La casa que reparte el caldo gallego por Europa

La Casa de la Aldea envía kits de productos de Galicia allá donde le piden


redacción

Todo empezó «como una locura» en el 2013, «convirtiendo el minifundismo que impera en Galicia en una ventaja». José Luis Gómez, uno de los fundadores de La Casa de la Aldea, explica los orígenes de un proyecto creado en torno a la leira del abuelo en Oza-Cesuras que ahora es capaz de poner una empanada gallega en una mesa de Londres en menos de veinticuatro horas. No solo eso. También es la casa que reparte el caldo gallego por el mundo. ¿Cómo? Ofertando un paquete en el que, además de incluir ingredientes fundamentales como las patatas, los grelos (o las nabizas, berzas o el repollo, según temporada), las habas y la selección del cerdo, añade la receta para hacer uno de los platos típicos que más echan de menos los gallegos por el mundo. Y los que no lo son, también lo harán probablemente después de probarlo la primera vez. Pero los kits que prepara esta tienda gourmet online no se quedan ahí: Desde quesos de autor al preparado del cocido. Por no hablar de una cesta de verduras de temporada.

En cierto modo fue la añoranza de los sabores de la infancia lo que ayudó a alumbrar este proyecto en el que además de  José Luis están involucrados de algún modo Juan Luis, Rafael, Miguel Ángel, Lucía, Raquel... porque, como recuerda, «cuando íbamos a Madrid a estudiar llevábamos chorizos, grelos, patatas, lacón... entonces por qué no acercárselo a cualquiera que pudiera echarlo de menos o querer probarlo». El único obstáculo con el que podrían encontrarse era la logística, pero hasta la ubicación de esta Casa de la Aldea permite sortear el problema: «Estamos a 13,5 kilómetros de Betanzos; a 32 del polígono de Pocomaco, en A Coruña... Por doce euros más sobre el precio que tenemos en la web mandamos un paquete a Alemania. A la Península el porte está incluido», dice.

En el fondo de todo esto está el recuerdo del abuelo Emilio, un carpintero que trabajaba en una fábrica de A Coruña y que, en lugar de comprar una finca junto al mar prefirió, por el mismo dinero, una leira en la aldea. La balanza se inclinó hacia ahí porque quien tiene una leira, tendrá que comer. Para el abuelo aquel terreno era una garantía de que podría alimentar a su familia, pasase lo que pasase. Ahora esta casa de aldea trata de que nadie eche de menos un sabor de la infancia o que nadie se prive de probar un manjar recién salido de la tierra. No importa dónde esté.

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