El gallego que está detrás del éxito de «La Macarena» y el «Despacito»

Jesús López dirige Universal Music Latin y es uno de los ejecutivos discográficos españoles más importantes del mundo. En su extenso currículo se encuentran los dos hitos comerciales más grandes del pop latino en los últimos 30 años

LUIS FONSI CON JESUS LÓPEZ, DIRECTOR DE UNIVERSAL MUSIC LATIN
LUIS FONSI CON JESUS LÓPEZ, DIRECTOR DE UNIVERSAL MUSIC LATIN

Seguramente te has movido alguna vez siguiendo la coreografía de La Macarena. Ese baile de brazos que se estiran y encogen hasta que un salto gira el cuerpo (y vuelta a empezar) se creó en un despacho de Miami. Es el del hombre que en la imagen le pone la mano sobre el hombro a Luis Fonsi. Se llama Jesús López, nació en Ferrol y, en efecto, incita a jugar al tópico de que «hay una gallego en la Luna». Pero aquí con todo el sentido. Su caso resulta estratosférico. Empezó distribuyendo casetes en los bares del norte de Galicia y ahora es el presidente de Universal Music Latin, trabajando con artistas como J Balvin, Silvia Pérez Cruz, Alejandro Sanz, David Bisbal o Juanes, entre muchos otros. Cuando a mediados de los noventa vio que lo de La Macarena de Los del Río trascendía a la anécdota, lo tuvo claro. «Llamé a un coreógrafo y le dije que me hiciera un baile. Veía que la gente la bailaba, pero cada uno lo hacía de una forma diferente. Ahí se inventó el famoso baile: en una oficina normal y corriente», se ríe.

Aquel «ok» de López abrió la puerta a uno de los mayores éxitos de la música pop española. Sí, eso que has bailado tantas veces de modo festivo y que cuenta con un lugar destacado en las listas de récords que cuantifican fríamente la importancia de la canción. A finales de la década pasada el tema se ubicaba en el séptimo puesto del Billboard Hot 100. Alcanzó también el número uno (algo que solo habían logrado seis canciones latinas desde 1955). Cuando le llegaban ecos de su éxito en España («Joaquín Sabina me decía que menudo veranito estaba dando La Macarena», recuerda) la trasladó al terreno latino. «En México DF le pedí a mi equipo que fuese a Cancún e hiciesen un test. Cuando volví a la oficina de Miami, hice lo mismo con el equipo de Puerto Rico. Empezó a moverse la canción en discotecas, chiringuitos y radios». Pronto notaron su poder de contagio, pero el disparo definitivo llegó con un inesperado golpe de suerte.

En 1996, en Chicago, durante la convención del Partido Demócrata, se convirtió en un fenómeno global. «Supongo que a alguien se le ocurrió colarla ahí para captar el voto latino. Bill Clinton se movió y todo el mundo se puso a bailar. Los periodistas se engancharon al tema, lo difundieron y la hicieron famosa», rememora. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y, ahí sí, La Macarena se hizo eterna: «Todo explotó y se hizo viral. Luego, hicimos un acuerdo con una radio en Texas para sacar a la gente a la calle y hacer la fila más grande de personas bailándola. Y un montón de cosas más».

Entre ellas, acudir al late show de Jay Leno, que los repudió: «Nos los pillaron porque era la canción de éxito en ese momento, pero cuando los vio físicamente no quería ponerlos en pantalla, ni usar el vídeo. Les hizo una entrada rápida y puso los títulos de salida del programa. El tío no creía en el asunto. Los dos componentes de Los Del Río salieron bastante decepcionados y molestos. A ellos les pareció poco, pero yo les dije: «Esos 10 segundos valen millones. Coca-Cola los paga por salir ahí. Ya veréis lo que os va a pasar». Y pasó: «Se desmadró por todos lados».

SUPERAR LO INSUPERABLE

Hasta el año 2017, La Macarena constituía la gran anomalía del pop latino y una cima insuperable. Hasta que se accionó el play de un tema que lo iba a poner todo (aún más) patas arriba: Despacito, de Luis Fonsi y Daddy Yankee. De nuevo, Jesús López se encontraba ahí. Esta vez incluso con más intensidad, ya que participó directamente en la creación, poniendo su intuición al servicio de un éxito descomunal: «Veía algo en esa canción, pero jamás pensé que llegase adonde llegó», admite.

