Jerónimo Figueroa quiso vivir y morir en Corcubión y no pudo

Fue inventor, fundó periódicos y revistas y publicó en muchos medios y acabó muriendo en Madrid


¿Quién fue Jerónimo Figueroa Domenech? Hoy se puede efectuar una rehabilitación de su persona que sirva para sacarle de los yacimientos del olvido en donde fue sepultado hace mucho tiempo.

En el Padrón municipal de Corcubión de 1851 figura Jerónimo Figueroa, de 35 años, nacido en 1816, hacendado, y, posteriormente, de 1858 a 1861 alcalde de la villa de San Marcos. En este último año figura como uno de los mayores contribuyentes fiscales, en el puesto siete, con 330 pesetas, y estuvo casado con María Domenech, de 29 años. En 1851 tenían como hijos a Desiderio, de 5 años, y a Cándida, de 7 meses, fecha en la que no había nacido el homónimo del patriarca, Jerónimo y tampoco Wenceslao, el más joven.

«El Adelanto»

Jerónimo Figueroa Domenech aparece en 1884 como director de la banda de música de Corcubión, el último de una agrupación musical que subsistió durante cinco años. Hacia 1890 fundó, junto con Antonio Porrúa, el periódico El Adelanto, un medio escrito a mano que fue denunciado por el fiscal Ramón Linares en desacuerdo con algunos temas que en él aparecieron, y del que vieron la luz tres ejemplares solamente. Poco más tarde, convertido en periodista, Jerónimo emigró joven para México y en ese país publicó algunos libros de historia, geografía y arte.

En los primeros años de su estancia en el país azteca, Jerónimo se casó con Juanita Cedillo, nacida en Hidalgo (México), un matrimonio que dejó dos hijas: América -la mayor- y Juana Figueroa Cedillo. Después regresó con su familia a España y el 4 de octubre de 1895 lo encontramos en un viaje en ferrocarril entre A Coruña y Vigo, trayecto en el que le sustrajeron del equipaje las siguientes joyas: una pulsera de oro y brillantes; un reloj, tres alfileres o imperdibles; una sortija también de oro y brillantes, una cadenilla de oro con medallón del mismo metal y ciento veinticinco libras esterlinas.

En esta última época, Jerónimo Figueroa se instaló en Madrid y colaboró en periódicos y editó revistas y libros especializados. En abril de 1903 poseía oficina en la calle Concepción Jerónima, 27, de la capital de España y tenía en preparación una guía del viajero hispano-americano y una revista universal bibliográfica de Artes, Ciencias y Literatura. Ofrecía espacios publicitarios a comerciantes con motivo del XIV Congreso Internacional de Medicina, para una Guía de Madrid, Córdoba, Sevilla, Granada, Toledo, etc. y Reales Sitios de Aranjuez, La Granja y El Escorial, prevista editar en francés, inglés y español, un libro “llamado a ser considerado como un recuerdo del Congreso aludido”.

No sabemos cuántos años residió en Madrid con su familia, pero las cosas no debieron rodar todo lo bien que él quería, y llegó otra vez la hora de ganarse la vida en otras latitudes: en la emigración allende el Atlántico, en este caso en la isla de Cuba. Y precisamente en La Habana cofundó y dirigió en 1919 la revista La Unión Ibérica. Colaboraba también con la revista Nerio, fundada por Pepe Miñones en Corcubión, de quien se hizo amigo, uniéndoles una admiración mutua.

Inventos

En diciembre de 1921 regresó a Madrid y presentó en el Ministerio de Fomento varios inventos para obtener patente: el aprovechamiento de la fuerza de las mareas; el transporte de la telescópica astronáutica a los colegios y hogares por medio del astrográfico, una máquina de vapor rotativa por expansión y una nueva propulsora para actuar en fluidos. Pretendía crear una sociedad regular colectiva para la explotación de esos inventos y eligió como lugar preferido la llamada Seca de Cee, situada en el nacimiento de la ría de Corcubión, y a cuyo objeto interesaría del Estado la concesión de dichos terrenos. No obstante, este fue un proyecto que se difuminó en el camino, pero siguió colaborando en esos años con la citada revista Nerio y con otras numerosas de América y España: La Voz de Galicia, Región GallegaEl Noroeste El Ideal Gallego , todas de A Coruña, y El Globo, de Madrid...

Si nos detenemos a meditarlo, no hay duda de que el corcubionés Jerónimo Figueroa tenía mucha munición intelectual y sabiduría suficiente. Precisamente, el 29 de agosto de 1924 apareció una colaboración suya en el periódico El Noroeste con todo un ejercicio de nobleza, generosidad y predicción: «Si contara Galicia con media docena de gallegos tan entusiastas y despiertos como ese aguilucho de la elocuencia y del sano regionalismo que se llama Pepe Miñones, cuyo vuelo no sabemos que altura va a alcanzar en las grandes excursiones por el ideal que su naciente genio nos anuncia, conseguirían despertarla del sueño invernal que sufre, y lanzarla majestuosa por la senda del progreso...» Y, unos días más tarde, en El Ideal Gallego del 22 de septiembre de 1924 otro interesante trabajo, titulado, Un gran salto de agua. Los misterios del Pindo, aunque uno de los textos que más me impresionaron fue el publicado en la revista Nerio en agosto de 1920, titulado, Corcubión quiere decir, hablando de la cárcel del pueblo.

La Voz de Galicia

Un año más tarde, el 26 de septiembre de 1926 firmó otro valioso texto en La Voz de Galicia, un escrito con una gran carga de testimonio, emoción y nostalgia, como una maleta llena de tiempo encogido, titulado, El Corcubión de Antaño, un texto extraordinario cargado de evocación que recuerda los días amados y reflejaba un mundo en desaparición. Recomiendo su lectura -en la Hemeroteca de La Voz de Galicia-. En fin, que Jerónimo Figueroa es un miembro más de esas gentes que forman parte irrecuperable de un tiempo de Corcubión, también de la emigración, que no sintió desarraigo de su suelo nutricio, un necesario punto de anclaje ya que en Corcubión fundó su identidad.

El corcubionés Jerónimo Figueroa, después de vivir en la emigración y desenvolverse en las batallas del mundo, falleció en Madrid el 2 de noviembre de 1929 a los 67 años, y fue enterrado en el cementerio de la Almudena y no en el que él deseaba descansar definitivamente, tal y como dejó reflejado en un bello poema titulado, ¡Saudades! (Alalá), del que reproducimos las dos últimas estrofas: «Eu tiven a berce na veira dos mares, / achar non sei donde o meu panteón; / quixera qu’as bruxas, aunque fora morto, / leváranme preste a Corcubión».

«Y aló donde repousan os osos xa podres/ d’os que foron algo e nada oxe son/

que durman pra sempre os meus feitos polvo,/ n’o chan bendecido de Corcubión».

Jerónimo Figueroa fue un nostálgico de su pueblo. Para él el pasado, y Corcubión era su pasado, era el lugar en el que quedarse a vivir, pero no pudo. Y también el lugar para morir, y tampoco fue posible. La familia Figueroa Cedillo vivió desahogadamente, pero sin acumular fortuna, y después de sufrir el desgarro de la pérdida, su esposa Juanita y sus hijas regresaron a México en el vapor Alfonso XIII. Desembarcaron en Veracruz para tener una vida difícil y complicada. Juanita, la esposa, falleció alrededor de 1967.

Ahora no me queda más que agradecer al bisnieto de Jerónimo, Roberto Franco Williams, sus aportaciones a esta historia de morriña y nostalgia.

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