«Tenía anotado llevar a papá al urólogo el día 6. No fue necesario. El covid entró en su residencia. Papá murió el 27»

Ruy Farías, gallego de alén-mar, hijo de madre compostelana, nacido en el Centro Gallego de Buenos Aires. Tiene  un largo currículo como doctor en Historia por la Universidade de Santiago de Compostela, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas  de Argentina, docente de la Licenciatura en Historia de la Universidad Nacional de San Martín  y director académico de la Cátedra Galicia-América en dicha universidad argentina

Ruy Farías es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina y director académico de la cátedra Galicia-América de la Universidad Nacional de San Martín
Ruy Farías es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina y director académico de la cátedra Galicia-América de la Universidad Nacional de San Martín

La pandemia avanza y nuestras agendas se modifican. Tenía anotado llevar a papá a una consulta con su urólogo el pasado día 6. No fue necesario. En abril el  covid-19 entró en la residencia geriátrica en la que vivía e infectó a un gran número de ancianos, causando la muerte de varios. Argentina está en cuarentena desde 20 de marzo, una medida que en buena medida explica el número todavía bajo de víctimas mortales que tenemos (unas 350 al momento de escribir estas líneas). Como otros, supongo, al principio quise creer que un virus originado en China no llegaría hasta aquí. Pero también que si finalmente lo hacía el asunto podía ser muy grave para un país que antes de esa fecha ya tenía a un 35 % de su población por debajo del umbral de la pobreza, viviendo mayoritariamente en grandes aglomeraciones urbanas y/o en alguno de sus 4.000 barrios de chabolas, y con un sistema sanitario que difícilmente puede llegar a soportar tensiones como las que azotaron a los de Italia o España. Además, la detención abrupta de la actividad económica solo empeoró las cosas, haciendo que casi de inmediato para muchos (los cuentapropistas, los trabajadores de la economía sumergida) el temor al hambre fuese aún más fuerte que el que les despertaba el covid-19.

En los días que siguieron a menudo pensé en cuántas cuarentenas caben dentro de la cuarentena. Como sintetizaba una idea que vi reflejada en algún WhatsApp o muro de Facebook, «No estamos en el mismo barco. Estamos en el mismo mar, unos en yate, otros en lancha, otros en salvavidas y otros nadando con todas sus fuerzas.» Al parecer mi caso se inscribe entre el de los privilegiados. No navego ni navegaré nunca en un yate, pero mi pequeña lancha de momento capea bien este mar proceloso.

Como nunca hasta ahora, tomé conciencia de lo que vale tener un trabajo estable y una buena casa. En medio del maremoto económico de un país que tiene un ojo puesto en el virus y otro en la imparable devaluación de su moneda, la inflación y una virtual cesación de pagos de la deuda externa, tener la certeza de que a fin de mes el sueldo será depositado es muchísimo. Y yo acepto mansamente un enclaustramiento que eliminó los tiempos muertos de los viajes a través de una urbe gigantesca, obligándome a permanecer en una vivienda sin lujos ni estridencias pero confortable, dedicado por entero a mi labor de historiador y docente (algo que disfruto), aprovechando plenamente una biblioteca y archivos propios bien surtidos y toda la información disponible a través de Internet, o dictando las clases para la universidad de manera online. Cuando me canso o simplemente tengo ganas, subo a una terraza hasta ayer poco utilizada para leer, al calor del agradable sol otoñal, alguna de esas novelas para las que antes nunca encontraba tiempo. No tengo motivos para aburrirme.

Cada seis o siete días llegan mis dos hijas de once y siete años, y todo se modifica. Entonces somos tres en la casa, y los horarios se organizan según sus clases y tareas, sus comidas, baños, etc. Es un tiempo distinto pero igualmente hermoso, porque después de casi cinco años de separarme de su madre vuelvo a estar con ellas todo el día, y en el transcurso del mismo ninguna de sus actividades o vivencias me es ajena. En medio de esta coyuntura, comparto la vida con ellas más que nunca en el pasado. Pero también experimento con claridad meridiana lo que significa la doble imposición de trabajo que tradicionalmente han sobrellevado las mujeres.

Cada cinco o seis días salgo a comprar alimentos frescos, para mí y para mi madre, encerrada en su propia casa. No entro sino que tan solo llego hasta el jardín, dejo las cosas y hablamos un momento desde lejos. Extraño darle abrazos, incluidos los que hace unos pocos días le tocaban en su cumpleaños. Supongo que esa sensación será recíproca: a mí me toca cumplir el próximo lunes.

Papá murió el 27 de abril. No lo veía desde días antes del comienzo de la cuarentena. Por cuasi-despedida tuvimos una llamada telefónica en la que apenas pudo responder. Alcancé a decirle que lo quería, pero no tuve la oportunidad de darle un último abrazo. Tampoco mi hermana o sus nietas. No hubo un rezo delante de su cuerpo exánime, ni tan siquiera vimos cuando el ataúd fue incinerado. No estábamos en el mismo barco sino en el mismo mar, y él ya no tuvo más fuerzas con las que seguir nadando. Independientemente de cualquiera otra secuela en la sociedad argentina, la pandemia ya nos dejó una consecuencia irreversible.

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«Tenía anotado llevar a papá al urólogo el día 6. No fue necesario. El covid entró en su residencia. Papá murió el 27»