Los 102 años de José Sánchez, referente de la emigración en Montevideo

Acordeonista conocido como Che do Norio, es originario de Noicela, en Carballo

MONTEVIDEO, 16 de mayo de 2024. Actualizado a las 05:00 h. 0

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José, en la celebración

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Ha cumplido 102 años de vida José Sánchez Muñiz, Che do Norio, un viejo y querido acordeonista de la colectividad gallega afincada en el Rio de la Plata. Un icono de nuestra música y pilar imprescindible en las fiestas de las instituciones gallegas de Montevideo. Sobre todo, su aporte de alegría que de manera desinteresada ofrecía semanalmente a los doscientos españoles acogidos en el Hogar Español de Ancianos, refugio honorable y lugar de tantas añoranzas de gallegos que no pudieron regresar jamás a su tierra...

En ese lugar ornado de árboles llegados de Galicia, pero que nuestra dulce música, ya casi olvidada por ellos, les permitía retornar y acercarse con los ojos bañados en lágrimas, a la aldea perdida hace tantos años, cuando la flaqueza económica y los desdeños políticos les obligaron a subirse a un barco y tomar camino hacia lo incierto y desconocido.

José nació en la parroquia de Santo Tomé de Monteagudo, perteneciente al Ayuntamiento de Arteixo, el 22 de abril de 1922. Pero a los pocos años se trasladó, junto a su madre, al lugar de A Imende, en Noicela, Carballo. Allí, teniendo como maestro a uno de los vecinos, aprendió el oficio de carpintero. Se casó y tuvo un hijo, pero era el momento de partir rumbo a América en busca de un porvenir que su tierra le negaba. Tenía 30 años.

Hoy tan solo quiero enviarle mi abrazo, que seguramente será uno más entre los tantos. Sin embargo, aunque no dudo del cariño ajeno, el mío es sincero y cariñoso. Para él y para esas teclas blancas y negras del acordeón que fueron corazón y sueño de su longeva vida.

Dicen que la vida es «el arte de uno mismo». Por eso quiero que Che do Norio, el entrañable José, siga poniendo ritmo a esa vida cargada de arte. Yo creo que el célebre músico argentino Luis Alberto Spinetta compuso una hermosa canción como dedicada a este acordeonista gallego, y que dice: «La música es como ese aire fresco de la mañana que nos invita a soñar». Seguramente José tuvo, días atrás, una celebración acotada y de carácter íntimo, en sintonía con esta etapa de su vida más inclinada al cuidado de su salud que a los excesos de las celebraciones.

Sin embargo, la piel de sus amigos se nos eriza y nuestros corazones tiemblan recordando tantas veladas, tantas fiestas y tantos eventos en los cuales las jotas, las muiñeiras, pasodobles y alalás, caían como lágrimas en el mar de Baldaio en un día de tormenta, mientras la gente levitaba alegre, contenta y contagiada. Y todo eso mientras el acordeón parecía querer esconderse entre el pecho y el corazón de su dueño.

Ayer, alguien me dijo: cuando ellos falten, ya nada será igual. Sí. Como tantas otras cosas.

Carpintero, panadero, cobrador de autobús, siempre con la música   

Fue a los 99 años cuando José relató su larga historia personal en La Voz. Y fue entonces cuando evocó a Imende, en la parroquia carballesa de Noicela (de donde era su padre; la madre, de Monteagudo), ese reducto de la música tradicional que hasta posee un pasodoble, llamado lógicamente de Imende, lo mismo que hay una muiñeira y un maneo dedicados al lugar, e incluso grupos como Fía na Roca (ya desaparecido) le dedicaron un tema. De ahí salieron pandeireteiras, bailarinas y músicos, y uno de ellos es José, Che, que lleva desde 1952 en Montevideo. Emigró ya mayor, con 30 años. Nunca olvidó su pasado ni las melodías que aprendió de joven, y que de vez en cuando aún tocaba hasta hace nada. El acordeón es, fue, su instrumento principal, el que mejor domina. La gaita, menos. La tocó hace tiempo, y se ha especializado en ella su hijo, pero algo también le daba.    

Tuvo el oficio de carpintero, también fue panadero, y en lo que más trabajó fue como cobrador de los autobuses de la Cutcsa, mítica compañía fundada por el larachés José Añón, que también fue presidente del equipo del Nacional. La música la reservaba a su tiempo libre. En los últimos años tuvo un grupo, Os de Antes, todos mayores de 80 años. Con Ramón Baliñas, ya fallecido, acudía cada semana al Hogar Español de Ancianos, para animarlos con las piezas que recordaban a su juventud, antes de emigrar.

A Imende llegó con 17 años, y ahí se casó y nació su único hijo. Los tres emigraron cuando este último tenía tres años, y la madre falleció hace seis. En toda esta vida tan larga, la música no dejó de acompañarlos ni a uno ni a otro.

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