Gallegos en Canarias: «Llevamos siete años pasando el invierno en Fuerteventura y el verano en Galicia»

ESPAÑA EMIGRACIÓN

Teresa Feijoo en Fuerteventura.
Teresa Feijoo en Fuerteventura.

«Mi marido tiene cuatro baipases y este clima le hace bien. No hay que tener tanto dinero en el banco, hay que vivir», asegura Teresa Feijoo, que para un retiro dorado prefiere «a nosa terra»

04 abr 2022 . Actualizado a las 07:43 h.

La guerra de Ucrania no ha alterado la paz de Fuerteventura, pero sí subido los precios del carburante, «como en todas partes», apunta Teresa Feijoo, que fue emigrante mucho antes de disfrutar del cálido invierno de Canarias por recomendación médica. Lejos quedan para ella los primeros 80, años en que se marchó a trabajar a Liechtenstein y tuvo que plantar cara a una jefa que se lo puso duro: «O aprendes alemán o coges la maleta y vuelves a España», recuerda que le decía aquella ama de llaves que le cerró puertas. Pero Teresa salió adelante en Vaduz. La necesidad obliga. Como en el hotel en el que trabajaba apenas oía otro idioma que el alemán, no le quedó más remedio que aprenderlo y las cosas fueron a mejor con el idioma, y con gran esfuerzo.

Un viaje de vuelta a Galicia que iba a ser temporal, debido a una enfermedad de su marido, puso fin a la etapa de Liechtenstein y dio pie a otra nueva en Portonovo, donde Teresa tuvo un restaurante veinte años. El restaurante ya no está, pero sigue en pie en el recuerdo de Teresa, que no ha dejado de cocinar la vida de los suyos ni ahora, a sus 64. Siguiendo la pauta de los últimos siete años, en verano volverá a Portonovo, «a trabajar en la plaza de abastos». Poco queda para jubilarse... «¡Me queda lo peor! Me encuentro bien, pero ya no soy tan ágil como cuando era joven».

Teresa disfruta de unos inviernos parecidos al verano gallego. Cada diciembre, vuela a Fuerteventura, y «ahí por abril», está de vuelta en Galicia. «Y a trabajar otra vez», remata sin perder la sonrisa.

Ninguno de los dos veranos que hacen el año de Teresa son ociosos. El gallego le cura la morriña y le genera ingresos y el canario favorece mucho la salud de su marido. «Empezamos a venir en el invierno porque mi marido tiene un problema de corazón. Tiene una extrusión reversible. Tiene cuatro baipases, muchas operaciones, y aquí en Canarias se encuentra bien. A él le gusta esto y este clima le hace muy bien».

Con la pensión del marido y el trabajo de Teresa, cada verano va saliendo la vida. «No hay que tener tanto dinero en el banco. Hay que vivir un poco...», se convence esta superabuela que no ha dejado de ganarse el pan desde los 15. Antes de emigrar a Liechtenstein, ya trabajó nueve años en una fábrica en Cambados. Luego, 20 años de restaurante. Ahora, la plaza de abastos. «Toda una vida trabajando... para seguir trabajando. Antes había que ayudar económicamente a los padres. Cuando llegaba a casa de cobrar en la fábrica, lo primero que hacía era entregar el sobre en casa», recuerda. La historia de su vida es la de toda una generación que ayudó a sus padres y salva la vida a sus hijos.

Al corazón de Teresa le tiran dos nietas para Galicia y otra para Canarias, pero ella, a la que poco le gusta la playa (ni en la isla ni en las Baixas), tiene claro «que no hay tierra como Galicia». Tiene a una de sus hijas cerca, trabajando en un hotel de la isla, y Teresa la ayuda con las labores de casa, con la comida y con la niña. Es una abuela todoterreno a la que le gusta caminar, cuando puede, ocho kilómetros al día.

En la isla majorera tiene una parte de la familia, amigas gallegas y un chalé en Costa Calma «con jardín y buena terraza, con muros altos; puedes andar desnuda, ¡que no te ven!». La casa la compró, me cuenta, por 45.000 euros, cuando le pedían 90.000. Allí sobrelleva el viento y la rutina. «Tengo mi jardín, con mis tomates, la papaya, un platanero, judías... ¡por lo menos veo verde!». Para un retiro dorado, Teresa preferiría «a nosa terriña». Pero los inviernos canarios les están dando veranos de vida.

Laura y Curro con sus hijos Hugo y Gonzalo, en Corralejo.

Gallegos en Canarias: «Tuvimos cinco días para decidirnos, nos lanzamos y llevamos muy felices siete años»

Ana Abelenda

Hace siete años que Laura Pérez Sobrín y Roberto Chao Villares —más conocido como Curro en el mundo del surf— cambiaron Ferrolterra por las islas afortunadas. Y la fortuna low cost de «la vida descalza» les sonrió con buenas olas, buena gente y la cálida «nada» de ese lugar de Canarias donde el ilustre Unamuno vivió un exilio de cuatro meses que acabó siendo un regalo inesperado para el escritor.

 

A Laura y Curro nadie les obligó a volar a Fuerteventura. Decidieron libremente, presionados solo por el reloj. Tuvieron cinco días para tomar esa decisión en la que debían tener en cuenta a sus hijos Hugo y Gonzalo, que entonces tenían 6 y 3 años... y la pena de dejar a los abuelos en esta orilla del Atlántico. Pero la familia les mostró su apoyo en el cambio de paraíso a paraíso del surf. No era mal momento para los niños: el pequeño empezaba el cole y el mayor entraba en primaria. Ese curso del cambio estrenaron no solo material escolar, sino un lugar para crecer.

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