Gallegos en La Palma, un mes después de la erupción: «La destrucción es total»

Santiago Garrido Rial
s. g. rial REDACCIÓN / LA VOZ

ESPAÑA EMIGRACIÓN

Félix Rodríguez, hostelero en la isla, con raíces en Ordes; la lucense Alicia Felpeto, vulcanóloga del IGN, y el ingeniero Alejandro Lorenzo, número dos de Intervención del Pevolca.
Félix Rodríguez, hostelero en la isla, con raíces en Ordes; la lucense Alicia Felpeto, vulcanóloga del IGN, y el ingeniero Alejandro Lorenzo, número dos de Intervención del Pevolca.

Varios gallegos que viven o trabajan en la isla cuentan cómo afrontan el miedo y la incertidumbre de la situación

24 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

A primera hora de la tarde de hoy se cumplirán cinco semanas desde la erupción del volcán de Cumbre Vieja, en La Palma. Treinta y cinco días que han sembrado un largo camino de destrucción en tres de sus municipios, pero que ha afectado de muchas maneras, y lo seguirá haciendo, a toda esta isla de poco más de 80.000 visitantes. Varios gallegos, residentes o trabajadores en ella y en áreas relacionadas con este fenómeno geológico, relatan sus impresiones en este tiempo.

«Esto va a peor»

Félix Rodríguez es hostelero, y su familia tiene plantaciones de plátanos, que es el verdadero motor de La Palma. Es hijo de un emigrante de Ordes que llegó a la isla hace medio siglo y allí montó la Casa del Mar en el Puerto de Tazacorte, al que cada día sigue acudiendo su padre, además de su hermano Lolo, con el que comparte la gerencia de un local por el que pasan a diario muchos vecinos que han sido desalojados o que ya han perdido sus casas. «Esto va a peor, cada vez más. Ya han evacuado también la parte alta de Tazacorte», explica. Su hermano es el presidente del equipo de fútbol, y justamente para ayer tenía pensado acudir a recoger cosas al campo, por si acaso la lava avanza hacia ahí los próximos días. «La gente está muy mal anímicamente», dice. Estos días han cerrado el restaurante, gracias al ERE especial por el volcán, pero mantienen el bar. No hay clientes, la gente de la isla no tiene humor ni tiempo para salir a comer, y tampoco hay turismo. «No solo nosotros, los demás también se ven muy flojillos», explica. Lógico: la lava arrasa casas y construcciones (más de dos mil en casi 900 hectáreas y 60 kilómetros de perímetro), y eso es lo que se ve, lo principal, pero las derivadas son enormes en el plátano, el turismo y casi todos los sectores.

Félix ha ayudado a vecinos a sacar sus cosas de casa, incluso sin ser zona evacuada, pero por las dudas y a la vista de lo que ha pasado. «Es que la destrucción es total por donde ha pasado, fue a peor. Y después hay más cosas, porque los temblores no te dejan dormir. Vas viendo lo que ocurre y no te lo crees». Los temblores se cuentan por centenares, muchos ya de más de 4 grados.

Alicia Felpeto Rielo

«La prioridad es la emergencia. La ciencia, más adelante»

Alicia Felpeto, lucense criada en Coruña, doctora en Ciencias Físicas, es vulcanóloga del IGN, con base en Madrid. Como sus compañeros, ha pasado días en la isla y regresará a ella. El trabajo de los científicos, muchos y en varios campos, es absolutamente clave para las mediciones y obtención de datos que permiten a las autoridades tomar decisiones. Por eso no hay ninguna víctima. Los técnicos del IGN siguen analizando lo que ya hacían antes, desde hace años (sismos, deformación del terreno, calidad del agua o gases...), pero además ahora, como es evidente, todo lo que tiene que ver con la erupción, que incluye el mantenimiento de las estaciones, sus paneles solares... Todo. Monitorizan con cámaras visuales y térmicas. Toman muestras de ceniza, del material lávico... Son como médicos del terreno, que analizan y evalúan. La responsabilidad es mucha, lo mismo que el trabajo. Desde el punto de vista de la ciencia, el volcán ofrece muchos datos, pero eso no es lo que miran ahora: «La prioridad es la emergencia, ayudar a su gestión. De la ciencia hablaremos más adelante». Pocas personas como ellos están más cerca, en todos los sentidos, del volcán.

«No se le ve el final»

Miguel Puga, de Carballo, policía desde hace 17 años en la isla, también ve, como todos sus compañeros y los de otras fuerzas y cuerpos de seguridad, los efectos del volcán en primera línea. Con regularidad acude a los puntos de control de áreas afectadas. «Está muy complicado, no se le ve el final a esto. Hay mucha incertidumbre», explica. Como vecino de Santa Cruz padece, como tantos miles, los efectos de la ceniza: primero era como arena y ahora más suave, y más peligrosa en contacto con el agua. Solo de su casa ha tenido que sacar centenares de kilos. Él y tantos. En las zonas más próximas al volcán (no en su caso) es tal la abundancia que existe riesgo de desplome de edificios, de ahí los operativos de limpieza y retirada.