De Pontevedra a Harvard y Stanford pasando por más de sesenta países

Rodri Fernández, emprendedor y aventurero, logra una beca para estudiar en EE.UU.

R. R.
Redacción / La voz

Mientras Rodrigo Fernández cruzaba Corea del Sur con solo un saco de dormir a la espalda, jamás habría imaginado que acabaría recibiendo una beca de La Caixa para estudiar un doble máster entre las Universidades de Harvard y Stanford. Ni ahí, ni en el gueto nigeriano en el que estuvo viviendo dos meses para ver de cerca la realidad de las personas que viven en situación de extrema pobreza.

Desde que salió de Pontevedra para estudiar Ingeniería Mecánica en Navarra ya han pasado algunos años y, desde luego, muchas aventuras. Sin duda, salir de la zona de confort fue un punto de inflexión en su vida: «Ahora estoy convencido de que cuanto mayor es el cambio, mayor es el aprendizaje que recibes», dice. Y no podría estar más en lo cierto. A través de sus más de 60 viajes por todo el mundo ha encontrado su vocación: ayudar a construir un planeta más justo.

Rodri contagia a cualquiera con la motivación con la que habla de su voluntad de cambiar el mundo. «No puedo quedarme mirando como si nada cuando sé que hay más de 1.000 millones de personas que viven en condiciones de extrema pobreza», explica. De ahí nace todo su esfuerzo y dedicación por una causa que ve como «imperativo moral».

Tras haber trabajado como consultor de estrategia, emprendedor en una start up e inversor en un fondo al que las empresas acuden para generar impacto social y medioambiental, tiene claras las maneras a través de las cuales construir su utopía y la de mucha gente. Tanto desarrollar tecnología que ayude a medir el impacto social de las empresas, como invertir en otras de países en vías de desarrollo, son buenas maneras de apoyar a los más desfavorecidos. Más todavía si lo haces desde algún fondo de inversión que trabaje a nivel mundial y con grandes presupuestos. «Hoy en día -dice- tener impacto social y ganar dinero es cada vez más posible y lo estamos demostrando».

Por todas estas experiencias y gracias a haber superado un sinfín de entrevistas, ensayos y exámenes, La Caixa le ha concedido una beca valorada en 190.000 euros con la que podrá estudiar un doble máster a caballo entre Harvard y Stanford, donde ampliará su conocimiento sobre desarrollo tecnológico y gestión pública.

Cuando Rodri decidió que quería romper los moldes que lo ataban a Pontevedra y Navarra, lo hizo a lo grande. «Como no tenía dinero para uno de esos programas de inmersión lingüística, me fui a Londres y me busqué la vida para aprender inglés», relata. Ahí perdió el miedo a dormir en la calle: «Conseguí un trabajo de comercial de una discoteca, así ya no me tenía que preocupar por dónde pasar la noche, podía dormir por el día en algún parque o mientras viajaba en un bus».

Un viaje de Guinness

Por si su vida no fuese lo suficientemente interesante, en un hotel remoto de Myanmar conoció a otro trotamundos como él que se dedicaba a viajar y grabar vídeos documentando sus hazañas. Juntos decidieron batir un nuevo récord Guinness: visitar el mayor número de lugares Patrimonio de la Humanidad en 24 horas y usando solo transporte público. Su idea en un principio era visitar las siete maravillas del mundo moderno en el menor tiempo posible, pero el comité regulador del Guinness les rechazó la propuesta y les ofreció esta alternativa que no pudieron rechazar. «Fue -cuenta- una auténtica locura, no paramos de correr de un lado a otro durante todo el viaje».

Hay algo que Rodri dice entre dientes, pero que por cómo lo cuenta parece tenerlo muy claro: «aunque vivamos en un lugar privilegiado, hermoso y lleno de comodidades como es Galicia, yo creo que debemos salir para coger una perspectiva más real del mundo», explica refiriéndose a la falta de ambición que nota en su entorno.

«Yo invitaría a la gente joven a hacer cosas no convencionales en verano mientras son estudiantes», comenta el joven pontevedrés que rehúye de los voluntariados de las oenegés en vacaciones. «Aunque la intención pueda ser buena, este tipo de viajes suelen acabar siendo más reconfortantes para el voluntario que para la comunidad desfavorecida a la que se supone que va a ayudar».

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