Pulpo á feira en el desierto de Arabia

Hosteleros gallegos desafían tormentas de arena y temperaturas de 52 grados para dar de comer a 1.200 trabajadores de las obras del AVE entre La Meca y Medina


redacción / la voz

En un remoto confín del desierto de Arabia, en un paraje pródigo en arena, sol y camellos bregan enfrascados en las obras del AVE Medina-La Meca unos 1.200 trabajadores que construyen la vía mientras avizoran tormentas de arena y resisten 52 grados a la sombra..., que no existe. Hay que darles desayuno, comida y cena, claro, teniendo en cuenta además que los gallegos -varias decenas- no comparten afinidades culinarias con pakistaníes, ictiófobos; indios, vegetarianos; filipinos y demás representaciones nacionales (18).

Para encajar este rompecabezas logístico, las constructoras Copasa (ourensana) y OHL pidieron ayuda en Galicia a la firma Campamentos de Obra Móviles (COMO), una de las dos que se dedican en España a coordinar acantonamientos en lugares escabrosos. «Pero la verdad es que en Arabia nos liamos la manta a la cabeza», admite su presidente.

COMO diligencia dos campamentos del AVE árabe; cada uno de ellos con seiscientos trabajadores. En el de OHL lleva el cáterin. En el de Copasa se ocupa también de la seguridad, la lavandería, el mantenimiento... Tiene allí más de cien empleados. Uno es Marcial Arce (Ourense, 1966), chef ejecutivo y radicado en el acantonamiento de OHL. Feliz con esta aventura de Medina, explica las peculiaridades del trabajo más allá de la combustión solar y el aislamiento: «De pronto, en la cocina miras hacia atrás y no hay nadie. Todos los empleados se han ido a rezar, pero los huevos fritos siguen en la sartén». Rezos diarios: cinco.

El supervisor de COMO en los campamentos es otro gallego, Javier Naveira (A Coruña, 1967). Cuenta que se abastece en mercados de Medina, donde hay de todo, aunque importado. Por ejemplo, «aceite de oliva español». La gastronomía de Arabia no es famosa precisamente por sus estrellas Michelin, por aportar una visión amable. La de Naveira suena así: «¡Dios mío, qué mal se come en Arabia!». Ni siquiera se salvan muchos hoteles.

El mejor sitio, sin duda, «el campamento». Intramuros impone su ley la empanada. «También damos pulpo á feira, porque el toque gallego es nuestra trade mark», se enorgullece Marcial. «Esto es como Casa Manolito, pero en medio del desierto», equipara el chef. Eso sí, con limitaciones: ni cerdo ni alcohol.

«Tampoco podemos jugar a las cartas -ironiza Javier Naveira-, el vicio está prohibido». Por suerte, pádel, billar y futbolín no entran en esa categoría. Con esos aliados y una tele por satélite afrontan las escasas horas de ocio. Y cada dos meses y medio recuperan sensaciones en el terruño con un permiso de 15 días para visitar a la familia. «Lo primero al volver a Galicia, un bocadillo de chorizo con una cervecita», exulta Marcial.

Los productos «gallegos», como el vino, se echan de menos en un lugar «en el que se respira Galicia», asegura el hostelero Borja Pombo (Raxó, Pontevedra, 29 años), que supervisa para Copasa el trabajo de COMO. El abastecimiento de agua es menos problemático que el de alimentos, pues «Arabia no es rica solo en petróleo, sino también en acuíferos subterráneos» que nutren los campamentos. Borja se debate entre la belleza del paisaje árabe, «con playas y sitios increíbles», y la rigidez de algunas costumbres: «Me prohibieron la entrada a un centro comercial por llevar pantalones cortos», afirma.

El exilio laboral tiene también sus ventajas. Javier Naveira viene de llenar el depósito de su pick up, «de 2.800 centímetros cúbicos y que chupa que no veas». La factura «no llega a cuatro euros». Pero ojo con los paseos en coche, que las carreteras esconden sorpresas. Cuando sopla el viento del mar Rojo arrecian las tormentas de arena, que son «como una lluvia de tierra -describe Marcial- y te desorientan si no paras el coche». Como desorientados están en cuestiones geográficas los agentes que custodian las autopistas.

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