El milagro de Nélida

BRASIL

Zipi

¿Qué haría si le quedase un año de vida? Nélida Piñón hizo lo que mejor sabe hacer: escribir. Y sobrevivió al diario de su muerte

01 nov 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Una sentencia cambió instantáneamente la vida de Nélida Piñón (Río de Janeiro, 1937). De esa sentencia, la de un oncólogo que le dio entre seis meses y un año, nació el «diario de la muerte» de la premio Príncipe de Asturias, la primera mujer en presidir la Academia Brasileña de las Letras. «Me despediré asumiendo lo que fui. Como mujer, brasileña, gallega y escritora». Así comenzó a decir adiós, arropada por sus cargos nobles, sin conflicto de identidad, quien deshojaba días en silencio, hasta que supo que el veredicto era erróneo. De un error nació un libro. El tiempo de descuento cambió a suma dichosa. Y Nélida comenzó a alumbrar el diario de la vida.

La épica del corazón y la alegría sencilla de existir, con los fracasos y los riesgos que entraña (fórmula misteriosa y perversa), palpita en Una furtiva lágrima, con deseo, curiosidad y el saber de años de oficio. La avidez filosófica convive en esta pieza con un apego a lo cotidiano que advierte, con todo, que el hogar y sus rutinas son insuficientes si se quiere una aventura plena de la vida.

CALDEIRADA DE RECUERDOS

Cruzarán la neblina del puerto de Vigo, pero no en una de las últimas novelas del bum del noir galego, sino en un relato que amplía el foco ante el conflicto de los nacionalismos, da el protagonismo a la mujer, y el relato de su evolución, y despliega el mapa del tesoro de la creación, de la visión artística de la realidad del mundo.

«Ahora sé que, al asumir España como parte de mi narrativa, acepté fracturas internas, honré aquello que debía a la herencia familiar, sin dejar de amar con devoción la patria brasileña que llevo conmigo dondequiera que vaya», asegura. Una reflexión reveladora. ¿Maduramos cuando aceptamos nuestras fracturas, que estamos hechos de contradicciones internas?

Con estrellas y quimeras, sin perder de vista los cimientos, honrando a los padres, con un Estatuto del amor que deberíamos leer mucho antes que al Estivill de turno al tener hijos, Nélida Piñón emprende en esta furtiva lágrima un viaje a sorbos, o a pasos de baile, a la felicidad, vals dulce pero adulto, felicidad que se busca mucho más que se exhibe, autorretrato literario selecto, pero mundano en el más delicioso de los sentidos.