Pico Cordido, Crespo Millor y otros tintoreros en La Habana

Emigrantes de Viveiro, O Valadouro o Vilalba vivieron su esplendor hasta que llegó Fidel

Tintorería Chantres
Tintorería Chantres

Los tintoreros de Cuba eran en su mayoría gallegos. Fue un negocio rentable en el período republicano debido a la costumbre popular de vestir ropas blancas de algodón que precisaban ser planchadas y almidonadas a menudo. Esa simplicidad era un signo de distinción de la proverbial elegancia habanera. Emigrantes de O Valadouro, Viveiro o Vilalba conocieron su esplendor entre 1920 y 1959. Pero llegó Fidel. Y decidió que aquellos hábitos eran reaccionarios y clasistas. Y las tintorerías o fueron incautadas o nunca volvieron a brillar como entonces.

Manuel Pico Cordido fue uno de ellos. Nació en O Valadouro en 1897. Llegó a Cuba en 1915 y su primer empleo fue en la imprenta Molino y Cía, en la calle Muralla. Ahí trabajó durante 25 años, desde 1920 como socio. Con el dinero que ahorró, sin dejar la imprenta, compró algunas fincas rústicas y urbanas que, al venderlas, le dejaron pingües beneficios. Se casó en 1932 con la cubana Emelina Aransay y tuvo un hijo, Manuel. Se nacionalizó cubano y en 1944 compró la tintorería La Casa Otero de la que vivió hasta el triunfo de la revolución castrista. Fue directivo de la Sociedad de Tintoreros de La Habana y socio del Centro Gallego.

De O Valadouro también era Eladio Chantres, dueño de una de las más famosas tintorerías de La Habana. Era frecuente en la ciudad la presencia de tintoreros de A Mariña y A Terra Chá que convirtieron el negocio en un enclave laboral casi exclusivo, alimentado por cadenas migratorias familiares o de vecinos.

Así sucedió con tintoreros de Valcarría (Viveiro) o con los hermanos Manuel y Rosendo Crespo Millor, de Codesido (Vilalba). Manuel, nacido en 1892, comenzó en 1911 de empleado en el taller de lavado La Especial, propiedad de su hermano. Cuatro años después le compró la parte y en 1936 la vendió para hacerse en sociedad con la tintorería Yacht Club. Diez años después se independizó y compró la Tintorería Víctor.

Fue presidente de Unión Vilalbesa, vicepresidente de Chantada y Carballedo ?su mujer, María Álvarez Ledo, era chantadina- y directivo de la Liga Santaballesa y de Industriales de Tintorerías de La Habana.

Una sociedad familiar fue la que tuvo también Antonio Cao Pita (Muras 1901) con un hermano suyo que, cuando regresó a España en 1934, lo dejó como único dueño Tintorería La Casa Cao, en la calle Maloja.

En la mayoría de los casos, los gallegos comenzaban como aprendices, cuando conseguían experiencia y ahorros se independizaban y empleaban a jóvenes familiares o paisanos en las tareas más cualificadas y a los nativos en las más duras. Fue lo que hizo Ángel Castro Funcasta (Vilalba 1897) que fue aprendiz en una tintorería del barrio de Guanabacoa hasta que puso una propia en el pueblo de Perico y luego la llamada La 1ª de Colón en la ciudad del mismo nombre donde llegó a presidir el Casino Español.

A Chantres un empleado le ayudó a sacar dinero de Cuba

Los Chantres eran de Moucide (O Valadouro) y llegaron a Cuba a principios del pasado siglo. Cándido Chantres Deán y Antonia Mel Deán trabajaron duro, les fue bien y regresaron a España. Su hijo mayor, Eladio, emigró a Cuba con 14 años. Se casó con Elena Erosa Piñeiro, de Rianxo. En 1936 abrió su primer negocio y en 1954 inauguró la Tintorería Chantres en la calle Calzada, frente al Hotel Trotcha, en El Vedado.

La tintorería contaba con 2.000 m2, llegó a ocupar a cien empleados y patrocinaba un equipo de béisbol. Disponía de moderna maquinaria y ofrecía diversos servicios que repartía casa por casa con una flota de 20 furgonetas. Eladio llevó a su hermano menor Constantino ?casado en San Cibrao con Francisca Ron, A Poupela- y abrió otra tintorería, Fares, en Marianao.

El 1 de enero de 1959, los castristas llegaron a La Habana entre la ilusión y la esperanza popular. El propio Eladio insertó un anuncio el 7 de enero en el Diario de la Marina «adhiriéndose al júbilo del pueblo en el momento del rescate de nuestras libertades, deseando éxito a los valerosos combatientes de nuestra revolución y saludando a Fidel Castro por nuestra Libertad». En julio, decidió visitar a sus padres en Moucide. Cuando viajaba a bordo del Covadonga, recibió la noticia: las nuevas autoridades cerraran y expropiaran la empresa por «abandono del negocio». Y ya no pudo regresar.

Tenía algún dinero en Galicia y un antiguo empleado -Manuel Mariño, de San Cibrao- le sacó de Cuba, con riesgo de su vida, el efectivo que pudo rescatar. Con ello compró Chantres dos pisos en Madrid y sobrevivió hasta su muerte en 1986, con 81 años, en Alaxe (O Valadouro).

Su tintorería agoniza hoy en La Habana entre la dejadez y la ruina. Un local con el mismo nombre ?regentado en Miami por Enrique Chantres, hijo de Constantino- es una referencia en lavado y planchado en la ciudad. Y el chalé que Eladio había construido con sus manos en Marianao también fue expropiado y hoy vive en él un famoso general de la cúpula militar que manda en Cuba…

Un pujante negocio al que puso fin el castrismo al considerarlo clasista y reaccionario

El triunfo del castrismo en 1959 supuso el inicio y la concreción de una auténtica subversión, de un rotundo cambio cultural, ideológico y social para Cuba. Provocó una verdadera refundación de la cultura cubana en su doble acepción, artística y social. Si, por un lado, fueron profundamente repensadas las maneras de escribir, de pintar o de componer, por otro, también se modificaron pautas cotidianas concernientes al modo de vestir, del hablar o hasta de mantener en los hábitos y usos sociales determinados patrones sexuales.

El historiador José Antonio Vidal destaca que el triunfo revolucionario cambió radicalmente las costumbres y los formalismos sociales tradicionales de los cubanos que, a medida que iba asentándose el nuevo Régimen, fueron considerados por los nuevos dirigentes castristas como «reaccionarios» o «clasistas».

Dolores Martínez, una emigrante de Valcarría (Viveiro), recordaba al citado Vidal que, antes de 1959, «antes, nadie salía a la calle sin traje o guayabera bien blanca y planchadita. Incluso después de la revolución, en los años 60, también era lo mismo.

Pero luego todo eso cambió, se dio la vuelta a la tortilla. Así llegó el final de las tintorerías, un negocio asentado en cadenas migratorias de familiares o paisanos que, a partir de los años 20, fue ?con los comercios de víveres, la hostelería, las casas de préstamo, mueblerías o jardinería- casi exclusividad de los emigrantes gallegos en dura competencia con los chinos que tenían precios mucho más bajos al trabajar sin máquinas, a mano, a destajo y por poco más que la comida.

martinfvizoso@gmail.com

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