Amando Cora, de Viveiro, dirigente del Centro Gallego, y otros sastres en Cuba

Su comercio se llamaba La Granada y estaba en la calle Obispo, en La Habana


Hace cien años, en una misma manzana del barrio de inmigrantes de Lower East Side (Nueva York) abrieron tres nuevas sastrerías en un mes. El dueño de la primera, el italiano Giovanni, puso un enorme letrero que decía: «El mejor sastre de la ciudad». Su vecino, el irlandés Ian, colocó un cartel aún más grande: «El mejor sastre del mundo». El tercer taller era de Xan, un gallego callado y observador. Los vecinos estaban pendientes de su reacción. Y un día llegó a su tienda muy temprano, como siempre, pegó un pequeño papel en el cristal de la puerta y se puso a trabajar. Los curiosos tuvieron que acercarse para leer su anuncio. Ponía: «El mejor sastre de la manzana»… La anécdota la cuenta el profesor James D. Fernández e ilustra no solo el ingenio de un gallego listo y laborioso sino que muestra que las sastrerías fueron un negocio frecuente de nuestros emigrantes.

Cuba tenía larga tradición en el hábito del bien vestir, sobre todo las clases altas del siglo XIX. Así podían diferenciar la opulencia de la pobreza. Y esa clase dominante ?más tarde la clase alta y la media, tan imitadora siempre- gustaba de la ostentación, deseaba seguir la moda extranjera, diferente y solo accesible para unos pocos. La isla nunca tuvo industria textil y los tejidos, aptos para trajes adecuados al clima cubano, llegaban de España y Europa: algodón, telas de hilo, sedas, paños, tejidos de lana.

Entre siglos, proliferaron las sastrerías y comercios de ropa. Almacenes El Encanto ?que presidía Joaquín Díaz Villar, de O Valadouro- era una referencia de la moda en América y las casas y talleres se anunciaban en prensa con los más novedosos diseños y la alusión a sus méritos y a la reconocida clientela que se vestía en ellos…

Un consultorio médico

Uno de los más notables fue del viveirense Amando Cora. Su comercio se llamaba La Granada y estaba en la calle Obispo, en La Habana. Su especialidad eran “vestidos, blusas y sayas para señoras, de todas clases y de última novedad” y “un gran surtido en ropa blanca para damas desde el más refinado gusto”. El negocio tenía gran prestigio y su dueño obtuvo pingües beneficios.

Esa buena posición social catapultó a Cora a la vicepresidencia del Centro Gallego en la directiva de Francisco Pancho Pego Pita, el ortigueirés dueño de la Gran Fábrica de Tabacos Partagás. Eco de Galicia, en su número 143 de abril de 1921, lo entrevista como responsable de Asuntos Sociales del Centro. Y Cora anunciaba que “la actual cuota debe aumentarse por necesidad social” pues se estaba instalando un consultorio con profesionales de distintas especialidades médicas, locales para dentistas y una sala de curas. Dice también que el Centro «introducirá mejoras en sus clases nocturnas para que los jóvenes puedan prepararse bien para competir en la lucha por la existencia». Amando Cora ?con fama de «exquisito modisto y prestigioso comerciante»- compró en uno de sus viajes a España una gran estatua del Apóstol Santiago que regaló al Centro Gallego ?según Eco de Galicia de agosto de 1922- entre el aplauso de la colectividad.

Un emigrante de Chantada tenía en La Habana la casa Goyanes y otro de Cospeito, dos talleres en Cienfuegos

Varios gallegos tuvieron sastrerías a lo largo y ancho de Cuba. Daniel Paredes Grado, nacido en San Martín de Pino (Cospeito) en 1882, fue dueño de un conocido taller de Matanzas y, al tiempo, delegado del Centro Gallego en esa ciudad a la que había emigrado en 1914. De Cospeito también -de Xustás- era Enrique Alonso González, hijo de Antonio y Rita,

nacido en 1893 y llegado a Cuba en 1911 en el barco La Navarre. Primero fue dependiente en La Habana, luego marchó a Ciego de Avila y en 1923 fue contratado

como oficial cortador-sastre en la famosa tienda La Moda, de Cienfuegos.

A los pocos años, abrió dos tiendas de su propiedad, El Profeta y El Edén, y se casó con la cubana Inocencia Avila Pila y en 1940, en segundas nupcias, con Ana Lidia Fernández con la que tuvo tres hijos: Antonio, Enrique y Adita. En Cienfuegos hizo un pequeño capital y perteneció a selectos clubes y entidades como el Rotario, el Yatch Club, el Centro

Gallego o el Casino Español.

En la céntrica calle Infanta de La Habana destacó también la sastrería Casa Goyanes. Pertenecía a Anastasio Goyanes Fernández, un chantadino nacido en 1907 que emigró a Cuba con 20 años en el vapor Oropesa. Hubo también emigrantes que trabajaron siempre por cuenta ajena y no contaron nunca con negocios propios. Fue el caso, entre tantos, de Manuel Rodríguez Gallego, nacido en 1882 en Santa María de Outara (Lugo), que llegó a Cuba en 1906 y trabajó siempre como sastre.

martinfvizoso@gmail.com

Un camisero de Foz y un fabricante de gorras de Ribadeo

No todos los sastres triunfaron tanto como Amando Cora. Lo habitual era tener un taller que permitía vivir sin ahogos y, a veces, especializarse en un producto o función. Ese fue el caso de José María Cagigal García, un focense nacido en Vilaronte en 1909. Era hijo de Ramón y Carmen y emigró a los 16 años en el vapor Alfonso XIII. Se casó en 1941 en La Habana con la cubana Hortensia Suárez y tuvo una hija. Se nacionalizó cubano y toda su vida laboral se desarrolló en la prestigiosa sastrería La Aurora, ubicada en Monte 555. En ella recorrió todas las categorías y pasó de aprendiz a cortador y de ahí a propietario del negocio en 1948 tras fundar la sociedad Viñas y Cagigal que sustituyó a José Ramón García y hermano, retornados a España. Cagigal especializó el taller en la producción de camisas a medida que tuvieron gran éxito.

También el ribadense José Fernández Amido singularizó su obrador. Nació en 1890 en Ribadeo, hijo de Ramón y de la asturiana Nicolasa, y marchó a Cuba aún más joven que Cagigal, con 13 años. Se casó con Sofía Fernández Lujano y conservó siempre la nacionalidad española. Su trayectoria fue similar a la de muchos emigrantes: hasta los 17 años trabajó como aprendiz en la fábrica de ropa Marcelino Martínez; luego pasó a dependiente en la sastrería de Avelino García y, al final, a sastre en la firma Gómez y Cía. En 1912 se independizó y compró la Antigua Casa Vidal que dedicó a la producción de gorras. Cambió su razón social a nombre de Fernández y Cía y seis años después era propietario único y proveedor exclusivo del Ejército cubano.

Las cosas le fueron tan bien que en 1926 viajó a Ribadeo y se permitió el lujo de pasar unas vacaciones que duraron tres años mientras su empresa continuaba proporcionando ropa a las tropas cubanas… Fernández Amido fue socio del Centro Asturiano, de la Sociedad Naturales de Galicia y de la Cámara de Comercio de Cuba.

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