«Que mis hijos salieran a la calle significaba que se exponían a un secuestro, o un atraco»

Paula Avendaño REDACCIÓN

RETORNADOS

PACO RODRÍGUEZ

Álvaro Montes salió de Venezuela rumbo a Galicia y puso en marcha su propio negocio gracias a la Estratexia Retorna

12 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Álvaro Montes, hijo de un pontevedrés y una vasca, había pasado toda su vida en Venezuela. Pero cuando cumplió los 53, decidió que no podía más. Hizo las maletas, vendió su coche y su casa, y puso rumbo a tierras gallegas. Llegó a Santiago sin nada, y en apenas un año y medio montó un negocio. El empujón inicial se lo dio la Estratexia Retorna, una serie de ayudas de la Xunta que existen precisamente para allanar el camino de los gallegos, de nacimiento o de sangre, que retornan del exterior.

Álvaro cruzó el charco en el 2018, cuando la situación de Venezuela era la peor que él recuerda. Un problema, primero, económico. «Había escasez de todos los productos indispensables para la vida», explica poniendo como ejemplos el pan o el papel higiénico. «Lo de la comida se había convertido en algo así como una dieta de guerra, no había nada y cuando lo había, los precios eran impagables». En ese escenario, Álvaro era de los afortunados. Vivía dentro de la burbuja de una clase media acomodada. Y sin embargo, la inseguridad en la calle fue el punto de inflexión. Sobre todo por sus hijos, que por aquel entonces rozaban la veintena de edad. La etapa en la que salir por ahí es algo normal. Pero hacerlo «también era exponerse a un secuestro, a un robo o un atraco». «Allí te matan por un móvil o un par de zapatos», asegura Álvaro.

Cuando llegó a Santiago, le esperaban aquí sus padres. Afincados en Galicia desde hacía 20 años eran la garantía de «tener un lugar donde dormir y comer». Lo prioritario para Álvaro era que sus hijos fueran a la universidad o se graduaran de la ESO. Y en ello están.

Con respecto a él, por aquel entonces temía que sus más de 25 años en el mundo de la cosmética no le sirvieran aquí para encontrar trabajo. En Venezuela, era un reconocido comercial de firmas de prestigio como Loreal o Kerastase. En Santiago, «no conocía a nadie, no tenía contactos, llegué aquí con más de 50 años, ¿quién me iba a dar un empleo de lo mío?».

Sin embargo, un proyecto le rondaba la mente desde hacía unos años. El plan: crear una empresa que comercializase productos de descanso. Su oferta estrella: una almohada antiarrugas. La idea estaba, dice, sobradamente respaldada por su experiencia en el sector y su conocimiento de «cómo la piel se debilita durante el sueño». Poner en marcha la hazaña no fue fácil. «Y no hubiese sido posible sin las ayudas a las que pude acceder», cuenta Álvaro. Una subvención de 5.000 euros fue determinante para poder hacer los primeros moldes y prototipos de la almohada. La parte más cara del proceso y la que no hubiese podido llevar a cabo con sus propios recursos. Su empresa, Nunuku, echó a andar meses después. Hasta hoy.