Esther Regina Neira: «Convertirse en migrante es, sin duda, una experiencia muy difícil y dura»

Esta coruñesa, de 25 años, ha realizado estancias en seis países. Ahora trabaja en Edimburgo mientras intenta acceder a un doctorado

Esther Regina Neira en el norte de Escocia
Esther Regina Neira en el norte de Escocia

a coruña

Esther Regina Neira Castro (1995) supo desde muy joven que su futuro estaba fuera de España. Tras haber pasado por seis países y cruzado el océano Atlántico, esta coruñesa busca su oportunidad laboral en el Reino Unido con el fin de lograr convertirse en profesora investigadora en una universidad.

-¿Por qué decides irte a vivir fuera de España?

Siempre tuve una ambición innata por salir de mi lugar de origen y viajar por todo el planeta, pero lo que sin duda me llevó a tomar la decisión fue la crisis del 2008. Cuanto más pasaba el tiempo e iba creciendo, más era consciente de que para huir de la precariedad laboral, había que mudarse de país. Nunca consideré España como un lugar donde existiese la oportunidad de prosperar, en términos de obtener una vida estable y no vivir en la eterna incertidumbre económica.

-¿Cómo fue tu experiencia en el primer lugar que estuviste?

El primer lugar en el que viví fue Budapest. Llegué allí a principios de septiembre del año 2015 como parte del Erasmus. Esa fue la primera experiencia de choque cultural, y pese a que hice amigos que todavía lo siguen siendo en la actualidad, no recuerdo el hecho de vivir en Hungría como una experiencia grandiosa, como promete la gente sobre las becas Erasmus. Llegué con 19 años a un país azotado por la crisis migratoria, mayormente siria, con un gobierno de ultraderecha que no les permitía coger el tren hacia Alemania y otros países de Centroeuropa. Me llevé la impresión de un Estado extremadamente racista y muy poco acogedor con los extranjeros, algo que chocaba directamente con la gran memoria histórica que poseen, de lo que España sin duda debería aprender. 

-¿Cómo surgieron los viajes a otros países?

Los viajes fueron surgiendo paso a paso. Ante mi deseo de vivir en otros países y adquirir experiencia internacional, fui pidiendo becas de movilidad a través de la universidad. En febrero del 2016 me mudé a la ciudad de Buenos Aires. Aquí me impresionó la movilización masiva y constante de sus ciudadanos, las huelgas permanentes contra el Gobierno de Macri, los altos precios de la ciudad, y también el alto nivel de estudios que poseen, las pésimas condiciones de la universidad pública y la precariedad laboral.

Tras esta estancia enlacé con otra beca a México, en donde ya había estado un mes de vacaciones a comienzos de ese año en Ciudad de México. Me enamoré del país en cuanto lo vi desde el avión, y supe que tenía que luchar por volver. Estudié en Toluca por un semestre, e incluso después me quedé más tiempo aunque ya sin beca. En el año 2017 decidí solicitar de nuevo otra bolsa de movilidad, pero esta vez para hacer una estancia de verano en la Universidad de Loyola, en la ciudad de Chicago, para estudiar un curso sobre Terrorismo. En cuanto pisé Estados Unidos, me encontré con el gigante del capitalismo, con el racismo más que evidente, y con la violencia que asolan las calles de ese Estado.

Me gradué en el 2018, y durante esos últimos meses en Madrid volví a considerar quedarme. No obstante, tras haber vivido en México supe que daban buenas becas para estudiar maestría, así que pedí una beca para realizarla en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México en Antropología Social. Estuve año y medio en el país, yendo a clase y llevando a cabo trabajo de campo y mi investigación sobre partería indígena con mujeres parteras, en una zona rural muy apartada en el estado de Oaxaca. Tras ello conseguí una estancia para irme a hacer trabajo de campo en Ecuador, en la Amazonía. Esta oportunidad me permitió estar en el Amazonas por más o menos dos semanas.

Una vez que terminé el trabajo decidí ir a visitar a un amigo en Bogotá, donde terminé estando ahí parte de febrero y casi todo marzo, debido al confinamiento y al cierre de fronteras. Finalmente, la estancia no se llevó a cabo por la situación con el coronavirus, y permanecí en Colombia hasta ser repatriada en un vuelo humanitario Bogotá-Madrid a finales de marzo de este mismo año 2020, donde tuve que volver A Coruña.

-¿Qué te hace terminar en Escocia?

Un año previo a terminar la maestría consideré tomarme un año entre medias para terminar de perfeccionar el inglés y poder conseguir una beca doctoral en Europa. Con esos planes en mente, encontré el trabajo de au pair en Reino Unido como el camino más fácil y al mismo tiempo más acertado, pues hacía tiempo que había tomado la decisión de buscar el doctorado en UK, y era necesario venir antes del Bréxit.

-¿A qué te dedicas en la actualidad?

Ahora vivo en Edimburgo trabajando de au pair mientras busco nuevas oportunidades como becaria doctoral para llevar a cabo una investigación sobre corporalidad entre mujeres de la diáspora india en el Reino Unido, tratando de continuar con mi sueño de convertirme en profesora investigadora en una universidad.

-¿Cómo ves la situación de tu sector laboral ahí y cómo la ves en España?

Quiero creer que el sector laboral en UK siempre ha estado mejor que en España. Lejos de ser una opinión personal, la diáspora española habla por sí misma. Somos miles los migrantes sobrecualificados que han llegado a tierras británicas en busca de algo mejor, un proyecto compartido que en muchas ocasiones fracasa. Continuamos trabajando en sectores poco cualificados con tal de no regresar, precisamente porque es más fácil prosperar aquí. Existe una diferencia abismal entre el salario de un profesor-investigador en el Reino Unido y la misma profesión en España. No obstante, la pandemia afectó a todos los países y en términos del sector laboral, todo sigue estando muy incierto; hay universidades que no acogen estudiantes doctorales este año precisamente por el covid. 

-¿Qué te aporta a nivel personal y profesional esta experiencia en el exterior?

A nivel personal me ha aportado una experiencia invaluable y unas habilidades que no podría haber desarrollado de otra forma. Convertirse en migrante te obliga a construir tu propia familia fuera de tu casa, y es muy duro. El hecho de haber vivido en seis países me hizo enfrentarme a dificultades y reinventar soluciones a las mismas, materializándose en un aprendizaje que no podría haber podido experimentar de haberme quedado en España. Convertirse en migrante es, sin duda, una experiencia muy difícil y dura, donde se sufre mucho, que te obliga a formar tu propia familia en el lugar donde estés, que te enseña la brevedad del tiempo y el valor de disfrutar cada momento.

-¿Qué es lo que más te ha costado a la hora de adaptarte al estilo de vida que tienen en Edimburgo?

No me cuesta adaptarme al estilo de vida de ningún país. Tras seis países y tras haber hecho trabajo de campo durante la maestría en zonas rurales, aisladas completamente, y sin agua, en mitad de México y del Amazonas, me considero a mí misma camaleónica en muchos sentidos. Adaptarse a un país del llamado primer mundo no es una batalla difícil en comparación.  Lo que más cuesta es adaptarse a la gente, al trato y a las formas de socializar. A las maneras en las que se te percibe desde afuera, lo que lucha indiscutiblemente con la identidad personal de cada uno.

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