Fallece Elena Colmeiro, artista libérrima que en su obra no concebía ni muros ni fronteras

Hija del pintor Manuel Colmeiro y formada en Buenos Aires, la creadora elevó la cerámica del torno hacia lo escultórico en busca de los límites expresivos de la materia

Elena Colmeiro, en una exposición que le dedicó el Museo Provincial de Pontevedra
Elena Colmeiro, en una exposición que le dedicó el Museo Provincial de Pontevedra

Redacción / La Voz

Fue una hija de la emigración. Elena Colmeiro (Silleda, 1932) llegó en 1941 a Buenos Aires siendo aún una niña, con su madre y sus hermanos, en 1941, siguiendo los pasos de su padre, el gran artista Manuel Colmeiro, que se había adelantado en 1936 huyendo de la represión ideológica. Él, de algún modo, regresaba al lugar donde se había criado, porque sus padres habían sido emigrantes en Argentina. De hecho, volvió a Galicia ya pintor.

Con apenas 15 años, Elena entró en la Escuela Nacional de Cerámica, impulsada en Buenos Aires por el maestro español Fernando Arranz. Aunque inicialmente quería ser arquitecta, tras cumplimentar los seis cursos, ya nunca dudó de su camino como creadora, aunque, en cierta forma, consideraba que la cerámica era solo la técnica que había elegido para manifestar su yo artístico. Desde el comienzo de sus estudios, cuestionó abiertamente el guiado excesivo y la imposición profesoral, que no la dejasen buscar, equivocarse. Esa rebeldía, esa ansia de libertad, enseguida halló la complicidad de Arranz.

No le gustaban las cortapisas académicas, y muy pronto vio las posibilidades de la imperfección, de indagar los materiales, las texturas, la pobreza de las materias primas, investigar la forma, hacerla aflorar, explorar los límites expresivos, frente a la belleza de lo convencional e incluso de las posibilidades decorativas. Quizá por la misma razón -cuya raíz se hundía, decía, en una mezcla de tozudez, falta de paciencia y escasa ortodoxia- desechó quedarse en Argentina y los ofrecimientos de puestos en el campo de la enseñanza: «Sería siempre una mala profesora, porque además solo pueden enseñarse las soluciones técnicas, lo demás debes llevarlo ya dentro de ti», solía afirmar como toda explicación para decidir en 1955 volver sola a España, en un intento de forjar su propio camino.

La fortuna terció entonces en su favor, porque la España que encontró no le hubiese permitido desarrollar su carrera de ceramista, muy lejos de ofrecer lo que le daba Buenos Aires. Y ello pese a que se instaló en Madrid. Pero conoció al escultor Jesús Valverde y comenzó a trabajar en su estudio vinculado a la fábrica de vidrio del padre de este. Se casaron en 1956. Colmeiro siempre decía que fue gracias al respaldo incondicional que le brindaron su esposo y su suegro -no solo en cuanto a los medios, sino también anímicamente- que ella pudo crecer artísticamente.

Su trabajó la llevó en un viaje pionero desde el torno a la cerámica escultórica. Fue incorporando materiales refractarios, muchos de ellos restos fabriles, como el ladrillo o el carburo de silicio, pero también otros elementos como hierro, maderas, desechos de fábricas de vidrio, fotografía, esmaltes... en pos de los límites expresivos -apoyada en la pintura y el dibujo- de una materia prima que prefería de origen pobre.

Eso sí, detrás de la aparente espontaneidad de la obra, situaba inopinadamente el trabajo, el tesón. Esa mezcla, con esa seguridad en su idea, que todo creador, sabía, guarda en su interior, la erigió en una referencia internacional y colocó su obra en colecciones y museos de todo el mundo.

En este sentido, Elena Colmeiro -que falleció este jueves- no concebía muros ni fronteras. Todo el arte era uno, ya fuera pensado y creado en el ámbito gallego, el español o el mundial.

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