Desde A Lama hasta Dakar para dar amor

Tamara Pacheco está colaborando en un orfanato y, entre biberones, cuenta que África le cambió la vida nada más llegar


pontevedra / la voz

Tamara Pacheco, a sus 26 años, ha dado sobradas muestras de que le gusta hacer cosas por amor. Por amor vive esta joven desde hace años en Pigarzos, tierra de su pareja, aunque a ella y a su juventud les cueste un poco sobrellevar los inviernos de nieve, frío y soledad en la diminuta aldea de A Lama. Y por amor ha hecho las maletas en ese hogar compartido en el rural para marcharse al mismísimo continente africano. Está en Senegal como voluntaria en un orfanato desde hace menos de un mes. Desde allí cuenta que, pese al poco tiempo que lleva lejos de Galicia, su vida ya no es la que era. «Desde aquí se ve todo distinto», comienza diciendo Tamara.

Tamara es natural de Verducido, en A Lama. Y siempre fue un torbellino. Estudió Derecho en Vigo, se puso a trabajar, se mudó a vivir a Pigarzos... Y ahora mismo está en esa etapa de la vida en la que se siente lo suficientemente joven para reflexionar sobre qué quiere hacer en el futuro inmediato. Lo primero que le salió del alma fue ayudar. Tira de sinceridad y señala: «Sé que lo que una persona como yo pueda hacer no es ni una gota de agua en el océano, pero me apetecía ayudar, hacer algo por los demás». Estuvo a punto de embarcarse hacia Ghana con una oenegé. Pero finalmente optó por ir a Senegal. Gracias a un vecino de A Lama que reside en Dakar, entró en contacto con un orfanato que gestiona una congregación religiosa y se gestó la colaboración. Desembarcó allí a principios de septiembre. Y se encontró, como ella dice, con una gran familia de pequeños seres sonrientes. Se trata de un centro en el que viven más de treinta niños de muy corta edad, bebés cuyas madres han fallecido y con familias no logran hacerse cargo de ellos. El objetivo es que permanezcan en el orfanato únicamente un año y que luego puedan regresar con sus padres o abuelos, aunque esa meta muchas veces no se logra y siguen en el centro un tiempo más.

Tamara llegó al orfanato y le sorprendieron, para bien, las instalaciones y los servicios, que ella calculaba que serían peores... pero le dio poco tiempo a fijarse en todo eso. Dice que hay algo que acaparó toda su atención desde el minuto cero: «Todos los niños sonríen con cada gesto y cada mimo que les hacen, sonríen de forma continua. Y están deseando que los abraces, que les cojas en brazos...». Tardó poco en hacerse con las normas y la forma de trabajar. Dice que se encarga de los biberones, de cambiar los pañales... pero sobre todo de los abrazos y los juegos. «Lo que hago es, sobre todo, darles cariño. Un abrazo, un beso... es todo muy fácil porque ellos son súper sonrientes y agradecidos. Son muy pequeños pero da la sensación de que están permanentemente agradecidos por cada gesto que tienes con ellos. Es algo que no se puede explicar», dice con emoción.

Vive dentro del orfanato y es la única europea que ahora mismo está colaborando con la entidad. Lo hace pese a las trabas con el lenguaje, ya que únicamente una operaria de la entidad habla inglés y Tamara no entiende ni francés ni wólof, la lengua nacional. Aún así, ha habido buena sintonía: «Nos acabamos entendiendo perfectamente. Y con los niños las palabras las sustituyo por gestos y juegos».

Dice que las buenas instalaciones con las que cuenta el orfanato poco tienen que ver con lo que se encuentra cuando sale a la calle. El edificio está en la Medina de Dakar, un barrio que es un enorme mercadillo con todo su caos y su bullicio. «Resulta todo muy sorprendente, desde las vacas y las ovejas por medio de la calle hasta los miles de puestos que hay. En cada centímetro de calle hay alguien vendiendo algo. También me llama bastante la atención la cantidad de basura que se acumula en las calles... es un gran caos, muy distinto de las zonas más turísticas y del centro de Dakar».

Familias de adopción

Tamara sabe que en breve le tocará marcharse de África. Dice que su corazón empieza a dar síntomas de no querer dejar atrás a todos esos pequeños. «La vinculación que coges con ellos es enorme. Y las historias de sus familias muchas veces son tremendas, ya que viven en el rural y es dificilísimo que puedan venir a ver a los niños. Aquí recorrer treinta kilómetros muchas veces es un mundo...». Cuenta también que en este tiempo pudo comprobar la emoción de una familia que en su día adoptó a un niño que estaba en el orfanato y que volvió con él para visitar el lugar: «Fue muy emotivo, al fin y al cabo es el sitio donde se conocieron, de donde salió...».

Tamara dice que tardarán en olvidársele las sensaciones que le recorren el cuerpo. Señala que está aprendiendo a relativizar los problemas y a valorar todo lo que tiene. Dice también que se ha hecho más dura. Se ríe, recuerda que le picó algún insecto y le salieron ampollas bien gordas en las piernas y que «se arregló todo con una pomada, sin medico ni nada». No le dio tiempo a tener morriña. O sí. Echa de menos una buena empanada. ¿Quién no?

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