La desgarradora huella del covid: perdió a sus padres en cuatro días

«Nunca me arrepentiré de haber ido a darle el último abrazo a mi madre», asegura Beatriz Vila, que perdió a sus padres por la pandemia


redacción

Hace ya muchos años que Beatriz Vila, de Pontevedra, dejó Buenos Aires, la ciudad que acogió a sus padres cuando emigraron y en la que ella se crio. Sin embargo, como buena argentina, Beatriz no perdió el acento de su tierra, las formas suaves, que en su caso se acompañan de una voz delicada que casi suena a susurro. Quizás sea esa forma de hablar la que edulcora lo que cuenta. La que hace que no suene tan dramático. Pero lo es. Porque Beatriz, durante el confinamiento, perdió a sus padres en cuatro días por culpa del covid. Han pasado unos meses y la herida aún sangra, todavía duele. «Siento que me los han robado», dice. Luego, con esa misma voz tenue, como si fuese a narrar el cuento que nunca quiso protagonizar, desnuda la pesadilla que le tocó vivir.

Beatriz, hija única, trabajadora del centro Príncipe Felipe y madre de dos jóvenes, tenía a sus padres en la residencia DomusVi de Cangas. Él se llamaba Benito, tenía 88 años y había empezado a dar síntomas de demencia. Ella, de 86 y de nombre Laura, «estaba como una rosa y era la mujer más positiva y sufrida del mundo». La última vez que Beatriz los vio en la residencia fue antes del confinamiento y de que se suspendiesen las visitas al centro. Le llevó ropa de abrigo a su madre, porque en la residencia le dijeron que tenía frío: «Aquello me pareció raro, porque allí estaban como pollitos. Ahora, pasado el tiempo, creo que igual ya estaba enferma, porque es raro que tuviese tanto frío», recuerda.

La pandemia puso entonces el mundo patas arriba y, en medio del confinamiento, llegaron las malas noticias. Su padre, contagiado de covid-19, se murió el 31 de marzo. «Mi padre falleció en la residencia, prácticamente no supimos nada, fue como si me lo arrancasen, no le vi...», dice.

Con el fallecimiento de su progenitor todavía sin asumir, desde la residencia le dijeron que trasladaban a su madre al hospital Álvaro Cunqueiro, ya que también se había contagiado de coronavirus y «estaba malita». Recuerda bien la llamada de la doctora desde el hospital: «Fue un viernes por la noche. Me preguntó si sabía cómo estaba mi madre y yo le dije que estaba malita. Y ella me dijo que no, que no estaba malita, que no había vuelta atrás, que se iba a morir. Ni siquiera iba a ir ya a la UCI, estaba en planta y estaba muy grave».

El viaje a contrarreloj a Vigo

Pasó la noche sentada en el sofá y, el sábado a primera hora, decidió irse a Vigo. «Le dije a mi marido que tenía que ver a mi madre, que no podían marcharse los dos así, sin un abrazo mío», cuenta. Les paró la Guardia Civil porque en aquel momento estaba restringida la movilidad. Explicaron lo que les pasaba y llegaron al Cunqueiro. A Beatriz le advirtieron que no podía pasar a la zona donde estaba hospitalizada su madre. Suplicó. Lloró. Se quejó. «Y al final, por caridad humana, me dejaron verla. Se portaron maravillosamente conmigo. Me dijeron que solo iba a tener unos minutos, me pusieron todo el equipo de protección, parecía un astronauta. Y aquel hospital era como la Nasa. Era algo tremendo, si alguien ve esa imagen no se toma en broma todo esto».

Estuvo unos minutos con su madre, que estaba consciente y llevaba en el dedo el anillo que había sido de su esposo. «Me sorprendió mucho porque, aunque tenía el oxígeno y se le veía muy cansada, me hablaba, estaba preocupada por mi padre, no sabía que había muerto, me decía que todo se iba a arreglar, que ella se iba a poner bien y que se acabarían los problemas», cuenta mientras su voz se hace todavía más fina. «La abracé, la besé en la frente y le dije que estuviese tranquila, que pronto nos encontraríamos. Creo que le extrañó mi frase, pero la vi tranquila. Nunca me arrepentiré de haber ido a darle ese último abrazo a mi madre», indica Beatriz.

Tras el breve encuentro, le pidieron que saliese y ella preguntó si su madre estaba realmente tan grave. Le volvieron a decir que sí. Que no había vuelta atrás. Pidió que hiciesen todo lo posible para que no sufriese. Y volvió a casa. Muy pocas horas después, le llamaron para decirle que había muerto. Entonces, ella, que en su día cruzó un océano y dejó su tierra argentina atrás para buscar porvenir en España, sintió lo que realmente significa que a uno le arranquen de cuajo sus raíces. «Me quedé huérfana en cuatro días. Parece una película, ¿verdad?», se sigue preguntando.

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