Una trayectoria al servicio del arte

El creador ribeirense desarrolló, a lo largo de su carrera profesional en Estados Unidos, diferentes técnicas en las que evoca su infancia y las tradiciones de Galicia

a. p.
Ribeira / la voz

Los ojos de Manuel Ayaso son los de un niño que veía arte allí donde los fijaba. Un crío de Aguiño que con tan solo 6 años bajaba hasta la orilla del mar para contemplar los barcos: «En la escuela el profesor me dejaba ir un rato al mar para pintar las dornas». Una pasión que hoy le sigue acompañando, pues «desde siempre fue una vocación». No obstante, en aquel momento ni soñaba con poder convertir la pintura en su trabajo.

Las cosas no siempre fueron sencillas para Ayaso, que a muy temprana edad se enfrentó a una grave enfermedad, «una pleura mal curada que derivó en una tuberculosis». Algo que lo llevó a conocer a decenas de médicos y curanderos, con los que las amigas de su madre los ponían en contacto. Al final dieron con la solución: «Uno me dijo lo que tenía y lo que necesitaba. Estuve ocho meses en cama, pero me curé». Todo lo vivido lo guardó dentro de él.

La enfermedad marcó su vida, pero también su destreza. «Lo que vives te marca por dentro, y eso un artista tiene que sacarlo de algún modo», explica de su obra para señalar reflejos de su infancia: «Es todo lo que viví y me marcó: el dolor, los ahogados, los naufragios, la Santa Compaña...».

Carrera internacional

Cuando todavía se estaba recuperando, su padre, emigrado, reclamó a Ayaso y a su familia para que fuesen con él a Estados Unidos: «Yo todavía estaba débil, pero mi padre sabía que en Galicia no iba a tener futuro». Eran años de pobreza y «un niño que había pasado por una dolencia como la mía no iba a poder ir al mar, así que si me quedaba lo iba a tener complicado».

Cruzar el charco le cambió la vida, ya que allí pudo formarse como artista. Después de haber cursado el bachillerato en una academia especializada en arte y música, Ayaso recibió su primer reconocimiento: «La primera beca del Estado, lo que me dio la oportunidad de continuar formándome». Sin embargo, un aviso estuvo a punto de cambiar el curso de los acontecimientos: «Me llamaron del ejército para ir a la guerra de Corea, pero el director me defendió. Les comentó que había ganado la beca y que merecía disfrutarla».

No fue el último contacto que el ribeirense tuvo con las fuerzas armadas, que le reclamaron de nuevo. Pero otro golpe de suerte llegó a su vida, ya que su encargado era español: «Se preocupó por mi obra y la llevó a Washington, donde tuvo muchísimo éxito». Fue así como, en lugar de soldado, ocupó el puesto de ilustrador y empezó a forjar su carrera haciendo la propaganda para el ejército. Esto le permitió mejorar su nivel de vida: «Comencé a ganar dinero y pude traer a mi familia de visita a España».

Su estilo personal

«Era un año en el que yo estaba buscando mi manera de pintar. Volver a España me ayudó», explica de un viaje en 1959 en el que conoció a su mujer y confirmó su estilo, en el que Galicia y Madrid dejaron su huella: «Cuando vi el Pórtico de la Gloria y las pinturas negras de Goya en el Prado se me reveló lo que llevaba dentro». Un expresionismo surrealista que «se refleja en mi interior». Por ello, su subconsciente queda presente: «Un artista tiene que liberarse por dentro, y lo hace a través del arte». Algo para lo que posee gran facilidad.

Mas un nuevo frente cambió su arte: «La muerte de mi hijo en el 2019 me hizo renovarme. Él me decía que me animase con el color y con tamaños más grandes, pero no me atrevía. Hacerlo en su memoria dio lugar a 70 cuadros que pinté en solo tres meses».

El artista, reconocido internacionalmente, combina técnicas, según él mismo reconoce, como le apetece: «A veces llevas meses trabajando y de repente te levantas un día y te apetece cambiar». Su última exposición de grabados lo confirma: «El arte no solo se ve en el resultado. También es bonito cuando pasas el punzón por la madera y semeja un arado en la tierra».

Afincado definitivamente en Galicia desde hace cuatro años, desarrolló, durante sus más de ocho décadas, métodos que le permitieron vivir de lo que ama: «Desde el principio tuve la suerte de vender muy bien». Muestra de este éxito es que todavía mantiene obras expuestas en más de 15 museos de Nueva York.

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