Cuando el Camino de Santiago unió Corcubión con Arizona

Sus vidas se cruzaron durante su peregrinación. Seis años después, disfrutan de una vida juntos en Estados Unidos

Ivan y  Lindsey se conocieron haciendo el Camino de Santiago
Ivan y Lindsey se conocieron haciendo el Camino de Santiago
O. S.
La Voz

Iván González necesitaba un pequeño empujón para dar un cambio a su vida. Y a finales de agosto del año 2013 encontró el mejor empujón posible. Recorría el Camino de Santiago cuando, al séptimo día, su vida se cruzó con la de una joven estadounidense. Quién le iba a decir al gallego que, años después, habría cambiado la playa de Quenxe por el desierto de Sonora. Sin embargo, no fue dicho y hecho. Él, natural de Corcubión, y Lindsey decidieron, al terminar la peregrinación, mantener una relación a distancia. Los viajes a Estados Unidos se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Cada dos o tres meses, Ivan no dudaba en cruzar el charco para reencontrarse con ella. Y con cada viaje «nuestra relación se volvía más fuerte».

Con ella aguardando en Norteamérica, no le fue muy difícil rechazar un contrato de media jornada en el hospital de A Coruña. El joven enfermero cambiaba Galicia por Phoenix (Arizona) en noviembre de 2014. En su cabeza siempre había rondado la posibilidad de trabajar lejos del país. Reino Unido, Noruega, Suecia... ya habían llamado su atención. Y, a pesar de haber llegado a buscar ofertas en Internet, afirma que no dio el siguiente paso porque tuvo «la suerte de obtener varios contratos como eventual para el Sergas». El motivo de querer partir, siempre lo tuvo claro: «Los enfermeros, así como otras tantas profesiones, no son valorados lo suficiente en nuestro país».

Pero en ese viaje de ida, sin billete de regreso, no iba solo. Acompañando al gallego en esta etapa, volaba una perrita. Para explicar el por qué, cabe remontarse en el tiempo. Había transcurrido un año desde que Lindsey e Iván se habían conocido; y hacer el camino como forma de celebración parecía lo correcto. Tras una pedida de mano, una perra callejera apareció ante ellos. Desde ese momento, forma parte de la familia.

En Estados Unidos, la realidad de los enfermeros es otra muy distinta. Desde la cantidad de ofertas de trabajo hasta el crecimiento laboral, pasando por el salario. Una vez contratado en los hospitales norteamericanos, se pasa por dos semanas de formación obligatoria, «independientemente de la experiencia que tengas», reconoce González. Una vez terminado dicho período, se trabaja asociado a otro enfermero; un tiempo (un mes o dos) durante el que se aprende la dinámica de la unidad, el tipo de cuidados que deben realizar... «En España no importa que tengas experiencia o no, te ponen a trabajar de manera autónoma desde el primer día», critica.

El salario es otra de las grandes diferencias que ha notado en su nuevo hogar. Con tres turnos semanales de 12 horas, sus ganancias oscilan entre los 50 y 100 mil dólares, por año. Asimismo, añade cómo allí «cualquier posición está abierta a cualquier trabajador. En menos de un año como enfermero en una UCI cardíaca, pude desempeñar la función de encargado de la unidad». 

No obstante, para llegar hasta ahí tuvo que hacer frente a una serie de procedimientos burocráticos como validar su titulación universitaria y realizar tanto un examen de inglés como de conocimientos de enfermería. Este último, es requisito indispensable para obtener la liciencia y, por ende, poder ejercer. «Una vez finalizado este proceso, y obtenida mi tarjeta de residencia, encontrar empleo fue muy fácil», reconoce González. Una solicitud online a un hospital, una entrevista telefónica y dos personales después, había conseguido su puesto de trabajo.

NUEVO DESTINO, NUEVA VIDA

Pero de eso hace ya más de cuatro años. Asentado en Phoenix, no duda en afirmar la facilidad con la que se adaptó a su nuevo hogar. «La gente es muy abierta y receptiva, no como la pintan en las películas», sentencia. Y es que, a pesar de las diferencias culturales entre ambos países, será fácil, siempre y cuando tengas una mentalidad abierta.

La calidad de su vida en el llamado Valle del Sol es muy diferente. «A menos de un año de haber empezado a trabajar pude comprarme una casa junto a mi esposa. Podemos irnos de vacaciones frecuentemente. Si una ciudad no nos gusta o nos apetece cambiar de aires, sé que puedo obtener un puesto de trabajo en cualquier sitio», reconoce González.

Siempre que puede se ecapa a su tierra. Su familia y sus amigos son lo que más echa de menos, pero la comida también ocupa un lugar importante. Tanto él como su mujer -cuenta que ella se «enamoró de la gastronomía gallega»- la echan en falta. «En Norteamérica tenemos muchísima variedad de productos, pero no hay nada que se compare», reconoce. Sobre todo con la Estrella Galicia o la comida de su madre. Y siempre que viene aprovecha para «poner un par de kilos encima» con esta. 

Regresar en un futuro cercano no se la ha pasado por la cabeza a este joven gallego. Un joven que, cansado de que el océano separase las dos almas, dejó su vida atrás y comenzó esta nueva aventura.

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