Un vigués en el subcampeón francés

Edu Parra, preparador físico y readaptador, ha sido una pieza fundamental en el Lille, revelación de la Ligue 1


vigo / la voz

Eduardo Parra García (Lalín, 1979) soñó de niño en las calles de Vigo, ciudad a la que llegó con cinco años, con ser futbolista, pero se dio de cuenta de que no era lo suficientemente bueno y enfocó su vida a la preparación física y a la recuperación de futbolistas. Y su apuesta le ha ido de cine: se estrenó en el Celta de Stoichkov y después de vivir la mítica irrupción de Aspas ante el Alavés se mudó al Liverpool con Benítez. Y desde allí al Inter, a Rusia en el Anzhi, de vuelta a Inglaterra en el West Ham, en el Real Madrid y ahora en el Lille. Y en el norte de Francia acaba de vivir una de las épicas historias que da un deporte tan grande como el fútbol: un equipo de mitad de la tabla se le subió a las barbas a toda la Ligue 1 salvo al PSG y se hizo con el subcampeonato. A base de juventud, rapidez y un físico envidiable. Y en ese punto este vigués tuvo mucho que ver.

«El objetivo al principio de temporada era quedar entre los diez primeros porque venían de una temporada muy complicada. El éxito yo lo atribuyo a dos cosas: el cambio en la política de fichajes, ya que incorporaron a jóvenes como mucho potencial que vinieron muy baratos al club porque eran desconocidos y la otra clave es una plantilla bien compensada con jugadores jóvenes y de experiencia muy bien manejada por el entrenador y el staff técnico», comenta Parra, que también pone en valor la ausencia de lesiones, el buen ambiente del grupo y la falta de presión. Asimismo destaca el trabajo de Luis Campos, el director deportivo, y el del entrenador, Christophe Galtier.

El vigués, como es lógico, no habla de su cuota en el éxito, y apela al trabajo de todo el cuerpo técnico, pero reconoce que las horas del día se le hacían pocas en su doble función de preparador físico y recuperador. «Esto se consigue trabajando todo el día. Somos un staff técnico de seis personas y mi trabajo diario es el control y planificación del entrenamiento y al acabar me dedico a coger a los lesionados y a hacerles los trabajos de readaptación», precisa.

Eso sí, reconoce que el trabajo iba enfocado a rentabilizar la velocidad del grupo: «En nuestra plantilla sobre todo de medio campo para arriba son chicos jóvenes, muy rápidos y explosivos y eso te condiciona el trabajo para toda la semana, incidíamos mucho en trabajos de velocidad, en trabajos en transiciones y de contraataques rápidos».

Francia fue su séptimo destino en la élite del fútbol y allí se encontró una Ligue 1 de lo más atractiva: «El PSG está en otra liga, nadie puede competir con él, pero luego hay un grupo de siete equipos detrás que son importantes, aunque con las condiciones de la liga es difícil retener a los jugadores que destaquen, porque está la Premier, la Bundesliga y LaLiga ojo avizor. Pero me sorprendió la capacidad económica y la instalaciones que tienen los clubes».

Eduardo Parra, tiene a sus 40 años, un diagnóstico claro de las grandes ligas después de haberlas pisado casi todas. De entrada se queda con la Premier. «A nivel de fútbol es la liga más importante, a nivel de recursos, de jugadores, de repercusión. Allí se vive más el fútbol que en cualquier otro país. Esa una liga muy bonita». Además, la experiencia del Liverpool le dejó marcado: «Más profesional todavía de lo que parece. Creo que aquí no se sabe de la magnitud real del Liverpool. Es un club enorme», dice sin pestañear.

De su paso por el Inter destaca el carácter familiar de la entidad y habla de la Serie A como una competición más táctica con un fútbol un poco más lento, y de sus años en el Real Madrid, la presión que existe entorno a un equipo tan grande: «El Madrid es un club enorme en todos los sentidos, es diferente a cualquier otro y cada cosa que pasa tiene una repercusión mucho más grande. Cada partido es una obligación de ganar, de jugar bien y de golear si el rival es pequeño. Cualquier cosa que en otro club pueda pasar desapercibida en el Madrid es una noticia».

Y por supuesto, no puede olvidarse del Celta, su «casa», en donde comenzó a trabajar en la época más difícil reciente. «Estuve dos temporadas complicadas a nivel deportivo cuando estuvimos en los últimos puestos de Segunda, pero el recuerdo que tengo es muy bueno. Me acuerdo con cariño de un Iago Aspas que empezaba a entrenar con nosotros y que nos salvó en el último partido con el Alavés».

Tanto trasiego le ha obligado a reinventarse cada poco tiempo y a adaptarse a cada liga. «La mayor experiencia es a nivel vital. Llegas a un país nuevo, con un idioma nuevo, con una cultura diferente. Lo primero que tienes es que adaptarte a cada sitio y luego en función de los objetivos que tenga cada club y el tipo de jugadores que tengas».

En estos diez años, siempre lo ha hecho solo, dejando a su familia en Vigo, algo que ahora se le hace más difícil al tener un hijo de cuatro años -«esa es la parte más difícil», reconoce- y por eso no niega que algún día le gustaría volver al fútbol español. Pero antes le espera un reto apasionante por delante, preparar al Lille para que sea capaz de brillar en la próxima edición de la Champions: «Vamos a tener una temporada difícil, porque no es solo la cantidad de partidos sino la exigencia nos va a suponer el jugar una competición tan grande. Es un reto ilusionante». Seguro que con su hoja de ruta el norte de Francia brilla en Europa.

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