¿Por qué se llama «caballero de París» si era de A Fonsagrada?

Galicia en La Habana. En el centro de la Habana Vieja, una estatua de bronce inmortaliza a José María López Lledín, el gallego que conquistó Cuba con su singular historia de vida. Aunque más curioso es su apodo.

M.V.

Una estatua a tamaño real asombra a quienes transitan por la Habana Vieja, centro histórico de la capital cubana. Aunque estática, pareciera que la inercia la impulsa a deambular sobre los adoquines. Porta harapos señoriales, una barba espesa y el cabello enmarañado rozando la espalda. Algunos hacen fila para fotografiarla, otros le tocan la barba como un acto de fe.  

El «caballero de París» no es una de esas esculturas inmóviles que adorna parques o avenidas; forma parte de un juglar místico de historias migratorias. ¿Quién fue este personaje con tan rimbombante seudónimo? ¿Cuál era su verdadero nombre y cómo llegó a Cuba? ¿Por qué inmortalizar en bronce a un señor proveniente de Europa? Muchos misterios se enrolan en torno a su periplo errante por el Caribe. 

DE LUGO A LA HABANA

Nadie sabe a ciencia cierta cómo surgió el sobrenombre ni quién le llamó así por primera vez, sobre todo porque su acta de nacimiento ofrece una grata sorpresa a los más curiosos. El «caballero» no nació en París, probablemente nunca probó un cruasán ni paseó por el río Sena. José Manuel López Lledín era gallego, concretamente de A Fonsagrada. El apodo afrancesado con el que se hizo célebre nada tenía que ver con su pedigrí, pero sí con su elegancia. Cuentan los periódicos de la época que López Lledín llegó a Cuba en 1913 junto a varios de sus hermanos. Tenía solo 14 años. No hubo trabajo que se resistiera a su juventud y emprendimiento: encargado en una tienda de flores, sastre, ayudante en una tienda de libros y un bufete de abogados, sirviente en refinados hoteles. Incluso, estudió y refinó sus modales para encontrar un empleo mejor.

Una jugarreta lo llevaría a prisión sin que a día de hoy se tenga certeza del supuesto crimen. La ausencia de documentación sobre el arresto o el juicio desembocó en leyendas urbanas con varias hipótesis. Dicen que la causa fue la desaparición de unos billetes de lotería, también que era sospechoso de un asesinato, incluso que robó unas joyas y atracó una bodega. Liberado por falta de pruebas y exonerado de toda culpa ante la mirada popular, el caballero volvió a desandar las calles. La diferencia estaba en su mirada perdida y nostálgica, como si el tiempo en prisión le hubiese apagado las luces, como si saberse inocente lo hiciese inventar realidades paralelas. 

Siempre vestía de negro con una larga capa, como si se negara a abandonar sus finas maneras y vestimenta europea en una isla del Caribe que «ebulliciona» la mayor parte del año. Pareciera que Galicia le latía dentro. 

Pero el caballero no era un «loco» más con cabello enmarañado y un semblante deshecho por vivir en las calles. Andaba siempre acompañado de montones de periódicos bajo el brazo cual biblioteca ambulante y con una bolsa llena de pertenencias y regalos. Sí, regalos. Ofrecía caramelos a los niños y flores a las mujeres habaneras. Tras casi 50 años de pernoctar en los portales de edificios emblemáticos y alegrar la vida de los transeúntes, López Lledín fue internado en una clínica psiquiátrica en la que pasó sus últimos días. Cuentan que su familia intentó retornarlo a Galicia, y él prometió que se lanzaba al mar si lo intentaban. Hoy es fácil encontrar su espíritu gallardo sobre cualquier adoquín, el gallego aún recorre las calles de La Habana.

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