Rosario Dueñas, la nadadora que fue misionera con Teresa de Calcuta: «Soy afortunada, he tenido dos vidas»

Fue campeona gallega de natación, pero una explosión frenó su carrera. Tras un año de hospital encontró la paz como misionera en Filipinas y Calcuta, con la Madre Teresa. Hoy es voluntaria


La mujer que dio nombre a la piscina olímpica de Ourense ha pasado «de ser una pescadilla a ser de secano, ¡qué cosas tiene la vida!». Como nadadora, Rosario Dueñas (Ourense, 1960) llegó a ser campeona gallega, pero una explosión de propano en su casa del barrio ourensano de As Lagoas detuvo su carrera en 1979. «Estaba en casa con mi abuelo y, cuando fui a encender la cerilla, aquello saltó todo por los aires. Mi abuelo se murió a la semana y yo estuve en el Juan Canalejo en A Coruña mucho tiempo, en la unidad de quemados, y luego en planta, en cirugía plástica, con Francisco Martelo, a quien le debo lo que soy físicamente».

Recuperarse de las consecuencias físicas de aquel accidente le llevó meses. Las otras secuelas fueron si cabe más difíciles de superar: «El accidente truncó mi vida y mis aspiraciones, cambió por completo todo. La natación imposible ya. Perdí amistades. Mi vida se paralizó durante mucho tiempo mientras para los demás seguía». Pero la sonrisa y la serenidad volvieron. Y con ellos la capacidad de ver destellos donde todo parece opaco. «Yo siempre digo que soy muy afortunada, porque todo el mundo vive una vida y yo he tenido dos, tengo la oportunidad de vivir una segunda vida».

Rosario no sabe calcular qué parte de culpa tuvo ese accidente en su decisión de convertirse en misionera. «La verdad es que desde chica ya tenía inquietudes. Recuerdo que cuando era niña y me preguntaban qué quería ser, decía ‘‘misionera’’. Pero el accidente ha tenido mucho que ver, claro, tienes otra perspectiva». Esa transformación vital la condujo a Filipinas, donde pasó nueve años. Allí conoció a Teresa de Calcuta en una visita que esta realizó cuando se dirigía a abrir una casa en Bangkok. «Allí fue donde le dije que quería ser misionera de la caridad, una hija suya». Y aunque al principio recibió una negativa por respuesta, con el tiempo una carta firmada por la Madre Teresa le trajo la buena noticia que esperaba.

Así fue como llegó a Calcuta en septiembre de 1995. «Allí estuve un año de mi vida con ella, y lo espiritual se hizo material. Vi y oí lo que el Señor me estaba pidiendo en mi vida, bien en la casa del moribundo, bien con los leprosos de Calcuta». Fue, recuerda Rosario, «una experiencia muy bonita e inolvidable»: «La gente no sabía si tenía lepra o si era una quemadura, y la verdad es que mi corazón sintió, porque había gente que se asustaba al verme o que no quería tocarme o se echaba para atrás, y eso mismo era lo que les pasaba a los leprosos. A ellos les encantaba verme, porque no entendían que una persona blanca o extranjera tuviese lepra como ellos. Entonces empezaban a tocarme, a darme besos».

Hace años que Rosario Dueñas está de vuelta en España. Vive en Madrid, donde es voluntaria en la oenegé Misión América. También en el Hospital Clínico San Carlos, aunque esta actividad «se ha reducido muchísimo con la pandemia», y en la parroquia, donde pese a las restricciones a las que obliga el covid, sigue haciendo visitas a los enfermos. Recientemente se ha estrenado Amanece en Calcuta, un homenaje a la Madre Teresa en el que ella ha participado. Y, por supuesto, en cuanto puede se escapa a Ourense a ver a sus padres.

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