CELANOVA / LA VOZ

Alexandra suma 10 años y no acaba de entenderse ni con el gallego ni con el frío. Llegó a Celanova (5.782 vecinos) en junio del 2017 para no acabar siendo el blanco de ninguna pistola en su país, Venezuela. «La inseguridad es absoluta: hay 15.000 armas cortas circulando y 35.000 muertos al año en las calles, faltan comida, medicinas y médicos», relata su padre, Javier Argüelles, encañonado tres veces, uno más de los 450 emigrantes retornados que se instalaron, aumentando un 8 % la población, desde el 2015 en Celanova, comarca de la que habían emigrado miles de personas al país del Orinoco, Argentina, Cuba, México o EE. UU.

Sin vínculo con Galicia

Asturias, Canarias o Cataluña. La mayoría de los nuevos vecinos localizan su origen en la villa de Curros Enríquez y Celso Emilio Ferreiro, pero otros muchos tienen que desenterrar sus raíces en Asturias, Cataluña o Canarias, donde ya no les queda vínculo alguno. «Existe un efecto llamada entre la comunidad venezolana, saben que aquí tienen a compatriotas, amigos o conocidos que regresan a la tierra de su familia, y el resto vienen detrás», explica Daysi Ramírez, presidenta de la Asociación Cultural Cantaclaro, entidad que se vuelca, sin apenas medios y sin subvenciones, en ayudar a los retornados recién llegados, tengan o no la documentación en regla.

La cara amable

Reciclarse a los 50. Lucita Organero militaba en Primero Justicia, uno de los principales partidos de la oposición a Nicolás Maduro. «Tragué mucho humo de bombas lacrimógenas y un militar que vivía en el mismo edificio me amenazó de muerte muchas veces, por eso me vine. No sé si he tenido suerte, lo que sí sé es que me arriesgué al llegar estando jubilada en Venezuela». Rosana Rodríguez nunca pensó que la cuenta abierta en Abanca, durante unas vacaciones en el 2005, acabaría siendo su mayor flotador económico. Abandonó isla Margarita con su familia y acaba de abrir una tienda de dulces. «Enviaba dinero cada cierto tiempo y gracias a eso abrí el negocio, esa fue nuestra gran suerte». Incluso el presidente de la patronal local, Jorge Cardoso, también es retornado de Venezuela, lo que dimensiona hasta qué punto está integrada la colonia en Celanova.

Censos paralelos

El padrón. «En el 2015, se censaron 5, en el 2016 fueron 27, 70 en el 2017 y 52 este año», dice Julio Mosquera, teniente de alcalde (PP), que detalla que los retornados se extienden a municipios cercanos como Verea o Ramirás. «La colaboración con Cantaclaro es absoluta y hacemos todo lo que podemos, nosotros y ellos: les dejamos espacios para que presten servicios y lo que pueda surgir». En uno de esos locales se atiende a los retornados de la zona, lo que ha dado pie a un censo paralelo: 120 personas entre el 2015 y el 2016 y 360 entre el 2017 y el primer semestre del 2018.

Ayuda básica e inmediata

Cáritas. César Iglesias es párroco de Celanova desde hace 45 años y está al pie del cañón en la agrupación local de Cáritas. Su diagnóstico es claro: «En el 2016 atendíamos a 35 familias y ahora llegamos a 57, casi todos venezolanos. Recibos de luz, alquileres, recoger comida... Todo son gastos y no hay dinero. Ya estamos recurriendo a la generosidad de vecinos en situaciones de urgencia. Este fenómenos no puede ir a más, no hay trabajo y se está formando una población flotante que en algunos caso llega sin papeles». Amadura Alonso es el crudo ejemplo de la violencia desatada en Venezuela: «Me mataron a dos hijos de 21 y 17 años con pistolas en diferentes atracos para quitarles el móvil y el coche». Ahora, junto a la también retornada María Isabel, trabaja en el servicio de limpieza municipal de Celanova intentando pasar página.

La burocracia

Paralizada. María Veloso también trabaja desinteresadamente en Cantaclaro: «Nosotros les facilitamos la integración, los trámites burocráticos o ropa, ya que algunos vienen casi con lo puesto». La situación de la Administración venezolana tampoco ayuda: un trámite se demora meses y no pocos retornados llegan con la documentación incompleta. De esto saben bastante en las entidades bancarias de Celanova, con numerosos clientes con doble nacionalidad: «Tienen negocios millonarios y no pueden venderlos, tampoco traer el dinero de los bancos, demasiado devaluado. Cada vez llegan más y algunos con lo puesto», explica un director de oficina. 

Previsión inmediata

Nueva oleada. Lo reconocen la Asociación Cantoclaro, el Concello, el párroco y cada venezolano al que se pregunte. «Para septiembre llegarán muchos más venezolanos, aquello no deja de empeorar y los padres que ya tomaron la decisión de abandonar el país esperan a que los hijos acaben ahora, en julio, las clases para que empiecen aquí en septiembre», rebela Daysi, que eleva a 30 los niños matriculados el curso pasado en primaria, lo que supone todo un oasis en el desierto de la población gallega en general y de la ourensana en particular.

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