El coronel de Viveiro que se batió en duelo por criticar fastos del Ejército argentino

La historia de José María Fernández Villar la contó un general británico en su libro


viveiro/la voz

La historia la cuenta el general argentino, de origen británico, Ignacio Hamilton Fotheringham en su libro La vida de un soldado o reminiscencias de las fronteras, publicado en Buenos Aires en 1902. En él, relata que su amigo, el coronel José María Fernández Villar, nacido en Viveiro el 21 de septiembre de 1837, retó a un duelo a espada a tres oficiales del Ejército que, ante su destreza, valentía y temple, hubieron de recular ?deshonrados y en evidencia- para salvar sus vidas.

El hecho sucedió en 1870 en Mendoza cuando el viveirense, entonces Mayor, luchaba contra los indios al pie mismo de los Andes. Con motivo de una victoria militar, criticó ?«de manera acerba», según Fotheringham- los tés, fastos y fiestas que tuvieron entonces lugar opinando que «el dinero invertido en esas huecas demostraciones sería mejor empleado en atender convenientemente a los pobres heridos».

Su crítica, publicada en un periódico, suscitó la reacción de tres jefes: el teniente coronel Lagos y los Mayores Hortiguera y Bernabé Martínez. Entendían que las palabras de Villar eran una censura al general Paunero, héroe de la campaña del Paraguay y luego Ministro de la Guerra. Así que descalificaron, a su vez, al viveirense con palabras despectivas ?«gayego pata sucia, botarate»- y deshonrosos epítetos.

Duelo de honor

Villar no se arredró. Y los retó a batirse en duelos a espada para reponer su honor mancillado. Los tres acudieron a la casa del viveirense para concretar el reto y éste los recibió sonriente y afable, los invitó a té y cigarros y los despachó así: «Usted, señor Lagos, por su rango, será el primero, hoy mismo; mañana a la noche será el turno del Mayor Martínez y pasado mañana, caballero ?dijo, dirigiéndose a Hortiguera- tendré el placer de despacharlo al otro mundo». «Si es que le damos tiempo», replicó, encolerizado, Lagos a quien la calma y el tono burlón del de Viveiro lo tenía irritado.

A las diez de una noche de luna llena, a las afueras de Mendoza, fue el primer duelo. Lagos se mostró impetuoso, temerario e impaciente. El viveirense, valiente pero tranquilo y guasón. Lagos tiraba furiosas estocadas que paraba con destreza el acero de su adversario: «¡Pero qué mal tirador es usted, yo creía que sabía algo!», le dijo Villar mientras agregaba: «¡Eso se hace así!». Y con un rápido movimiento hirió al teniente coronel de gravedad en el brazo derecho, ¡el brazo de la espada!...

Lagos cambió de manos el acero. «Yo también soy zurdo», le dijo, sarcástico, Villar que no quiso sacar ventaja del uso con la derecha del estoque. Y lo volvió a herir. Entonces, en vista de la manifiesta inferioridad, intervinieron los padrinos y acordaron posponer el duelo cuatro o cinco días.

Atemorizados y encogidos, los tres le enviaron una carta pidiendo que el duelo fuera a pistola o revólver. Pero Villar les contestó que nada alteraría su programa hasta liquidarlos.

Entonces, solicitaron la mediación del coronel Martínez de Hoz que reaccionó al modo militar: arrestó a los cuatro mosqueteros. Cuando salieron del penal, solo uno no llevaba la cabeza agachada…

Luchas contra los indios, revueltas internas y apoyo a la Constitución

José Mª Fernández Villar era hijo de Miguel Fernández y Antonia Villar. Nació en Viveiro en 1837 y emigró a la Argentina hacia 1850. Alberto Vilanova dice en Los gallegos en la Argentina que ignora si lo hizo o no en compañía de sus padres. El hecho es que cinco años después de llegar ya luchaba contra los indios en las filas del ejército argentino «sin que sepamos las razones, como no sea la vocación, para abrazar la escabrosa profesión de las armas», señala.

A partir de ahí, su carrera fue brillante y culminó en 1888 con el grado de coronel. Destacó en acciones de guerra contra los indios en Laguna Larga, Cañada Rica, Cepeda, San Nicolás de los Arroyos, Hornitos o Las Yarillas, entre otras. En todas salió victorioso y con una particularidad: prendía a los indígenas y les arrebataba «la caballada de reserva y la hacienda vacuna que llevaban para consumo».

Por su gran reputación, a partir de 1863, el mando ?el general Mitre, sobre todo- lo usó para sofocar sublevaciones internas que se producían en algunos regimientos. En una de ellas, fue hecho prisionero el 21 de enero de 1867 por las fuerzas revolucionarias en San Luis, según Vilanova: «Fue conducido engrillado a Renca, se le puso en capilla, haciéndosele confesar para ser pasado por las armas el 31 del mismo mes. Pero se le trasladó a San Luis y luego a Mendoza donde se le encerró con otros presos políticos hasta que el 10 de abril, ayudado por ocho encarcelados entre los que se hallaban Justo Darat, gobernador depuesto de San Luis, su hermano Mauricio, diputado, y Blanco, diputado por Mendoza, asaltaron y se apoderaron de la guardia y detuvieron a 133 rebeldes y al director de la asonada militar, Carlos J. Rodríguez».

Su carrera siguió en ascenso ?siempre por méritos de guerra- y tuvo su hora de gloria cuando entró en la capital argentina en 1890, ya como coronel, conduciendo dos batallones con los que la provincia de Buenos Aires concurrió al sostén del gobierno constitucional, presidido por Carlos Pellegrini, ante la llamada Revolución del Parque.

Presidió el círculo militar y colaboró en la prensa emigrante

José María Fernández Villar no solo sobresalió por hechos de armas sino que desempeñó importantes comisiones y puestos en el Ejército Argentino. Por ejemplo, fue uno de los primeros presidentes del Círculo Militar de Buenos Aires, comisario de guerra entre 1890 y 1895, miembro de la comisión de la Intendencia de Guerra en 1895 y delegado de División del Litoral en 1898.

Falleció el 15 de octubre de 1909 en Buenos Aires y, a su muerte, otro notable coronel gallego del Ejército Argentino, Antonio Pardo de Andrade y Castro, natural de Ferrol y frecuente colaborador de El Eco de Galicia, escribió sobre él: «Caballero sin tacha, soldado valeroso, excesivamente honrado (como buen gallego), el coronel Fernández Villar gozó de envidiable reputación en el Ejército».

Ese buen nombre hizo que su funeral y entierro estuviese presidido por el Ministro de la Guerra -en nombre del Presidente de la Nación, José Figueroa Alcorta, el organizador de los fastos del Centenario de la nación argentina- y contase con numerosos generales, jefes y oficiales y una distinguida y numerosa concurrencia civil.

José Fernández Villar colaboró en algunas ocasiones con la prensa emigrante gallega en la Argentina haciendo gala, como escritor, de un fino humor galaico, algo que siempre lo caracterizó en su trayectoria civil y militar.

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