De Santa Comba a las Antípodas

El hostelero Manuel García escapó de las vacas xalleiras a Francia, fue taxista en Australia y electricista en Nueva Zelanda, pero donde de verdad disfruta es dando de comer en el Don Quijote


santiago / la voz

«De puta madre...». Así escrito puede sonar mal, pero cuando se lo escuchas a Manuel García, Manolo el del Quijote, es porque le has preguntado qué tal le va la vida, y da gusto oírlo. Disfruta en su negocio, va todos los días a la Praza de Abastos, donde lo pasa «coma un anano», del pasado no tiene queja, y ante el futuro es optimista.

Su padre le hizo un permiso cuando tenía 17 años para irse a Francia y escapar de las vacas de la familia, que nunca le gustaron. Se fue a los bosques de Chaumont, muy cerca de París, a pelar hayas. Suena a broma, pero un día viendo un reportaje de la televisión francesa con otros diez gallegos escucharon que Australia pagaba el viaje y la manutención inicial a todos los trabajadores que quisieran hacer fortuna. Y faltó tiempo para que uno de ellos propusiera la machada. Fueron a la embajada a recabar información y confirmaron punto por punto lo que contaba la tele, y como eran jóvenes «e non tiñamos un can» allá se fueron los once.

El viaje fue una odisea literal, porque las 36 horas iniciales se convirtieron en varios días, con un aterrizaje de emergencia en Darwin rodeados de espuma por el fallo de uno de los cuatro motores. Cuando por fin llegaron a su destino todo se cumplió: los trataron bastante bien y a los 10 días apareció un valenciano también apellidado García que se llevó a Manuel a una empresa eléctrica. Al poco tiempo, le propusieron un buen trabajo, pero era en Nueva Zelanda, y él tenía un compromiso de dos años, así que tuvo que devolver parte del dinero que le había adelantado el Estado para dar el salto «a un lugar belísimo», el lago Manapouri, donde una empresa estatal asumió una compleja obra que incluía una estación hidroeléctrica subterránea que sigue siendo a día de hoy un joya de la ingeniería.

Allí le pusieron a veinte personas a su cargo durante casi dos años, hasta que decidió regresar a Australia, donde las cosas habían cambiado. Lo que daba dinero en aquel momento era la hostelería, así que se enfundó el traje de camarero en el restaurante Costa Brava, que era un referente en Liverpool Street, en Sídney. Conoció el oficio y se acercó a los productos gastronómicos, que también empezó a comercializar como vendedor. Pero la mejor operación de su vida fue conocer a su mujer, Matilde Rodríguez, una asturiana que a las pocas horas de llegar a las antípodas ya sabía quién era Manuel. Avanzados los 70, llegaron los hijos, y con ellos una decisión importante: quedarse o regresar a España. Entre un viaje y otro para cerrar la etapa australiana, García se puso a los mandos de un taxi en Sídney, y aún hoy admite que al principio pecó de «pardillo» porque las carreras buenas se las llevaban otros. Tardó pocas semanas en aprender los trucos del fugaz oficio.

El Don Quijote lo abrió un 6 de enero de 1979, y a día de hoy sigue siendo un referente, así que antes de caer en la inmodestia concluye que «algo fixemos ben». Él cree que la clave de estos casi cuarenta años ha sido la confianza de los clientes. Presume de no haber tirado nunca «un quilo de ameixas» o de cualquier otro producto porque él compra y los comensales le dejan que disponga.

Nunca tuvo un reproche. Su colega Carme Ruscadella, cocinera con un firmamento de estrellas Michelin en su currículo, se lo dijo un día en su comedor: «Manuel, que te critiquen por ser caro, pero nunca por no tener calidad». Con todo, él entiende que el Don Quijote sigue siendo asequible para el que busca cosas diferentes y de cierto nivel, un perfil de cliente que nunca le ha faltado, ni en los peores momentos.

manuel garcía

Manuel García nació en Santa Comba en 1947. Es hostelero desde hace cuatro decenios, y antes fue electricista y taxista. Su rincón favorito en Santiago es la Praza de Abastos, adonde acude a diario para comprar sus productos.

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