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1854: embarcan en Vigo los esclavos

El empresario Urbano Feijoo creó la compañía Patriótica Mercantil para llevar a Cuba a los gallegos como mano de obra


Vigo

A mediados del siglo XIX, salieron del puerto de Vigo cientos de gallegos para convertirse en esclavos. Aprovechando la hambruna en Galicia, el empresario Urbano Feijoo creó una compañía para llevar a La Habana a jornaleros para trabajar en el ferrocarril y en las plantaciones de azúcar bajo condiciones inhumanas. Se trataba de blanquear Cuba, repoblándola de gallegos, que «hacían el mismo trabajo que dos negros, al precio de un solo esclavo».

Urbano Feijoo Sotomayor había nacido en Viana do Bolo en 1798, pero fue en Cuba donde hizo fortuna. Gracias a sus buenas relaciones, llegó a administrar allí cinco ingenios azucareros, tres cafetales y varias haciendas. También fue accionista del ferrocarril de Sagua. Además, en 1854 fue elegido diputado en Cortes por la circunscripción de Ourense, dentro del Partido Liberal. Fue ese año en el que puso en marcha su empresa, movido según decía por su «filantrópico pensamiento». Mediado el siglo XIX, los terratenientes en Cuba tenían serios problemas para producir azúcar, cuyo precio bajaba mientras se encarecía el acceso a la mano de obra esclava. De hecho, la esclavitud estaba ya abolida desde el Congreso de Viena, de 1815, suscrito por España en 1817. Aquella firma fue una mera formalidad, porque bajo cuerda los empresarios negreros siguieron capturando africanos en el golfo de Guinea para llevarlos clandestinamente a América. Importantes fortunas se hicieron en Galicia entonces gracias a la trata, pero cada vez el negocio se hizo más complicado. Al tiempo, las revueltas de los esclavos eran comunes.

Feijoo echa cuentas y concluye que «un gallego ha de hacer el mismo trabajo que dos negros y al precio que cuesta un esclavo». En otras anotaciones, subraya que el gallego «costará no mucho más de ocho pesos al mes y nos proporcionará un provecho por lo menos doble del que ofrece el esclavo e incomparablemente mayor al que puede esperarse del negro jornalero, a los precios de hoy».

En este clima, tuvo Urbano Feijoo su gran idea, que resumió en un libro que elevó al Gobierno: «Isla de Cuba: Inmigración de trabajadores españoles». En sus páginas, se aparece como un hombre bienintencionado, relatando que cada año emigran a Portugal y provincias del sur de España más de doscientos mil gallegos, que serían «materia apropósito para surtir de brazos baratos esta Isla y a nuestro Gobierno de gente leal»

Feijoo quiere llenar Cuba de gallegos para «fecundar este país» y propone “un viaje cómodo pagado, un tiempo dado de aclimatación con esmerada asistencia, un trabajo seguro con sus horas y días de descanso no escasos». Además, cada gallego reclutado recibirá al embarcar «dos camisas, un pantalón y blusa apropósito de este clima, un sombrero de paja y un par de zapatos».

Pero los bellos propósitos terminarán en desastre. El 6 de marzo de 1854 llegan a Cuba desde Vigo los primeros gallegos. En los meses siguientes, atracan en La Habana otras siete expediciones. Y, en contra de lo prometido, los colonos son obligados a trabajar doce horas diarias por 5 pesos mensuales, la cuarta parte que un jornalero. Sus jornadas son agotadoras, con un mínimo descanso entre las ocho de la tarde y las cuatro de la madrugada. Se les aplican castigos salvajes. Y, en octubre de 1854, de los 1.744 gallegos han fallecido 167 y otros 18 han desertado. Los destinados a trabajar en el ferrocarril de Trinidad ni siquiera cobran su jornal, apenas son alimentados y duermen hacinados sobre tablones.

En mayo de 1855, el número de muertos ya asciende a 331, esto es uno de cada cinco gallegos emigrados, mientras otros 200 están presos por rebelarse.

Las cartas llegan a sus familias en Galicia informando del horror. Cuando en el año 1880 Rosalía de Castro publica Follas Novas, sin duda conoce esta historia al escribir: «Galicia está probe, i á Habana me vou... ¡Adiós, adiós prendas do meu corazón!».

Estalla entonces el escándalo. Se cierra la Compañía Patriótica Mercantil y la vergüenza llega al Congreso de los Diputados, donde el propio Urbano Feijoo ha de escuchar las críticas de sus correligionarios. Eso sí, antes de clausurar su filantrópica empresa, cobró los 140.000 pesos de subvención concedidos por la Junta de Fomento.

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