«Para ir una semana de vacaciones necesitaría cuatro para cuarentenas»

Miguel Amado trabaja en una multinacional y ve que la economía española se resentirá más que la británica por el covid-19


Fene

El fenés Miguel Amado pensaba visitar a su familia en abril, pero la pandemia del covid-19 frustró sus planes. Este ingeniero industrial de 35 años emigró en 2014 a Escocia y a los seis meses se marchó a Inglaterra. Poco después empezó a trabajar en una multinacional, en Londres, donde ha ido ascendiendo. «Otras empresas han tenido que parar o han mandado a la gente a casa a teletrabajar. Nosotros hemos tenido que contratar gente porque la carga de trabajo ha aumentado mucho. Sí nos ha afectado en las medidas de seguridad, hemos tenido que ponernos las pilas, escritorios a dos metros en la oficina, mascarillas, todas las reuniones por videollamada...», relata.

La «nueva rutina» ha generado situaciones «graciosas», «con gente con la que compartes oficina y a la que estás viendo, pero con la que te reúnes por videoconferencia en vez de hacerlo cara a cara». Las salas donde antes se mantenían encuentros de 15 o 20 personas, ahora se limitan a tres o cuatro; y en las de cuatro, solo uno. «Con todo esto nos hemos dado cuenta de que hay reuniones que es necesario celebrar en persona, a través de la pantalla nos cuesta avanzar en proyectos; y también otras prescindibles. Solía ir a Alemania dos veces al año y, aunque yo lo prefiera, no hace falta, es más gasto para la empresa», concluye. «A pesar de ser un gigante, con miles de trabajadores, en mi empresa no hemos tenido casos, sí hemos mandado a gente a casa por 15 días si tenían síntomas. Tomamos muchas precauciones».

Vuelos llenos y muy caros

El cierre de fronteras le sorprendió de vacaciones. «Tuve que cancelar los dos o tres últimos días porque también iban a cerrar el país en el que estaba y me podía quedar atrapado». Desde Navidad no ha podido regresar a Fene. «Este mes tenía una boda y se ha cancelado», cuenta. Hace unos días tuvieron que intervenir a su hermano de urgencia y lo pasó mal. «En otro momento hubiera cogido el primer vuelo y en tres horas estoy allí, pero ahora, entre los que se cancelan, los que van llenos [en realidad, a medio llenar, por la distancia de seguridad] y los precios, que se han disparado....». Miguel busca alternativas de transporte, «en coche o en barco». Pero la cuarentena de dos semanas impuesta a los visitantes en España y también en el Reino Unido lo complica. «Para ir una semana de vacaciones necesitaría cuatro, dos de aislamiento al llegar ahí y otras dos al volver aquí». Otras restricciones le importan menos: «Si tengo que tomarme las cervezas con mascarillas y pajita, pues me vale [risas]. Llevo casi seis meses, el mayor período de tiempo que he pasado sin ir a casa».

En Londres tampoco resultaba fácil encontrar mascarillas. «Hace un mes o mes y medio estaba complicado. Nadie estaba preparado para esto», sostiene. A él y a sus compañeros se las proporciona la empresa, una al día. Reconoce el desconcierto generado por las decisiones del Gobierno británico en la gestión de la crisis del covid-19 -«no ayuda que no tengan claras las medidas»- y alerta de la falta de control sobre el cumplimiento de la distancia social -«no multan si hay aglomeraciones, el buen tiempo acompaña y he visto gente en parques haciendo barbacoas»- o la limitación de una hora diaria para la práctica de deporte.

Turismo versus industria

En cuanto al impacto económico de la pandemia, Miguel ve claro que será «mucho mayor» en España, «muy dependiente del turismo, por lo que se va a resentir mucho, y con retrasos en el pago de las ayudas a autónomos y trabajadores [en Expediente de Regulación Temporal de Empleo]», que en el Reino Unido, «con una economía basada en la industria, que no ha parado», y el pago «puntual» de prestaciones a los damnificados. A él le gustaría retornar a España en un plazo de dos años, pero teme que la crisis derivada del coronavirus le obligue a aplazar la decisión.

En Londres, la vida se parece poco a la de hace apenas dos meses, con pubs, restaurantes y comercios cerrados. «Mi día a día, por semana, no ha cambiado demasiado, salvo por las manos, resecas de tanto lavarlas y del gel hidroalcohólico. Y se acabó la educación británica de abrirte la puerta, ahora abro de un empujón, corro y a ver si no se cierra antes de que pases [ríe]. Nos ha costado acostumbrarnos».

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