prestó servicios en los hospitales de La Española, Casa de Galicia y otros y fue docente en la Facultad de Medicina de Montevideo. Hoy vive jubilado en Punta del Este.
Antonio Valiño Sueiro, de Cuntis, promovió Punta del Este, uno de los principales centros turísticos de Sudamérica
Los otros cuatro gallegos que compartieron con Albo tareas en el gobierno uruguayo en 1929 pertenecieron al Partido Batllista (Partido Colorado) que, fundado por José Batlle y Ordóñez, busca un Estado moderno y justicia social. A ligual que Albo se implicaron en el desarrollo del Uruguay pero siempre se reivindicaron y pertenecieron a sociedades gallegas.
Antonio Valiño Sueiro nació en Cuntis (Pontevedra) y murió en Montevideo en 1957. Fue médico y hombre de ciencia. Se instaló en Castillos (Rocha) donde desarrolló una actividad que desbordó ampliamente la Medicina. Fundó la Sociedad de Fomento Rural desde la que impulsó la apicultura, fruticultura, ganadería lechera y promovió la plantación de más de un millón de árboles en Rocha y Treinta y Tres. Llegó a ser propietario de la Isla de Padre y diputado por Rocha en 1929 y 1943. Valiño representa el modelo del emigrante gallego integrado en las élites uruguayas: médico, empresario, propietario rural, promotor social y político batllista.
Otro diputado batllista fue el coruñés Miguel Sánchez, miembro de la élite económica gallega de Montevideo. Fue industrial tabaquero (dueño de la fábrica de cigarros Miguelito y representante de Partagás), presidente de Casa de Galicia en 1924 y destacado galleguista de los años 20 con el viveirense Pedro Fernández Veiga, Camilo Bóveda, el ribadense Barrera o Arturo Carril. En los años treinta fue vocal del Círculo Republicano Español de Montevideo. El tercer diputado batllista fue José María Serrano, de Carballo, propietario de la librería y Editorial Cervantes, una de las más importantes del país y editora, en exclusiva, del novelista uruguayo José Enrique Rodó. Serrano fue un firme apoyo de las iniciativas del galleguismo en Uruguay. El cuarto diputado fue José Martínez González, comerciante vinculado con actividades patrimoniales y empresariales en varias localidades uruguayas pero, sobre todo, en el desarrollo urbanístico de Punta del Este, hoy uno de los grandes centros turísticos de América.
martinfvizoso@gmail.com



