De la USC a rescatar perros callejeros en una isla remota del Pacífico

Dos exalumnos de Veterinaria buscan fondos para ayudar a unos 200 animales desatendidos que vagan por Nomuka


SANTIAGO / LA VOZ

Las vidas de Manuel Gago y Ángel Grimaldi se cruzaron en la universidad. «La verdad es que desde que nos conocimos, ya en tercero de carrera, nos hicimos inseparables y siempre tuvimos en mente poder montar un proyecto juntos», cuenta Manu, un vigués afincado en Nigrán. Tras acabar Veterinaria, en el 2013, su camino laboral y el del canario los distanció, pero nunca perdieron el contacto. «Ambos tenemos unos ideales muy parecidos y habíamos trabajado en temas de cooperación por separado, así que cuando escuché la historia de Ángel y lo que estaba ocurriendo en Nomuka, no me lo pensé dos veces», continúa el gallego. Así es como terminaron estos dos exalumnos de la USC involucrados en rescatar perros callejeros en una isla remota del Pacífico.

«Nomuka es una pequeña isla del archipiélago de Tonga. No recibe turismo alguno», cuenta Ángel, quien pisó ese paraje tropical por primera vez junto a su pareja como voluntarios de una iniciativa que buscaba hacer casas a partir de las botellas de plástico que llegan arrastradas por las mareas. «Cuando estuvimos ahí vi el problema que había con los animales. Los perros viven en la calle, desatendidos. La gente los medio-poseen, apenas les dan de comer, de beber ni los desparasitan. Sin ningún control de castración, hay una sobrepoblación (tiene unas de 350 personas y 200 canes). Se ha creado una importante colonia salvaje, que se acerca al poblado para conseguir alimento, y las peleas son habituales», explica el canario.

Casos «muy bizarros»

«Los perros de Tonga no beben agua. Es algo que ha desafiado todos mis conocimientos de veterinaria. Ves cosas que te dejan huella, algunas muy bizarras», continúa Ángel. «Recuerdo un perro con un tumor facial creciéndole en la cabeza y muy expuesto, cachorros bajo el sol, desnutridos y llenos de parásitos...», relata el exalumno del campus de Lugo.

Esas imágenes lo marcaron y el año pasado volvió para llevar asistencia veterinaria a Nomuka, donde también hizo una encuesta, llamando casa por casa (a las 75) para saber de cuántos perros se ocupaban en cada una y cuántos no tenían dueño. El idioma era un problema, porque solo dos personas sabían hablar algo de inglés, una profesora del colegio y un chico joven, pero ambos se ofrecieron como traductores.

«Quería hablar con la gente de la isla para ver qué opinaba de este problema, porque no es la primera vez que un proyecto del llamado Primer Mundo para ayudar al Tercer Mundo no funciona porque era algo que allí no les interesaba», cuenta Ángel. Sin embargo, en su caso, resultó que el 93 % de Nomuka estaba a favor de llevar recursos y dar asistencia veterinaria a los animales.

El canario se tejió una red de colaboradores a medida para llevar a cabo ese plan, al que se apuntó Manuel y las parejas de ambos, una como tercera veterinaria y directora científica del proyecto (bautizado como Pacific Hope) y la otra como bióloga y conocedora de la realidad en Tonga por haber participado en proyectos comunitarios anteriores. En este momento buscan financiación a través de una campaña de micromecenazgo y su idea es viajar a Nomuka en mayo.

«Puede parecer cínico querer ayudar en una isla perdida del Pacífico cuando tenemos una problema con las poblaciones caninas en el Primer Mundo; pero la realidad es que allí no hay ningún tipo de ayuda y la gran ventaja, a mi parecer, es que en una comunidad tan pequeña y aislada, cualquier gesto puede cambiar el desarrollo de su sociedad», alega el gallego.

«Un grupo de gente comprometida puede dar solución a un problema visible y medible»

Eligieron Nomuka como punto de partida de Pacific Hope porque «es un escenario ideal, con una sola población, fácil de encuestar y de ver los resultados». «Queremos demostrar que un grupo de gente comprometida puede dar solución a un problema visible y medible», señala Ángel Grimaldi. La misión en colaboración con la oenegé local Nomuka Island Conservation Environement no solo consiste en llevar a cabo una campaña de castración para controlar la sobrepoblación canina, tratar y prevenir enfermedades; también en llevar a cabo un programa de educación, dando charlas en escuelas y grupos comunitarios. «La idea es volver regularmente y que esta bola acabe rodando sola para poder reproducir el proyecto y llevarlo a otras islas de Tonga más grandes», apunta.

El primer reto a superar es el económico. La meta es alcanzar los 10.000 euros. «Otras expediciones de una semana similares han salido por 30.000 y nosotros vamos a estar un mes», dice. Con 10, se puede esterilizar un perro y con 50 hay suficiente antiparasitario para tratar a 25. Y los veterinarios explican que consigan lo que consigan, los fondos se repartirán para ayudar a cuantos más animales mejor en su expedición.

Problema de suministro

El acceso de los suministros es otro problema. Llegar a la isla no es tarea fácil y llevar hasta allí los suministros médicos es un desafío. Supone un vuelo de España a Doha. De ahí a Sídney. Otro a Fiyi. Un cuarto a Tongatapu, la capital de Tonga, y de ahí habría que coger un ferri que para entre dos islas, porque Nomuka es tan pequeña que no tiene un muelle propio y viene una lancha pequeña a recoger a los pasajeros del ferri para llevarlos a tierra. Pero esto tampoco es un obstáculo para estos jóvenes decididos.

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