Todo empezó a finales del verano del 2016. López apela al presente histórico: «Luis Fonsi viene a mi oficina y me enseña seis temas para su nuevo disco. Estamos en el típico proceso de elección de canciones, pero escucho eso y le digo: ‘Espera un momento. Para las otras y vamos a trabajar en esa’». En ese momento, Despacito era una simple canción pop con cadencia reggae. López acude al productor Sebastian Krys, acostumbrado a trabajar con la primera división de la música hispanoamericana. Le pide un cambio: «Le digo que, en lugar de producir, sea consultor, que tenga una charla fuerte a ver qué saca. Él conocía bien a Fonsi y, tras hablar, teníamos firmados a dos productores que no eran famosos en ese momento, Mauricio y Andrés. Hacen un arreglo de la canción. Empieza a sonar de un modo diferente y nos parece interesante». Despacito ya miraba ahí al reguetón.

Entonces surge la idea del featuring, una de esas colaboraciones usuales en ese mercado. Proponen a Nicky Jam. Jesús relata la negociación: «Nos ponían pegas. Decían que tenía otro proyecto. Estábamos en septiembre y planteaban que hasta mayo no podíamos hacer nada. Fonsi, resignado, dijo que nos pusiéramos a trabajar en otra canción, mientras tanto. Yo le dije que no, que había que sacarla, que el sonido iba a pasar de moda si esperábamos. Ocho meses en el urbano es un mundo». Surge ahí el nombre que le dará la vuelta definitiva al tema: Daddy Yankee.

«Fonsi lo llamó y le contó la verdad de lo ocurrido -rememora-. Yo sabía que Daddy iba a reaccionar bien. Él es el rey del reguetón y ve el bombazo. Y no solo lo reinterpreta, sino que añade el segundo coro. Eso hace que la canción sea bestial». La graban en noviembre y hacen el videoclip. Querían sacarla el 1 de enero. El 15 ya era una locura: «Se veía que iba a ser algo que nunca se había visto», dice López.

OTRO GOLPE DE SUERTE

Si La Macarena se convirtió en universal gracias a Bill Clinton y sus seguidores, a Despacito le dio el pasaporte a la gloria total Justin Bieber. López detalla cómo se cocinó todo: «En marzo daba un concierto en Bogotá. La noche anterior se va a una discoteca con J Balvin. Cuando están ahí, Balvin le explica que lo del Despacito es algo tremendo, que los latinos están locos. Justin contesta: ‘¿Pues sabes qué? La monto y la canto en mi show mañana’. Llama al mánager y este le dice que no, que en lugar de eso haga un remix. El mánager ya conocía Despacito, porque habíamos intentado hacer un featuring con Ariana Grande y ella se negó. Entonces la hizo Bieber. Y así fue. La grabó en 24 horas. Puso la voz en Bogotá, se registró en Los Ángeles y el miércoles de Semana Santa estaba terminada».

¡Bum! Despacito se convirtió ahí en la canción del año. Y, prácticamente, de la década. Arrasó en el mundo anglosajón de un modo que hacía pensar en astros tipo Julio Iglesias, y abrió la puerta a la conquista de ese mercado. Sin ese paso no se entendería lo que luego ocurrió con J Balvin o Bad Bunny. «Desde ahí la música latina está en el mundo. Estamos arriba en los charts mundiales de Spotify y YouTube», apunta.

Algunos, sin embargo, no ven eso como algo precisamente positivo. Temas como Despacito suelen repudiarse por los paladares exquisitos. Difícilmente se verá a un crítico o a un entendido musical ensalzándolo. «Yo también soy de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y Silvia Pérez Cruz, pero me siento muy orgulloso de lo que hemos hecho -dice López-. De hecho, siempre pienso en que voy a hacer otro Despacito. Respeto las opiniones, pero esa es la de una minoría muy minoritaria. Al final el pueblo, el consumidor, ha demostrado todo lo contrario: que le encanta».

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