Mitología y 40 años de «chourizos viaxeiros» en una carnicería de Meis

Su fundador fue emigrante y quiso llevar los sabores de Galicia por Europa


meis / la voz

Luis Fernández fue uno de tantos que en la segunda mitad del siglo pasado tuvo que emigrar para buscarse la vida. En su caso recaló en Bélgica, donde aprendió el oficio de carnicero. De vuelta a su tierra, decidió montar su propio negocio y así fue como nació en 1980 la carnicería O Mosteiro (Meis), que está celebrando estos días su cuarenta aniversario. Lo hace con «A despensa de O Mosteiro», una propuesta gastronómica que se sirve en forma de cesta navideña en la que caben sus productos más señeros. Entre ellos, sus afamados chorizos ahumados con leña de roble y elaborados siguiendo el método tradicional, que ya han conseguido marca propia de la casa: «chourizos viaxeiros».

Lo de viajeros viene dado porque esta receta ha llegado a muchos puntos de España y del extranjero gracias a que sus clientes se los llevan a Madrid, Barcelona o Canarias y a Alemania, Suiza o Bélgica. Los chorizos de Luis también surcan mares porque entre su público no faltan marineros que trabajan en la pesca de altura y en los mercantes.

«Todas las personas que nos visitan quieren saborear un poquito de nuestra tierra, su sabor y textura los acercan a sus raíces, como antaño hacían sus madres y abuelas, viajan así también a través de los sentidos», según explica Lorena Fernández, hija del fundador y segunda generación al frente del negocio.

Los chorizos de la carnicería O Mosteiro tienen historia y la escultura instalada en la entrada, también. A muchos les sorprenderá toparse en el rural de O Salnés con una pieza tallada en piedra del Atlas griego sosteniendo la tierra sobre sus hombros, pero todo tiene su explicación.

Y un Atlas en piedra

Luis quería hacer su propio homenaje a los emigrantes gallegos y pensó que la imagen que lucían aquellos billetes que ganaba en Bélgica podía ser un buen referente. «En esos billetes veía la figura del titán griego Atlas dibujado en el franco belga, convencido de que, con esfuerzo y tesón, llegaría a levantar su propio negocio en su tierra. Poco a poco pudo mandar dinero a España y así fue como el Atlas viajaba de Bélgica a España para dar forma a la construcción que hoy alberga no solo una pequeña industria cárnica, sino muchos años de esfuerzo, ilusión y trabajo incansable», según relata la hija del empresario.

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