Gallegos en Canarias: «Cogimos el barco pensando en ir a Cuba y encontramos el paraíso de camino»

ESPAÑA EMIGRACIÓN

Pachín y María, en el barco en el que llegaron a Fuerteventura y en el que vivieron «cinco o seis años».
Pachín y María, en el barco en el que llegaron a Fuerteventura y en el que vivieron «cinco o seis años».

María y Pachín soltaron amarras en el 2011.  La pareja lo dejó todo, cruzó el Atlántico y se enamoró del «Caribe europeo». Allí vivieron cinco años en su barco hasta que su trabajo como artesanos y reparadores de velas hizo necesario disponer de un espacio en tierra

06 abr 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

A Fuerteventura se llega de la misma forma en que se deja, «llorando», dice María haciéndose eco de un dicho sobre la isla del viento. Pero de momento no hay plan de regreso ni propósito de final para la aventura isleña que está viviendo en pareja. Hace once años que esta emprendedora carballesa, de 48 años, partió junto al que es su chico desde el 98 rumbo a otro estilo de vida más acorde con sus sueños. Él es Gerardo, más conocido como Pachín, que nació en Córdoba pero se crio en Galicia, adonde llegó cuando a su padre lo trasladaron desde el sur «para hacer la autopista de Santiago a Pontevedra».

Una de las razones por las que dejaron Galicia fue que el «premio» después de cinco días de oficina solía ser, generalmente, fin de semana con mal tiempo. Tanto Pachín como María trabajaban entonces en empresas constructoras. Y llegó el día: «Cambiamos el chip y dijimos: ‘Se acabó’». Se pusieron en marcha y, escapando del mal tiempo, llegaron a otros puertos.

«Teníamos un barco y una velería en Coruña. Nuestra idea no era venirnos aquí, pero decidimos que teníamos que cambiar de aires. La idea era coger el barco y llegar a Cuba», dice Pachín. Así que dejaron casa y trabajo, soltaron amarras y se hicieron a la mar. Primero llegaron a Madeira, luego a La Graciosa, de La Graciosa a Lanzarote y, finalmente, a su canaria favorita.

En el barco llevaban una vela en una funda que indicaba en un cartel que eran reparadores de velas. «Por eso, al llegar a puerto, siempre nos salía trabajo». De esta manera, vela a vela, se fueron ganando la vida en el viaje, gracias a una máquina que llevaban a bordo para poder hacer reparaciones en barcos. En Fuerteventura se dieron el alto. A su llegada a puerto, encontraron «un montón de trabajo». «Dijimos: ¡Esta isla está muy bien! Aquí, además, no hay una velería grande...», cuentan. A la vista del horizonte que les ofrecía en su acogida la isla majorera, decidieron probar a quedarse un año, irse a Galicia solo de vuelta a por el coche y embarcarse rumbo a Fuerteventura desde Huelva, en ferri. «Es una isla muy grande [la segunda en extensión de las Canarias], son 180 kilómetros. Sin coche no está muy bien. Así que empezamos aquí, pim-pam pim-pam, trabajando... ¡y aquí seguimos once años después!», relata Pachín.

«Aquí encontramos el paraíso que uno busca en la vida. La gente es muy amable, pero lo mejor que tiene Fuerteventura es la tranquilidad. Es quizá la isla más tranquila de todo el archipiélago. La más deshabitada en cuanto a habitantes por kilómetro cuadrado. Puedes hacer rutas en las que no encuentras a nadie en horas. Esto nos gustó mucho y, con la pandemia, más». A estos atractivos que a la pareja le hicieron prendarse de la isla se une la proximidad y la conexión con la Península. «Desde aquí, hay vuelo directo a Santiago dos veces por semana. Esto está bien, porque nuestras mamás están en Coruña y en Carballo... Y así ellas vienen y nosotros vamos». Los «amiguetes» gallegos tampoco fallan.