Los artesanos lucenses que recuperaron para Loewe cestos de Australia o China

Lorena García Calvo
lorena garcía calvo LUGO / LA VOZ

INTERNACIONALIZACIÓN

Idoia Cuesta y Santiago Besteiro
Idoia Cuesta y Santiago Besteiro Loewe

Idoia Cuesta y Santiago Besteiro dieron una segunda vida a cestas provenientes de todo el mundo que la firma de lujo expuso en el reputado Salone Mobile de Milán

14 jun 2022 . Actualizado a las 15:30 h.

Imagínese un valioso pocillo que se cae al suelo y se rompe. Lo siguiente que haría, probablemente, sería tirarlo a la basura. Pero esa no sería la respuesta de todo el mundo. En Japón, por ejemplo, existe una técnica llamada kintsugi que consiste en recomponer esa pieza uniéndola de nuevo y aplicándole un poco de oro. Así, lo que era una antigua taza destrozada, pasa a ser un objeto recuperado y con más valor todavía.

Esa es la idea que tomó como punto de partida la firma Loewe en un proyecto que bautizó Weave, restore, renew (tejer, restaurar, renovar), que recientemente presentó en el prestigioso Salone Mobile de Milán. Encargó a artesanos de todo el mundo que diesen una segunda vida a antiguas cestas deterioradas procedentes de los cinco continentes. Dos de esos artesanos son los lucenses Idoia Cuesta, asentada desde hace años en Outeiro de Rei, y Santiago Besteiro, de Monterroso. Con sus manos y con piel hicieron magia en objetos que epataron a expertos y profanos en el salón milanés.

Uno de los cestos reparados por Cuesta
Uno de los cestos reparados por Cuesta

Restaurar y reinterpretar. Ese fue el reto que Loewe planteó a los artesanos. «Es un proyecto que llevábamos casi dos años preparando. Se trataba de restaurar, renovar y tejer. De recuperar objetos que nos enviaron de distintas partes del mundo para darles una segunda vida», describe Cuesta. Por las manos de la cesteira, Premio Nacional de Artesanía, pasaron una veintena de cestas llegadas de diferentes latitudes. «Desde Francia o Portugal a Australia. Probablemente la pieza más increíble que restauré fue un bolso kette hecho por los maoríes australianos. Fue maravilloso, estaba hecho con una especie de fibra de palmera y lo reconstruí con piel. Tener esa joya en mis manos fue fantástico». Pero también duro.

Cuesta se encontró con piezas bastante deterioradas o que exigían reparaciones muy laboriosas que incluían limpieza, la sustitución de las pieles, el secado... «Realmente, era como restaurar obras de arte, con esa búsqueda constante de la perfección».

Para el marroquinero Santiago Besteiro la aventura fue similar. Por su taller de Leborei pasaron cerca de cincuenta cestas hechas en su día en Japón, China, Tailandia, Portugal o Reino Unido, y a todas ellas dio una segunda juventud a base de piel. «A técnica do kintsugi da valor á fraxilidade, á fenda, que na cultura xaponesa simboliza o uso e o paso do tempo, como dous elementos que engaden valor. A miña encomenda era trasladar iso a pezas de cestería e con pel», narra. Y lo hizo adaptando cada trozo de piel a las necesidades que le planteaba cada cesta, que a menudo eran variadas y exigentes. Porque recuperar y reinterpretar a base de piel una cesta hecha en China hace años es un proceso que no está, ni mucho menos, al alcance de todos.