Fátima Fernández: «Me preguntan cómo llegué a la élite del golf y siempre digo que por tozuda»

Olalla Sánchez Pintos,O. Sánchez
Olalla Sánchez SANTIAGO DE COMPOSTELA

DEPORTISTAS

La golfista compostelana Fátima Fernández regresó desde EE.UU., país donde vive, a su ciudad natal para pasar la Navidad
La golfista compostelana Fátima Fernández regresó desde EE.UU., país donde vive, a su ciudad natal para pasar la Navidad XOAN A. SOLER

La santiaguesa, que deste este mes competirá en el mejor circuito femenino del mundo, pone en valor sus inicios: «Durante el instituto ya trabajé en la tienda de mi abuela, Teté Niños, para poder comprar una moto e ir sola a entrenar». Avanza que en el futuro le gustaría montar en su «tierra» una academia de golf

09 ene 2022 . Actualizado a las 15:03 h.

Sin perder de vista que a finales de mes comenzará a competir en la LPGA Tour de EE.UU., el olimpo del golf femenino, la santiaguesa Fátima Fernández Cano, de 26 años, disfrutó de su vuelta a casa por Navidad. «Llego aquí y de lo que menos hablo es de golf con mis amigos. Sigo siendo la única que lo practica», sostiene risueña al rememorar sus primeros pasos en un deporte en el que, con solo cinco años, la iniciaron sus padres, grandes aficionados. «Empecé a dar golpes en el Aeroclub junto a mis dos hermanos. Uno de ellos es Luis, ahora un conocido cantautor, Luis Fercán», destaca con orgullo al hablar de una familia que siempre la apoyó. «Fueron muchos campeonatos por Galicia, a los que me llevaban mis padres. Por eso durante el instituto, que cursé en el Rosalía, ya trabajé en la tienda de moda de mi abuela, Teté Niños, en la calle Montero Ríos. Quería ahorrar para comprar una moto y poder ir sola a entrenar», acentúa. «Tenía las ideas claras, sabía que el golf me gustaba y que en Santiago, donde pesaba el clima y las instalaciones, iba a ser más complicado tener oportunidades. También quería vivir una experiencia diferente», explica sobre su salto a Estados Unidos, donde compatibilizó carrera y deporte.

«Fui becada a una universidad del estado sureño de Alabama para estudiar Empresariales. La llegada fue dura por la diferencia en las costumbres, en el idioma o en la comida», defiende. «A nivel deportivo fue una gran opción. Tenía un campo donde podía entrenar todos los aspectos de mi juego. Mejoré tanto que la federación española se fijó y me llamó para el campeonato europeo por equipos», enfatiza, sin olvidar citar un encuentro que la marcó. «En un torneo se acercó el golfista José María Olazábal. Alabó mi swing y me dijo una frase que recordaré siempre: "esto no es un esprint. Es un maratón". Yo no había despuntado de pequeña, parecía que a todo llegaba un poco tarde. Me animó mucho que él valorase ir poco a poco», remarca agradecida.

Su siguiente paso adelante lo dio en Birmingham, la ciudad donde ahora vive. «En un torneo, un cubano que había residido en Ourense y que trabajaba en ese campo, se fijó en la bandera de España de mi bolsa. Se emocionó al saber que era gallega y se ofreció a ayudarme. En el 2016, ya convencida de que quería quedarme allí y de que para eso necesitaba un trabajo, le escribí. Habló con su jefe y me contrataron. Trabajaba desde primera hora en la tienda de golf y, por la tarde, me dejaban entrenar. No es fácil mantener ese ritmo, tienes que quererlo. Otros deportistas logran apoyos de empresas. A mí me encantaría llevar un patrocinio gallego, pero no lo conseguí», lamenta. «Se tiene una imagen idealista y lujosa del golf, y aunque te regala experiencias increíbles, es duro. Te ves sola ante retos como el de conducir 17 horas para llegar a un torneo en Dakota. Aún así, entre las jugadoras nos apoyamos, y eso es muy bonito. Algo también a alabar es la cultura que tienen allí de que gente preste su casa para que te alojes durante los torneos, que cada puede llegar a suponer un gasto de más de 1.000 dólares. Yo tengo una familia de acogida en casi cada estado», apunta con cariño. «Una vez, mientras jugaba el US Open, mi primer grand slam, un gallego nos invitó a quedarnos en una casa donde estaban con más gente, entre ellos un señor muy gracioso. No lo reconocí, pero mi novio, que es de EE.UU., no dudó. Era el actor Bill Murray. Al día siguiente nos llamó por si lo podíamos llevar al campo para vernos entrenar. La gente me pedía si se lo podía presentar», evoca divertida.

Ya con gesto más serio, recuerda la dureza de los dos últimos años en los que despuntó, pese al covid, en el segundo calendario más importante. «Me perdí dos torneos al contagiarme dos veces en seis meses. Fue un revés, pero ver que, aún así, quedaba de segunda me convenció de que podía lograr todo lo que quería», recalca sobre una hazaña que continuó, al lograr primero una tarjeta limitada para competir en la LPGA y, este año, la completa. «Muchos me preguntan cómo llegué a la élite y siempre digo que por tozuda. Admiran que los gallegos, pese a las limitaciones de campos y clima, despuntemos. Dicen: "¿cómo hacéis?"», desliza riendo.

De vuelta a Santiago, se muestra feliz. «Disfruto al reencontrarme en el Aeroclub con todos los que me vieron crecer. Tengo muchas amistades», destaca. «Para mí es un orgullo saber que hay niñas que me siguen y se animan a jugar», añade ilusionada. De cara al futuro comparte un anhelo: «Me gustaría poder montar aquí una academia de golf, devolver a mi tierra todo lo que me dio».