«Nacimos con una furgoneta y hemos conquistado el mundo»

Creció con el trajín de la distribuidora de pescado que sus padres crearon en Foz, pero ella soñaba con aprender idiomas y conocer culturas. Logró hacerlo realidad y se puso a trabajar como intérprete y traductora en Ferrol. Estaba a punto de hacer las maletas cuando a su padre se le hizo la luz: conquistar de su mano el mercado internacional. Y Conchi lo logró. Hoy venden en cuarenta países.

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Redacción / La Voz

Los inicios fueron difíciles, pero en cierto modo, cuando Conchi Blanco (Foz, 1971) se puso a estudiar, sus padres ya habían logrado una posición de liderazgo en la distribución de pescados en el mercado nacional. Ella nunca se planteó quedarse en la empresa familiar, pero la vida da muchas vueltas y al final, de su mano, Pescados Rubén conquistó el mercado internacional.

-¿Cómo dio sus primeros pasos Pescados Rubén?

-La empresa la fundaron mis padres, Rubén Blanco y Cesarina Fanego. Empezaron a vender pescado en una furgoneta. Compraban en Foz y en Burela, directamente a los pescadores, que entonces no había lonja; estamos hablando del año 1965. Tuvieron tres hijos: Manuel, Rubén y yo, y los tres trabajamos en la empresa. Yo soy la responsable de importación y exportación, y nos dedicamos a comprar y vender pescado, aunque nuestro fuerte son los pelágicos.

-Pero creo que para nada era esa su intención...

-No, para nada. La ilusión que tenía yo en mi cabeza de pequeña era poder hablar con mucha gente de muchos países, conocer nuevas culturas, y para eso tenía que hablar sus idiomas. Todo el mundo me decía que tenía que hacer Filología, pero yo no quería ser profesora, quería estudiar los idiomas in situ. Así que me dediqué a viajar y estudié alemán en Alemania, francés en París y también inglés, y mi idea fue siempre trabajar en el mercado internacional.

-¿No se sintió sola nunca?

-Estuve sola en muchas ocasiones de mi vida y nunca me sentí sola. Siempre compaginaba los estudios con clases particulares y cuidando niños.

-¿Logró su sueño?

-Podría decirse que sí, porque a los 23 años ya estaba trabajando en Imenosa, una filial de Astano. Mi primer trabajo fue construir una grúa. Era la traductora y la intérprete entre Imenosa, el inspector alemán y otra empresa inglesa. Traducía los manuales de la grúa de inglés a español y era la intérprete en las reuniones.

-Y de pronto, desembarca en la empresa familiar. ¿Qué fue lo que pasó?

-Pescados Rubén solo vendía a nivel nacional, y mi padre me propuso iniciar la andadura internacional. Estamos hablando del año 1998. Habíamos construido una gran nave en Foz que nos permitía congelar en la propia fábrica. Teníamos el producto y las instalaciones, faltaba comercializarlo, no había mercado internacional de pelágicos. Le dije que sí, era un reto y me permitiría hablar idiomas y conocer otras culturas.

-¿Su padre no lo haría para retenerla en casa?

-Pues un poco también, porque estaba a punto de hacer las maletas.

-Pero fue un éxito.

-Bueno, empecé en 1998 y hasta el 2000 no lo tenía claro. Había muchos estudios sobre el mercado internacional, pero no de pelágicos. Tuve que ir a misiones comerciales de la Cámara y de la Xunta, analicé los pros y los contras y vi que más que los países cercanos a España, el negocio estaba en los países del Este, porque consumían caballa que les llegaba de Noruega. Empezamos con Polonia, Rumanía, Centroeuropa y los países del Este. Luego decidimos explorar otros continentes y empezamos con África, porque los estudios de mercado nos indicaban que para el congelado teníamos que ir allí donde había necesidad de productos baratos, y el primer país fue Egipto. Ahora vendemos en cuarenta países. El fresco, en Portugal, Francia, Italia, Alemania, Reino Unido y Dinamarca; y el congelado, en cualquier país de África, Estados Unidos, China y Canadá. Vamos, que nacimos con una furgoneta y hemos conquistado el mundo.

Desde el centro de operaciones en Foz, Conchi Blanco negocia a diario con directivos de todo el mundo. | xaime ramallal

la niña de los ojos de papá rubén

el detalle

Se nota que es la niña bonita de su padre, que fue capaz de retenerla en casa y, de paso, hacerse con el mercado internacional de los pelágicos. «Soy la que más discute con él, pero mi padre es muy listo, nunca le tuvo miedo a los retos y siempre tuvo una visión de los negocios que ojalá tuviese yo ese don... Está jubilado pero sigue viniendo todos los días por la empresa, y yo con una mirada que me eche ya sé lo que me quiere decir». Viven muy cerca, en realidad, ella en Burela y sus padres en Foz. «El contacto es diario, es lo bueno y lo malo de la empresa familiar». Tiempo libre, Conchi tiene poco, pero el que le queda se lo dedica a su marido y a sus hijos, de 17 y 14 años. «Nos gusta mucho el deporte, hacer excursiones en bici y rutas por el río, pasar el mayor tiempo posible al aire libre». Como su marido es de A Coruña, la vida familiar transcurre entre la ciudad herculina y A Mariña. «Tenemos aficiones que compartimos él y yo, como el pádel, porque los niños ahora están más centrados en el baloncesto».

El tiempo libre lo paso en familia, y si puede ser, haciendo deporte o al aire libre»

«Nuestra caballa da de comer a familias con poco dinero que necesitan un alto valor energético»

Las misiones comerciales y el exhaustivo estudio de mercado que hizo Conchi le dejaron claro cuál era su nicho de mercado.

-Nuestra caballa da de comer a familias con poco dinero que necesitan un alto valor energético. Es pollo o caballa; proteínas a fin de cuentas. Y todo depende del precio de la caballa y del precio del pollo.

-¿No tienen competencia en ese mercado?

-En África no tienen siempre el mismo poder adquisitivo, depende mucho de la fluctuación de la moneda y de los cambios de gobierno, de ahí la obligación de abarcar más países.

-¿Resultó difícil negociar en países con una cultura tan diferente y más siendo mujer?

-Al principio éramos dos mujeres en el departamento de exportación y como no están acostumbrados a que sea una mujer la que te da el precio final, pues te decían que querían hablar con el jefe. Pero estamos hablando del 2004 o así, ahora cambió mucho.

-Usted se pasa el día pegada al móvil, ¿no?

-Sí, hay un tráfico de email continuo, y por Skype y WhatsApp. Es algo muy interactivo, como en la Bolsa, estás comprando y vendiendo pero tienes que saber cómo está el precio de tus competidores, saber el stock que tienes y dar el mejor servicio. A veces parecemos investigadores privados, espiando a la competencia y sacándole información a los clientes, ja, ja. Tienes que ser audaz y sutil para saber si hay stock y demanda y subir o bajar los precios.

-Y usted que se formó en idiomas. ¿Cómo se desenvuelve tan fácilmente en un mercado tan complejo?

-Vamos a las ferias más importantes del sector a nivel mundial, y además, yo siempre estoy aprendiendo algo, ahora estoy haciendo un programa de dirección de Márketing Internacional en Santiago. A los dos años de empezar estaba desanimada porque estaba gastando mucho dinero, y mira ahora. La perseverancia y el trabajo da sus frutos, pero hay que tener paciencia.

-Y ahora andan a cien, con la campaña de la caballa.

-La campaña en el mar ya terminó, pero ahora queda mucho trabajo de logística para exportar el producto.

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