«Un pescador se puso las gafas y me miró diciendo: ¡Milagro!»

Un proyecto gallego atiende a pacientes con problemas visuales en una de las zonas más pobres de Senegal

r. r.
redacción / la voz

«Algunas niñas lloraban porque no eran conscientes de que tenían una calidad pésima de vista», relata Guillermo Fernández-Obanza, coordinador de Ecodesarrollo Gaia, la oenegé coruñesa encargada de la iniciativa. Esto ocurrió en Yoff, un pueblo pesquero de Senegal, considerado uno de los más pobres del país. Mediante el proyecto Coruña Cura, desarrollado en julio por esta organización no gubernamental en colaboración con Solidariedade Galega y Fundación Multiópticas, ofrecieron atención a las necesidades visuales de sus habitantes. Pasaron a consulta 1.257 pacientes, realizaron catorce intervenciones quirúrgicas y repartieron 1.700 gafas y 370 colirios.

La demanda era infinita. Algunos pacientes se desplazaron desde Saint Louis o Tambacounda, regiones a más de 200 kilómetros del pueblo pesquero, para que algún especialista le pudiese revisar por primera vez. «Hacían colas desde las seis de la mañana. Empezábamos cuando cantaban los gallos y seguíamos hasta que se ponía el sol», explica la lucense Sonia Ribadulla, óptica optometrista encargada de atender a los nativos. Explica que la población local no goza de un alto nivel visual. El sistema de salud nacional es de pago y no se lo pueden permitir: comprar unas gafas les suponía tres o cuatro meses de sueldo. «Tristemente alguno decía que venía operado pero no veía nada. Era todo mentira», explica Guillermo Fernández.

Como consecuencia de estas pésimas condiciones sanitarias se encontraron con afecciones inusuales: abrasiones corneales por exposiciones al sol, pinguéculas, glaucoma o cataratas en gente joven. A algunos pacientes les habían recetado hace años unas gafas y medicamentos para solventar sus problemas visuales, pero nunca los pudieron comprar. A la hora de prestar ayuda, optaron por priorizar a la gente cuya ceguera le impedía desarrollar su actividad profesional y niños que no veían nunca la pizarra: aquellos que al finalizar la clase se tenían que acercar para poder coger apuntes.

El barrio más pobre de Senegal, donde comen todos los días arroz con azúcar, tuvo un trato exquisito con los cooperantes y les aplaudían a su paso por el pueblo. Así lo cuenta la óptica Sonia Ribadulla: «Un pescador necesitaba unas gafas de cerca. Se las puse y me miró diciendo: ‘¡Milagro!’. Al día siguiente llegó con pescado para agradecerlo. No tienen nada pero buscan cómo recompensarlo», explica. Dentro de su pobreza, es una gente muy acogedora. Así lo destaca Guillermo Fernández: «Lo que hacen es portentoso. Vivimos una lección de que en la vida no eres lo que tienes, sino lo que eres».

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«Un pescador se puso las gafas y me miró diciendo: ¡Milagro!»