La instructora de vuelo que ha sobrevolado el techo de cristal

Tras terminar sus estudios de piloto en Canadá, esta viguesa se fue a Etiopía como formadora; «al principio me tenían con papeleo, hasta que vieron cómo volaba»


vigo / la voz

«En Etiopía no me querían dar el trabajo por ser mujer, ahora que me he venido a España, me rogaban que no me fuese». Tania Cabo (Vigo, 1988) sabía que era mejor piloto que otros instructores con los que trabajaba en el aeropuerto de Bole International, en Addis Abeba, pero la trataban de manera distinta. «Al principio me tenían para papeleo y me daba rabia, hasta que mis jefes empezaron a volar conmigo. A partir de ahí cada vez me daban más y más trabajo». Etiopía es uno de los países con mayores índices de pobreza del mundo. La vida en el cuerno de África dista mucho de la vida en España, pero en el terreno de la aviación, aquí también quedan muchas asignaturas pendientes. Menos del 5 % de los pilotos son mujeres en España, a mucha distancia del deseable 50 %. Un oficio en el que faltan referentes, ejemplos que reflejen que se pueden sobrevolar los prejuicios y las autolimitaciones, pulverizando los techos de cristal.

Durante los seis años que Tania Cabo trabajó como instructora de vuelo en Etiopía fue la primera y la única mujer en ocupar ese puesto. Su presencia cambió muchas cosas, verla enseñando a volar animó a otras mujeres africanas a ponerse al mando de un avión. «Allí las mujeres siempre te escogen a ti porque eres la referencia. Al principio no tenía ninguna alumna pero acabé teniendo hasta cuatro en clase». Tampoco fue fácil ejercer de docente de los alumnos hombres, que pasaron del rechazo inicial a pedir que Tania fuese su instructora. «Cuando ven a una mujer no lo toman bien. Al principio me decían que querían aprender con un hombre. Pero luego ven cómo vuelas». ¿Y cómo vuela? «Yo, como instructora, hago locuras. Pongo el avión en caídas libres para que la persona sepa que el avión lo puede soportar. Hay gente que vomita y que te dice que no quiere volver a volar en su vida». Otros ya no pueden bajarse.

Amor de altos vuelos

Apasionada de la aviación desde niña, cuando se puso a los mandos de un avioneta sobre la ría de Vigo, ya de adolescente, Tania Cabo supo que lo suyo era volar. «Mis padres me alquilaron una avioneta, tenían la esperanza de que cambiase de idea. Pero el piloto me dejó coger los mandos sobre la ría de Vigo, y ya... Confirmé que no había nada más que quisiera hacer. Nunca olvidaré la sensación de la primera vez». A día de hoy, sigue enganchada a esa adrenalina, a llevar el control de un aparato que se ha convertido en una prolongación de ella misma.

Tania acaba de regresar de su experiencia africana junto a su marido, también piloto. Se conocieron en Canadá, estudiando la carrera. Él, americano de ascendencia etíope, propuso probar suerte en el país africano y ambos se lanzaron sin paracaídas. «Cuando llegas ves mucha pobreza, sufrimiento… Me encontré un país distinto a lo que conocía, no malo, pero diferente. Ves la pobreza de verdad, no es lo mismo que si te lo cuenten. Al principio fue duro». Con un buen puesto de trabajo, el nivel de vida de un europeo en Etiopía es mejor que el de la mayoría de la población, pero hay que lidiar con los cortes de luz y de agua, que tardan días o horas en restablecerse. «Te estás duchando, te cortan el agua y te quedas con el jabón en la cabeza… Al final te acabas duchando con cubos. Yo he hecho muchas veces el café en una barbacoa por la mañana». Una vida a la que se había acostumbrado hasta que se quedó embarazada y decidió que quería que su hijo, Sael, fuese gallego. Y lo es: nació ayer en Vigo.

Esta viguesa está convalidando el título canadiense que la acredita como instructora de vuelo y piloto para poder trabajar en España. «Para mí como instructora, lo más complicado es saber cuándo dejas al estudiante hacerlo por sí mismo o tomas tú el control. En los aterrizajes tienes que dejar el avión en cierta posición, en ese momento te planteas si lo sabrán hacer, si darán el último empujón al avión, o se van a bloquear y darse de morro... Eso es lo más complicado». Un riesgo que no la disuade de su trabajo formando pilotos, los alumnos llegan creyendo que es como conducir un coche y salen de la academia convertidos en aviadores. Ella sabe que lo suyo no es trabajar en una aerolínea. «Lo probaré pero estar sentada tanto tiempo sin tomar yo el control… No voy a poder...», ríe.

Tania Cabo acaba de ser madre. Arranca ahora una nueva fase, en la que tiene que combinar los planes de vuelo con las tomas de biberón y el cambio de pañal. «Las pilotos, cuando somos madres, muchas veces nos quedamos detrás, mientras el hombre sigue creciendo. Cada vez hay más mujeres en la aviación, pero al tener familia muchas se ven más responsables de sus hijos y no se arriesgan tanto a que la llamen para volar por la noche o en fin de semana. Por eso nos hace falta el feminismo». Le toca coger los mandos de eso que llaman conciliación sin descender del techo de cristal.

«Somewhere over the rainbow», de Israel “IZ” Kamakawiwo´Ole. «Es muy difícil elegir una sola canción porque cada tema tiene su momento pero me quedo con ésta. Este tema habla de que la vida hay que disfrutarla, hay que apreciar lo que te viene. Es especial para mí , de hecho también fue la canción de mi boda».

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La instructora de vuelo que ha sobrevolado el techo de cristal