El secreto de la conservación de las armas de los guerreros de terracota estaba en el suelo

Un estudio liderado por el arqueólogo ourensano Marcos Martinón-Torres refuta la hipótesis que se había mantenido durante los últimos cuarenta años


redacción

El descubrimiento del yacimiento sorprendió al mundo hace algo más de 40 años. Un ejército de 2.000 guerreros de terracota, aunque se estima que varios miles más permanecen enterrados, habían salido a la luz en la provincia china de Shaanxi. El descubrimiento del mausoleo de Qin Shi Huang, autoproclamado como el primer emperador de la China unificada, fue algo excepcional, pero lo que sorprendía aún más era el perfecto estado de conservación en que se encontraban las armas de los guerreros, fabricadas principalmente con bronce, dos mil años después. Era como si el tiempo no hubiera pasado por ellas, sin el más mínimo rastro de corrosión.

Tras el asombro inicial, los arqueólogos atribuyeron el hecho a que los armeros chinos de la época poseían una avanzada tecnología de recubrimiento de reconversión del cromo, algo que la humanidad no volvió a utilizar hasta el siglo XX. Esta creencia se basó en la detección de rastros de cromo en la superficie de las armas. Su secreto, teóricamente, había permanecido oculto durante dos milenios. Sin embargo, esta teoría, comunmente aceptada, se acaba de poner en entredicho en un estudio publicado en Science Reports liderado por el arqueólogo gallego Marcos Martinón-Torres, que en la actualidad trabaja en la Universidad de Cambridge, aunque el trabajo lo realizó cuando estaba adscrito al University College de Londres en colaboración con el Museo del Ejército de Terracota.

Las pruebas realizadas han desmontado el mito: la excelente conservación de las armas no se debe a una sofisticada tecnología para la época, sino a las propiedades de la tierra en la que fueron enterrados los guerreros.

«La conservación tan excepcional de las armas no se debe a ningún tratamiento anticorrosivo derivado de una tecnología avanzada que se ha olvidado a lo largo de los siglos, sino a una simple casualidad», constata desde Cambridge Marcos Martinón-Torres.

¿Qué es lo que lo ha hecho posible entonces? El suelo tiene un PH moderadamente alcalino, de 8,5, lo que se une a que las partículas del suelo son muy finas, por lo que no hay oxigenación ni se filtra el agua, lo que evita la corrosión y a un muy bajo contenido en materia orgánica, que contrarresta la acidez. «Han confluido una serie de factores geológicos que han favorecido la conservación», destaca el arqueólogo.

M.G.

Este fue el factor determinante que impidió la corrosión, pero también ayudó a ello la aplicación de estaño. Sin embargo, este elemento, a juicio de los investigadores, no se incorporó con el objeto de conservar mejor las armas. «Utilizaban el estaño para que el bronce fuera más duro, ya que así se podía afilar mejor y ser más cortante», destaca Martinón.

Sin embargo, una explicación más racional a lo sucedido no resta méritos a la excepcional del mausoleo del emperador Quin Shihuang (259-210 antes de Cristo). «Nuestro trabajo -apunta Martinón-Torres- supone un cambio bastante notable con respecto a lo que se creía hasta ahora, pero para nada me parece decepcionante porque hay otras muchas muestras en el mausoleo que desvelan la gran tecnología de que disponían en la época. El yacimiento sigue siendo fascinante».

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