Elías, el paragüero gallego que resiste todas las tormentas en Argentina

En medio de fuertes devaluaciones su tienda pervive desde 1979


Ciiudad

Y si chove, que chova. En una de las tiendas emblemáticas y antiguas de Buenos Aires, en Boedo, la lluvia es siempre bienvenida. Tras el mostrador se encuentra Elías Fernández Pato, el dueño del local, mitad argentino, completamente gallego, que lleva desde 1955 levantándose por las mañanas para vender paraguas. Hoy la tienda, paragüerías Víctor, que ha aguantado días de sol y tormentas durante más de 40 años, está también regentada por su hijo a quien le debe el nombre.

Elías, oriundo de Loñoá en Ourense, viajó desde el puerto de Vigo hasta el puerto de Buenos Aires con apenas 18 años. Durante su viaje a bordo del Tucumán, un buque de la Flota Argentina de Navegación de Ultramar, utilizado en aquel entonces para el transporte de inmigrantes por la empresa Dodero con capacidad para 827 pasajeros, vio alejarse las tierras gallegas donde dejaba a la familia y comenzar así su travesía por el océano Atlántico con parada en la Islas Canarias.

Un imprevisto en medio del océano les retrasó la llegada a Argentina donde finalmente arribaron el 16 de enero de 1950. El territorio al que entonces arribaban tantos gallegos y que él desconocía, era un país acogedor que recibía buques de inmigrantes en los puertos cada día mientras en los transistores podían escucharse los airados discursos de Juan Domingo Perón en su primera época de mandatario o la inconfundible voz del varón del tango, Julia Sosa.

Tras tocar tierra buscó la manera de trabajar, primero en una papelera y después de vendedor ambulante, hasta que en 1957 consiguió abrir su primer establecimiento dedicado a la venta de paraguas. Más tarde, en 1979, abrió este que hoy luce en la esquina de la Avenida Independencia y Colombres. «Ahora somos prácticamente los únicos dedicados a esta labor», dice sentado en una silla en el taller lúgubre, rodeado de cajas de tornillos, telas de paraguas, empuñaduras de madera italiana y estanterías desvencijadas repletas de piezas de repuesto. Elías, uno de los últimos paragüeros de la ciudad junto a su hijo Víctor, recuerda las aventuras que le han traído hoy hasta aquí. «Hui de allí porque no quería ir a la mili. Venían los chicos mayores y contaban cosas que me dejaban horrorizado. No quería ir».

«No extrañábamos tanto la tierra porque aquí estabas con los paisanos. En el centro ourensano pasábamos los días y era una fiesta», recuerda Elías, aunque admite que los inicios fueron dramáticos porque su tío, que era quien le reclamaba en Argentina para trabajar, falleció días antes de su llegada.

«No hay un solo día que no me acuerde de Galicia -recalca-. Lo tengo memorizado. Cuando me acuesto, cuando me levanto. Suelo volver cada cuatro años. Y allí se quedan impresionados de mi nivel de gallego. No he perdido nada, nada». En la oficina que colinda con la tienda, su hijo Víctor, heredero del local y de la raíz gallega realiza sus funciones entre cuadros de Seoane y una colección de las representaciones que han tenido lugar a lo largo de la historia del teatro Colón.

Desde la llegada de Elías a Argentina ha llovido. Y mucho. Ha vivido las dos épocas de Perón, la dictadura militar, la hiperinflación del 89, el corralito y la recurrente situación volátil de la economía. «Ya no nos llama la atención. Nunca va para mejor. Aquí no hay que hablar de democracia, hay que ejercerla». En este caso tan especial, un negocio de barrio que lucha contra mercados más potentes y con una nueva forma de consumo de «usar y tirar» sobrevivieron gracias a ser una empresa familiar. «Nosotros importábamos, pero también usábamos materia nacional y los confeccionábamos. Hasta que llegaron los chinos con productos desechables».

A día de hoy, paragüerías Víctor, mientras la competencia ha tenido que echar el cierre, resiste con un buen tránsito de clientes que buscan la excelencia de sus productos o arreglar los vetustos paraguas que aún pueden aguantar muchas más tormentas.

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