Tras el oval hasta Nueva Zelanda

Cinco jugadores del Vigo entrenan y juegan en las antípodas para mejorar su nivel


Vigo / La Voz

Hace poco más de tres semanas Carlos de Cabo, Joaquín Maguna, Marcos Muñiz, Adolfo Rodríguez y Javier Abadía despedían la Liga con el Universidade Vigo Rugby, recogían sus bártulos y se pegaban una paliza de 46 horas de viaje saltando de avión en avión hasta para llegar a Sundy Bay. Una bahía paradisíaca de la costa de Nueva Zelanda que se ha convertido en su hogar.

Es allí, en las antípodas y en pleno territorio All Black, donde los cinco jugadores están cumpliendo su sueño: sumergirse en una de las cunas del rugbi, aprender, jugar y disfrutar, para regresar a casa con más conocimientos que poner al servicio del Universidade la próxima temporada.

«La aventura está siendo increíble. La cultura es fantástica y estamos disfrutando jugando y aprendiendo rugbi, que aquí está por todos lados», relatan desde la otra punta del mundo. En un entorno idílico, la agenda de los cinco rugbiers la marca el oval. Casi a diario recorren la media hora que les distancia de Whangarei, la ciudad de poco más de 50.000 habitantes a la que pertenece el Hora Hora, su club durante estos meses. «Los martes y los jueves entrenamos por la tarde y los sábados por la mañana tenemos partido. La semana pasada comenzamos con el trabajo de gimnasio y tenemos dos sesiones a la semana. Lo demás es tiempo libre», cuentan.

Eso sí, cada vez que se ponen manos a la obra, lo hacen a conciencia. «Todos los jugadores viven el entrenamiento con la intensidad que quieren para el partido, el cien por cien de la gente está muy metida en él y apenas hay parones». Doug Te Puni, un ex All Black maorí, es su entrenador y el encargado de enseñarles la pureza de la disciplina. «Nos pide que disfrutemos y que demos todo lo que esté en nuestras manos, y así lo hacemos». La intención es que cuando regresen a Vigo puedan dar un salto de calidad en el equipo y ayudar a otros compañeros.

Por lo de pronto, se muestran optimistas, «es pronto para valorar, pero en unas semanas quien sea de Galicia y nos vea jugar verá progresos, el nivel superior te hace estar siempre en aprendizaje». Y ese es su objetivo en la otra punta del mundo.

Una bahía paradisíaca, gente hospitalaria y aventuras al volante

Aunque el rugbi es el leit motiv que ha llevado hasta las Antípodas a los cinco jugadores del Universidade, su experiencia va más allá de lo deportivo. En su vida cotidiana se han encontrado a gente hospitalaria y cercana que les está haciendo muy fácil su nueva vida. «Nuestra casa, donde nos acogen tía Rose y tío Hubert, está en Sundy Bay, una bahía espectacular, una zona costera con tradición surfera y de pesca» en la que ya se han dado algún que otro chapuzón y que les permite entrenar en la playa. Los cinco se han acostumbrado ya a ver a la gente descalza por la calle para ir a comprar o a ver un partido y disfrutan de la limpieza, la tranquilidad y la libertad que les rodea.

Para poder ir a entrenar con el equipo les han prestado un coche y su inglés empieza a sonar con acento maorí, desvelan. «Los titos de Nueva Zelanda nos tratan casi tan bien como nuestras madres», asegura Muñiz, mientras que Adolfo no puede evitar bromear con que «entre la pesca y el coche, el jugar al rugbi apenas entraña riesgo». Y es que entre las anécdotas que se traerán de vuelta recuerdan la primera vez que Joaquín Maguna se puso al volante conduciendo por el lado inglés. «Llevar el coche por el medio del carril es realmente complicado, y si la carretera tiene muchas curvas y está cerca de algún que otro acantilado, se hace entretenido», cuentan entre risas. Es la otra cara de una aventura que va mucho más allá del oval.

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