José Villar: «De neno andaba tres quilómetros coas botas de goma para ir á escola»

Personas con historia | Este vimiancés llegó a convivir con 23 personas en una casa en Liechtenstein


Carballo / la voz

José Vilar Pérez pronto cumplirá 53 años, la misma edad a la que murió su padre en un accidente laboral mientras trabajaba en los carburos. Fue un 1 de agosto, lo recuerda bien este vimiancés, que se quedó huérfano de padre a los 16 años. «Tiñamos seis ou sete vacas e coa pensión de miña nai non chegaba. Meus dous irmáns estaban xa emigrados, así que eu marchei tamén con 17 para gañar algo para facer a mili», cuenta el de Grixoa (Berdoias), aunque al final se acabó librando por exceso de cupo. «Foi a única sorte que tiven na miña vida. Pero algo é algo, xa que a lotaría parece que non toca...», bromea.

Antes de irse del país, cursó estudios hasta los 14 años, primero en una escuela local, y después en Vimianzo. «Ia andando tres quilómetros coas botas de goma ata a escola; e ao volver, a notiña enriba da mesa cos labores que tiña que facer pola casa, como ir á verdura ou atender ás vacas. Antes era así», comenta.

Al acabar los estudios, estuvo un tiempo en casa ayudando con los animales y después se marchó para Liechtenstein, un país al que curiosamente emigraron muchos vecinos suyos: «Deste pobo estivemos todos alí, ata case na mesma zona. Chegamos a ser 24 nunha mesma casa e nunca nos enfadamos! Aquilo era unha festa, faciamos churrasco os domingos...», rememora. Dormían los chavales solteros agrupados en varias habitaciones y los matrimonios tenían su propio cuarto en aquella casa de tres pisos. «Hoxe xa non se permitiría, porque segundo vas tendo fillos tes que ter un número determinado de habitacións e, ademais, agora cada un ten o seu apartamento e xa non é coma antes», apunta.

Pluriempleado

José trabaja en la construcción -poniendo piedra y alquitrán- y colabora en una carnicería. Le roba horas a los días para ganarse un buen sueldo, pero tiene que hacerlo si se quiere vivir medianamente bien en el país. «Ten que ser así, senón non chegas», asegura, «un quilo de costela de tenreira está a 34 francos. Os soldos dan para vivir, pero tamén é certo que se comen máis pés de porco que costela!», bromea.

Su labor en la carnicería, dice, es llevadera entre semana, «pero algún sábado traballo máis que na construción, porque hai que cortar 80 ou 90 quilos de panceta a man, e ten un coiro gordísimo que dá un traballo...», comenta. Sobre el mito de que quien trabaja haciendo salchichas es incapaz de comerse una, él lo desmiente: «Polo menos as que facemos nós, porque levan carne de raxo de porco que é boísima. Iso non quita que as que se fan noutros lados non leven de todo», asevera.

José está a gusto en su país de adopción, pero se escapa a Galicia en cuanto puede. De hecho, no cree incluso que espere el tiempo completo para la jubilación y se vendrá en cuanto tenga la posibilidad de retirarse, aunque sea perdiendo una parte de la pensión. «Estou ben alá, e tamén estou ben aquí, pero a casa tira, e ademais teño unha filla aquí de 28 anos», afirma. Cuando viene no le gusta estar parado, y de hecho en estas vacaciones ha estado limpiando su casa, la de su madre, las fincas... Y yendo a pescar de vez en cuando, una de sus grandes aficiones. También le gusta ir a la playa, aunque enseguida se aburre, así que se acerca apenas un par de horas hasta Os Muíños o al arenal de O Lago. «Traballo teño abondo, mira vaia vacacións!», pero en general no tiene queja porque, dice, no sirve «para estar deitado».

El poco tiempo de ocio que le queda estando allá lo destina a visitar a sus compañeros y a jugar partidas de cartas en el centro español de Liechtenstein. Lo hacía hasta este año, ya que el local de la asociación ha sido derribado y hay un proyecto en marcha para construir uno nuevo. «Alí xogamos sempre ao truco, os sábados de sete a dez ou once da noite. Máis non, que despois a miña muller berra comigo!», bromea José, que estuvo doce años separado de ella en los inicios de su matrimonio. «Agora téñoo claro: se teño que marchar sen a miña muller, non vou, quedo aquí», dice tajante, al tiempo que reflexiona sobre la cantidad de desplazados que hay que tienen a sus parejas e hijos aquí. «É o peor que ten a emigración», sentencia.

Además de jugar a las cartas, le gusta también viajar y diría que su lugar preferido ha sido, hasta el momento, Venecia. Y también le gustó mucho Sanxenxo, al que fue por primera vez el año pasado: «Parece mentira, estando en Galicia!».

Caldo a los diez años

Se le da muy bien la cocina y hace todo tipo de platos elaborados, como los callos, el caldo o la paella. «Con dez anos xa sabía facer o caldo, que aínda a miña filla a día de hoxe non o fai!», presume, aunque su infancia poco tuvo que ver con la de su hija, que estudió para ser profesora. Además de hacerse unas largas caminatas para ir a clase -le encantaban las matemáticas y sacaba siempre buenas notas- tenía que ayudar en las tareas de la casa una vez llegaba. «Nada de poñerse a estudar, había que traballar e botar unha man».

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