«Llevo dos meses atrapada en Galicia, sin ver a mi hijo ni a mis dos nietos»

Maggy Rey, que llegó de Bélgica para visitar a sus padres en Porto do Son, no pudo aún regresar a su país, víctima de las cancelaciones de vuelos


Santiago / La Voz

Nunca pensó Maggy Rey que una visita a sus padres, en Caamaño (Porto do Son), podría llegar a ser tan desafortunada. Esta belga con raíces gallegas es una de las víctimas de las cancelaciones del tráfico aéreo a causa del coronavirus. Cuenta que ya ha perdido tres vuelos de regreso y, a día de hoy, sigue sin encontrar una forma para regresar a casa.

«Llegué el día 15 de marzo, un domingo. En temporada baja no hay vuelos directos entre Bruselas y Santiago, y tuve que hacer escala en Madrid. Ese fin de semana fue cuando se decretó el estado de alarma en España. Me vine yo sola para ver a mis padres, que son ya mayores, y mi marido se quedó en Bélgica», explica en un perfecto español.

Tenía programada la vuelta, a los 18 días, con Iberia. «Cuando planeé el viaje no había en mi país nada de alarma. Recuerdo que el día antes de viajar estuve siguiendo la televisión española, pendiente hasta muy tarde de las declaraciones del presidente Pedro Sánchez, por si se decidía suspender los vuelos. No vivimos en Bruselas, sino en Amberes, y tenía que estar dos horas antes de la salida en el aeropuerto, a las cinco de la mañana. Tenía miedo de verme atrapada en Madrid, pero no se dijo nada sobre restricciones aéreas. Mi marido me animó a venir y fue lo que hice. La verdad es que los dos aviones en los que vine fueron casi vacíos», narra.

Todo iba bien hasta que llegó a Porto do Son. «La que se vino encima, nadie lo esperaba», comenta. Cuando se canceló su regreso desde Lavacolla, su marido buscó alternativas y compró otros dos billetes —con compañías y en fechas diferentes— que acabaron también en cancelación. «Por el momento, no pude recuperar el dinero. Eso será en un futuro», apunta resignada.

«Llevo ya dos meses atrapada en Galicia, sin ver a mi hijo ni a mis nietos, León y Cruz, de 6 y 8 años», lamenta Maggy. Por fortuna, dice, no tenía que reincorporarse a un trabajo: «Si tuviera que hacerlo, ya me hubieran echado a la calle. ¿Quién va a esperar dos meses por una persona que está fuera?. Mi marido se ha hartado de llamar a la embajada belga y española. Le dicen que no depende de ellos y los vuelos internacionales siguen paralizados en mi país. Incluso estuvimos buscando, con el apoyo de amigos, autobuses, trenes y otras formas para volver desde Galicia; y nada».

Maggy vive desde los 4 años en Bélgica y, con toda una vida a más de 1.800 kilómetros de donde se encuentra, reconoce que esta experiencia ha sido «estresante hasta decir basta. Me han caído 20 años encima en las últimas semanas», asegura.

A la sensación de impotencia y preocupación, se añade una intranquilidad extra, revela: «A lo mejor puede parecer una tontería, pero tenemos una perrita de 18 años, que adoptamos en Málaga cuando tenía 4, y le tengo muchísimo cariño. Uno de mis mayores miedos es que se me vaya a morir y que yo no esté allí. Mi marido me manda fotos y vídeos todos los días, para que vea que está viva. Sé que, seguramente, si le pasa algo no me diría nada, por no preocuparme más».

A pesar de todo, y sabiendo lo que hoy sabe, afirma que «hubiera venido de todos modos. Por su trabajo, mi marido no tiene tanta flexibilidad, pero yo vengo todos los inviernos para ver a mis padres y echarles una mano. Y me alegro de haber estado aquí en este momento. Mi madre, con 86 años, padece del corazón y de las vías respiratorias; y mi padre tiene 84. Son personas de riesgo y, al menos, pude estar aquí para que no salieran de casa. Él, sobre todo, suele trasladarse en autobús o en el coche de vecinos para hacer las compras. Pero estos días me ocupé yo de hacerlo», señala Maggy, quien no pierde la esperanza de encontrar pronto una solución a su exilio forzoso.

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