Nathalie Esteve: «Me fui de Nepal porque no me sentía a salvo, temía otro terremoto fuerte»

Personas con historia | La profesora de yoga cambió un minipiso en Madrid por una casa en Baldaio


carballo / la voz

Nathalie Esteve (Venezuela, 1987) reconoce que cuándo le preguntan de dónde es a veces no sabe bien que contestar. Ahora tiene claro que su hogar está en Baldaio, pero hasta llegar aquí ha hecho un camino no demasiado largo, porque es joven, pero sí con muchas paradas. La última fue Madrid, donde certificó sus conocimientos de yoga, adquiridos en Tailandia, unas semanas antes del confinamiento. La pandemia la pilló, pero podía haber sido casi cualquier otro lugar del mundo.

El espíritu viajero, domado ahora, le viene a Nathalie desde su más tierna infancia. A los 4 años dejó su Venezuela natal para irse con su familia a Tenerife, la isla de su padre. Duró poco la estancia, porque sus padres se separaron y con 8 ya estaba de vuelta en Valencia, capital de estado de Carabobo, de donde es la familia materna. Entonces le costó adaptarse al cambio de cultura y, sobre todo de sistema educativo, pero en esos años, probablemente, se fraguó la aventurera que había de ser.

A los 19, con casi la excusa de estudiar Filología en la universidad, se vino a Barcelona e hizo multitud de contactos internacionales. Entre amigos y parientes tejió una red amplia que la ha llevado por Europa y por Asia. Entonces anduvo por Holanda, Alemania y Noruega, donde terminó quedándose. Por recomendación de una amiga empezó a trabajar en el cuidado de dos chicas con una enfermedad crónica e invalidante.

Dos años más tarde decidió tomarse un año sabático, pilló su mochila y se aventuró por Asia. Arrancó en Malasia, donde tenía un pariente. Allí le recomendaron una escuela de yoga en Tailandia. Ella había practicado algo estando en Noruega y decidió probar. Se quedó seis meses en los que siguió una intensa formación que supuso el primer cambio importante en su vida. El segundo sería ya en Baldaio.

En esa escuela insular en Tailandia escuchó hablar mucho de Nepal. «Me lo pintaban tan bonito que me dije: Ahí voy». Y allí fue, a un pueblo cerca del Annapurna, uno de los macizos montañosos de la cordillera del Himalaya. «Había mucha afluencia de gente, muchos que hacían trekking y mucho interés por el yoga». No solo tuvo mucho trabajo, sino que se mantuvo lejos de Katmandú.

La localización era muy importante en el 2015 porque coincidiendo con su estancia en Nepal se desató un gravísimo movimiento sísmico que provocó centenares de muertos. A Nathalie le pilló lejos del epicentro, pero la venezolana se sintió insegura. Al miedo a un nuevo terremoto se unieron las dificultades para obtener un permiso de trabajo más largo de tres meses. Todo influyó para que decidiera marcharse a pesar de las oportunidades laborales que se le habían abierto.

Para entonces ya casi se le había acabado el año sabático que se había tomado y volvió a Oslo y después a Madrid, donde certificó sus enseñanzas. El confinamiento fue lo que le hizo buscar una salida fuera de la ciudad. Casi le daba igual el destino siempre que pudiera estar en contacto con la naturaleza. Se puso a buscar y terminó contactando con una escuela de surf de Baldaio en la que iban a impartir yoga y se plantó en el enclave carballés la víspera de San Xoán. «Me enamoré», reconoce. Así, aunque finalmente no impartieron ese curso se buscó la vida para quedarse. Le sonrió la suerte y encontró un trabajo de camarera y empezó a impartir sus enseñanzas. Ahora ya está organizando grupos y el resto de su vida.

«Solo veía el sol 15 minutos al día y para que me diera en la cara tenía que subirme a una silla»

Fueron las clases a distancia, con personas de todo el mundo, las que hicieron que Nathalie Esteve mantuviera su cordura durante el confinamiento. Esas sesiones y sus conocimientos de mindfulness hicieron que no se volviera local en su piso de 50 metros cuadrados de Madrid que daba a un pequeño patio interior y dónde solo le daba el sol 15 minutos al día. Para sentirlo en la cara durante ese breve espacio de tiempo diario «tenía que subirme a una silla».

Durante los momentos más duros de la pandemia Nathalie reconoce que pasó miedo en Madrid. «Iba a la compra cada 10 días y cuando regresaba a casa ponía el calzado en un cubo con desinfectante, metía la ropa en una bolsa, limpiaba todos los productos y me duchaba. Era agotador», explica.

Cuando llegó a Galicia, a finales de junio, se encontró con una situación completamente distinta. «Nadie llevaba mascarilla y yo me la ponía y a la gente le chocaba bastante, pero yo tenía miedo», explica. También temía que la gente se asustara de ella por haber venido de Madrid, explica, pero fue justo al contrario. Reconoce que nunca se ha sentido tan bien recibida. Cree que el hecho de que los gallegos hayan sido, y aún sean, básicamente emigrantes ha hecho que la comprendan. Además señala que la han acogido muy bien precisamente por eso.

«Siempre te encuentras a alguien que ha estado allí. Muchos me decían que habían vivido en Venezuela o trabajado en Canarias y eso te acerca mucho más a la gente. Te sientes como en casa. Ese es el motivo por el que se quedará, pero también por amor.

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