Aldo Regueira: «Voy a disfrutar de la jubilación a tope, como si tuviese treinta años»

beatriz antón FERROL / LA VOZ

ARGENTINA

JOSE PARDO

Tras tres décadas entre neumáticos, ahora sueña con aprovechar el retiro para viajar, estudiar y disfrutar de su gente: «cualquier excusa es buena para montar un guirigay»

31 may 2021 . Actualizado a las 11:56 h.

Aldo Regueira Seoane (Buenos Aires, 1956) llega a la entrevista con paso ligero y gastando bromas. Tal y como es él. Alegre, sonriente y siempre dispuesto a entablar conversación. El próximo 31 de mayo cumplirá 65 años y entonces le tocará despedirse para siempre de su taller, Aldo Neumáticos, uno de los más veteranos de la comarca ferrolana. «¿Qué si me va a dar pena dejar el trabajo? ¡Qué va! ¡Hasta luego Lucas! La jubilación está para disfrutarla, y yo pienso hacerlo a tope, como si tuviese 30 años. Además, tengo que decir que me voy muy tranquilo, porque dejo el taller en las mejores manos», dice echando flores a su hijo Aldo -Aldusco cuando se trata de evitar equívocos-, con el que trabaja codo con codo desde hace ya muchos años. «Estoy orgulloso de él, porque siempre me ha apoyado en todo y está muy comprometido con el negocio», insiste sobre su relevo al frente del taller.

Para quienes no lo conozcan, Aldo es un vecino del «muelle» de toda la vida, aunque vino al mundo al otro lado del océano, en Argentina. Sus padres, emigrantes de la zona de Curtis, tenían allí un «cafetín». Y al retornar a Galicia, cuando Aldo tenía solo cuatro años, se establecieron en el barrio portuario, donde comandaron primero el bar California, en la calle Carmen Curuxeiras, y más tarde el Palas, en Mártires, donde hoy tiene Aldo su hogar. «Mi infancia fue muy feliz, estábamos siempre en la calle y el muelle era entonces un sitio muy vivo, porque había muchísimo movimiento de la Marina, la Fábrica de Lápices, la Pysbe...», rememora sobre sus años mozos en el barrio marinero.

Como no le gustaba la hostelería ni tampoco estudiar, Aldo probó un montón de oficios hasta que acabó montando su taller en Catabois, allá por el año 93. Antes de encontrar su «vocación» trabajó repartiendo gaseosas de 15 Hermanos, de «pinche de oficina» en Dragados, en una distribuidora de alimentos, en una empresa auxiliar de Astano... Y en la Rubber de Fene, donde aprendió todos los secretos de los neumáticos. «Como inspector de garantías tenía que viajar mucho, y en uno de sus viajes conocí al dueño de un taller de Sarria que quería cerrar el negocio. Fue ahí cuando se me ocurrió la idea de montar algo por mi cuenta: le compré toda la maquinaria y en octubre de 1993 abrí el taller en la carretera de Catabois», explica. Tras una década, en el 2004, su hijo Aldo se incorporó al negocio, y desde entonces los dos se han esforzado por ofrecer a sus clientes una atención muy persona, profesional y «honesta»: «Yo siempre le inculqué a mi hijo que hay que atender bien al cliente, pero nunca abusar de él. Es decir, hacer el trabajo que precisa y nada más. Nunca vender por vender. Ante todo, siempre la honestidad».

«Cochazos»

Por sus taller ha visto pasar todo tipo de vehículos. Desde los más humildes autos hasta «cochazos» de marcas como Porsche, Cadillac, Hummer... «Pero no te vayas a pensar que soy un loco de los coches. No veo ralis y tengo dos Volvo muy normalitos», advierte para a continuación asegurar que prefiere gastar los cuartos en viajes que en bólidos de precios desorbitados.

Precisamente eso -recorrer kilómetros y dejarse sorprender por otros lugares y otras culturas- es lo que piensa hacer cuando por fin pueda disfrutar de la jubilación. «Me gustaría ir a Buenos Aires y conocer el lugar donde viví con mi familia», dice con ojos soñadores.