Un investigador vigués intenta la cría de pulpos en cautividad en Australia

Afronta el gran reto de la acuicultura a 17.000 kilómetros, junto a su familia


melbourne / servicio especial

A sus 31 años el vigués Álvaro Roura ha recorrido más de 17.000 kilómetros con su mujer y su hijo para estudiar la vida de las larvas de pulpo en libertad. Unas conclusiones que podrían ser cruciales para superar uno de los grandes retos de la acuicultura gallega: criar pulpo en cautividad. Solo dos larvas en la historia han llegado hasta la edad adulta, el resto mueren a partir de los 30 días. ¿Por qué? «Porque no saben qué darles de comer. Las están alimentando con artemia y eso no les gusta», así lo afirma el investigador vigués, que lleva años estudiando la alimentación de los cefalópodos para «darles en acuicultura lo mismo que comen en libertad y que así no mueran». En una primera aproximación, Roura averiguó que al cefalópodo le gusta el marisco: «Comen nécoras, camarones, quisquilla de arena, cangrejos ermitaños...». Una alimentación selecta difícil de averiguar porque «cazan como las arañas: les inyectan un líquido a su presa para paralizarla y digerirla y luego succionan su contenido. Cuando abres el estómago de una larva lo que te encuentras es una papilla, así que para averiguar qué comen usé genética».

Estudiar la vida del cefalópodo no es tarea fácil porque en la ría de Vigo solo hay larvas recién nacidas. «El resto de especies de cefalópodos crecen en la ría, pero las de pulpo se van al océano aprovechando las corrientes de agua fría». Así que para conocer bien su vida hay que perseguirlas hasta el océano y ver cómo cambia su entorno. Con esta primera investigación Roura escribió su tesis doctoral en el Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo. Un estudio para el que filtró el agua equivalente a llenar el estadio de Balaídos hasta una altura de 43 metros. En ese análisis se encontraron 1.440 larvas de pulpo, 135 están ahora en Australia.

Un viaje complicado

Introducir larvas de pulpo en un país obsesionado por mantener el ecosistema autóctono no fue sencillo. «La primera vez que vine a Australia las traje en la maleta pero lo pasé fatal porque me la perdieron y estaba preocupado por si me las encontraban», recuerda ahora Álvaro, quien en esta segunda visita las antípodas decidió traerlas por la vía oficial. «Tuve que rellenar todos los papeles de aduanas para decir que venían muertas, que no son peligrosas ni tienen ningún tipo de infección». Aún así estuvieron retenidas durante dos semanas. A pesar de las llamadas de Roura para asegurarse de que las guardaran en el congelador, las larvas llegaron a su destino descongeladas, algo que no afectó a su investigación.

Ahora Álvaro continúa con su estudio para saber más sobre la dieta de los cefalópodos y para conocer su flora bacteriana. «Si conocemos las bacterias que las larvas tienen en libertad podremos hacer como una pastillita para que las de acuicultura tengan las mismas y así logren sobrevivir». Un reto para el que cuenta con el apoyo de su mujer, la santiaguesa Alexandra Castro, quien «identifica a los compañeros de viaje de las larvas de pulpo. Ella es como mis ojos en este proyecto», asegura Roura, que se muestra encantado con su estancia en Melbourne.

«Algún día volveremos a Galicia para trasladar el conocimiento adquirido»

Álvaro Roura viajó a Australia gracias a una beca posdoctoral de la Fundación Barrié, que paga su salario, y al dinero aportado por la Universidad de La Trobe (Melbourne) para su investigación. «Aquí hay muchas más facilidades para investigar de las que hay en España» asegura el vigués, que ha encontrado en Australia «un apoyo nunca visto». Junto a su mujer y su hijo descarta, por el momento, emprender el camino de vuelta en un período de tiempo más o menos corto. «Estaremos fuera un tiempo. Nuestro hijo está aprendiendo inglés y nosotros vemos mundo. Algún día volveremos para trasladar el conocimiento adquirido». Ahora se adapta a la frialdad de los australianos: «Son muy toxos», bromea, y dice que intenta explicarles que el pulpo gallego es más sabroso que el de ellos. «Les he preparado pulpo á feira pero no está tan bueno. Aquí tiene un color más rosado. Es pulpo congelado pero lo venden descongelado», dice al tiempo que sentencia sin piedad: «Tiene una pinta horrible».

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