Diez mocosas y un eslovaco

El fichaje de Alberto Blanco por el campeón de Eslovaquia es otro hito del baloncesto local


redacción / la voz

Esta semana, el vilagarciano Alberto Blanco ha fichado como primer entrenador del mejor equipo de baloncesto de Eslovaquia, el Inter de Bratislava, campeón de tres de las cuatro últimas ediciones de la máxima categoría del baloncesto en ese país. Blanco es, además, el segundo de Zan Tabak en la selección de Eslovaquia. Otro vilagarciano, Jordi Aragonés, es el preparador físico de la selección española absoluta de baloncesto femenino. Ellos dos son los símbolos de un deporte con una gran tradición en Vilagarcía y de ambos podemos estar orgullosos quienes los hemos conocido siendo unos críos. Recuerdo a Aragonés porque fue mi vecino y de Alberto Blanco puedo decir lo que cualquiera que lo conoce: es un tipo entrañable con el que me emocionó reencontrarme en una fase de ascenso a la ACB que se celebró en Cáceres y a la que él acudió como scouting del Unicaja de Málaga.

Una de las cosas más raras que he sido en esta vida es miembro del Comité de Competición de la Federación Arousana de Baloncesto. Es tan raro que se me olvida siempre ponerlo en mi currículo Pero si tuviera que buscar trabajo, creo que lo único que me daría puntos sería lo del comité y mi pasado como entrenador y árbitro de un deporte que enseña a vivir y a competir.

Consideró el baloncesto como el ajedrez del deporte físico en equipo. Es una disciplina muy estratégica, de mucho estudio y, si no te ciega la pasión, puedes analizar los partidos con ojo clínico como si se tratara de un juego de inteligencia, táctica y abstracción. De los deportes populares de conjunto, siempre fue el mejor considerado, el más elegante, incluso el más pijo y había y hay colegios que han cimentado su imagen positiva en el baloncesto.

En Vilagarcía de Arousa, los casos del Instituto de Carril y del Liceo Marítimo son dos ejemplos de cómo el baloncesto sirve para que las instituciones sociales o educativas consigan prestigio y se incardinen firmemente en la sociedad civil. Hoy, la unión de los clubes más importantes del baloncesto vilagarciano en una sola entidad es un caso a estudiar de cómo la unión hace la fuerza e, incluso, de la apuesta realista por el baloncesto antes como factor de desarrollo social, mental y físico de los jóvenes que como juego de élite. Como guinda de la historia de amor entre Vilagarcía y el baloncesto, está el torneo que cada año se celebra en septiembre y que se ha convertido en el preámbulo más prestigioso de la temporada en ACB.

En mi currículo, tampoco reseño que perdí la inocencia en un vestuario de baloncesto. Sucedió en el descanso de un partido celebrado en Zamora. Hasta ese momento, no sabía nada sobre la zona oscura de la condición humana. Yo era mesa de un partido de máxima rivalidad entre los clubes principales de Zamora y Salamanca. En aquel partido se jugaban el campeonato regional y al descanso, estaban igualados. Los árbitros, uno joven y otro veterano, eran de Zamora y en el vestuario, sin saber que me estaban enseñando la peor lección, el árbitro mayor le dijo a su compañero: «Tú pita bien, que yo tengo experiencia y sé barrer para casa sin que se note. Además, tú aún tienes futuro». Fue un despertar cruel, pero les agradezco el golpe porque dejé de creer en un mundo perfecto.

También tengo que agradecerle al baloncesto el haber estudiado una carrera. Sucedió también en Zamora, donde cursaba COU en su Universidad Laboral. Ese año no aprobaba ni una porque todo mi esfuerzo lo dedicaba a a entrenar al equipo cadete de baloncesto de la Laboral. Jugábamos el último partido contra el Instituto Claudio Moyano, no era difícil, ya les habíamos ganado a domicilio y si vencíamos, seríamos campeones de Zamora, iríamos a la fase de sector y, en consecuencia, seguiría dedicando todo mi tiempo al baloncesto, suspendería y perdería la beca para estudiar una carrera. En aquel partido, un árbitro que jamás olvidaré pitó cinco personales seguidas a nuestro base, que metía la mitad de los puntos, a los 10 minutos lo echó, nos desquició, perdimos, no fuimos campeones, me centré en los estudios y mantuve la beca. Debería estar agradecido a aquel árbitro, pero la verdad es que no le perdono lo que hizo.

De todas las hazañas del baloncesto vilagarciano, la más bonita es la época dorada del Inelga femenino, un equipo de diez mocosas liderado por Siña Abeijón, la más vieja con 24 años, que jugaban contra señoras de más de 30 que las pellizcaban en la zona y amenazaban a Siña: «Te voy a dar... Eres una cabrona». Ellas ganaron donde no ganaba nadie y donde los árbitros echaban una mano descarada a las de casa. Como vestían de verde, las llamaban guisantes en los partidos de fuera, pero no se amilanaban y ascendieron a la división de honor, culminando un empeño liderado por el recordado Miguel Ángel González, primer director del Instituto de Carril desde 1986 y creador de la Agrupación Deportiva Cortegada, donde jugaban a baloncesto 400 niñas vilagarcianas. Siña, Blanco, Aragonés y otros muchos nombres han escrito la historia de una ciudad donde el baloncesto es escuela de vida.

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