El ribadense Pedro Moreno y otros emigrantes altruistas y solidarios de A Mariña

Financió salas de cirugía y consultas en el «gran hospital» del Centro Gallego de Buenos Aires


ribadeo/la voz

La solidaridad es una palabra con la que se nos llena la boca pero que, a menudo, nos abstenemos de practicar. Genera frases hermosas y redondas como «la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba, la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo» (Galeano) o «no es dar lo que nos sobra sino compartir lo que tenemos» (Castro). Y, a veces, es algo que permite lavar conciencias, componer bellas posturas y darnos un chute de onanista bondad.

Pero con la solidaridad conviene atender a hechos y no a palabras. Y para eso, la emigración es la mejor escuela. Millones de paisanos emigrantes rompieron el tópico del gallego individualista y solitario y mostraron al mundo un carácter y un sentido cívico y sociocomunitario del que pocos pueblos pueden presumir. Sus centros en los países de acogida o las escuelas, hospitales, etc. levantadas en Galicia son el fruto de ese espíritu de unidad y solidaridad que los gallegos aprendimos en las duras tareas campesinas que, en nuestros pueblos y aldeas, se realizaban tradicionalmente de modo corporativo, compartiendo medios y recursos entre todos los vecinos.

Estos días muchas actitudes -desde Amancio Ortega hasta el más humilde que elabora mascarillas y ayuda- recuerdan a aquellos que un día se fueron, devolvieron a su tierra mucho más de lo que ésta les dio y merecen todo el honor y la gloria que, antes y ahora, algunos les discuten y otros les regatean…

Moneda propia

Al margen de las escuelas creadas por ellos en A Mariña, que sitúan a la comarca a la cabeza del ranking gallego, en donaciones sanitarias destaca la figura enorme del ribadense Pedro Moreno y de su hermano Juan. Los dos fundaron la Estancia Rivadeo (sic) en el municipio de Puan (Argentina), un poblado en el que residían los peones que trabajaban sus tierras dedicadas al ganado y a plantaciones. Tenían tal fortuna que llegaron a acuñar moneda propia.

Los Moreno nacieron en Obe (Ribadeo), en 1840 y 1845. Emigraron muy jóvenes y fueron muy generosos. Promovieron para casa de rentas la Torre dos Moreno, donaron terrenos para el cementerio de Ribadeo y construyeron la vía de acceso, la capilla y el cierre. Proyectaban crear un centro de enseñanza de comercio, pilotaje e ingeniería y donaron 150.000 pesetas para un instituto de enseñanza.

Pero su altruismo llegó, sobre todo, a los gallegos en Argentina. Pedro perteneció al directorio del Banco Español del Río de la Plata y cofundó la Sociedad Española de Socorros Mutuos. Donó un pabellón médico al Hospital Español y, cuando el Centro Gallego de Buenos Aires inauguró su gran hospital -en algún tiempo, de los mejores del mundo-, financió las salas de cirugía y las consultas de oculistas, odontólogos, oído, nariz y garganta. Aportó su dinero cuando más se necesitaba: en los comienzos de una obra que asombró al mundo...

Filántropos de Viveiro, Cervo, Ourol, Ribadeo, Foz y Lourenzá donaron escuelas y edificios

Los emigrantes de A Mariña fueron muy solidarios y, a menudo, de forma anónima. Desde el que dio un órgano para la iglesia al que costeó un lavadero, arregló un camino o ayudó con su cuota a construir 61 edificios escolares en la comarca….

En Viveiro, destacaron el cura Manuel Seara que financió un colegio y una capilla en Chavín; Melitón Cortiñas, el edificio de la Sociedad de Obreros; Vicente Abadín, que pagó la traída de aguas y una escuela en Vieiro; o los hermanos Trobo, en Galdo.

En Cervo, Candia donó la escuela de San Román, Fernández Montenegro, la de San Cibrao, José Alvarez, las carreteras de Cervo y Burela a San Román, y Rodríguez Eijo, la de Cervo a Cuiña. En Ourol, Vicente Casabella pagó una escuela y Francisco Albo y su mujer, Bárbara Baonza, una escuela y el colegio de las Terciarias.

Las donaciones de Ribadeo comenzaron con becas escolares de Tomás García-Amieiro en el siglo XVII y Pedro Martínez Rego que creó la Escuela Pía de Arante. En el XVIII, Bernardo Rodríguez-Arango y Mon sostuvo dos escuelas y un emigrante de Trabada, Antonio Díaz Maseda, la de Fórnea. Clemente Martínez Pasarón y su esposa Ernestina Mansilla becaron un colegio y obras en el hospital. Ramón González aportó al Ateneo y a la Biblioteca y legó el Teatro y la Plaza de Abastos. Pedro Murias costeó la Granja Escuela, José Acevedo la escuela de Cinxe y Rodríguez Murias obras benéficas y educativas y la traída de aguas a Ribadeo.

En Foz, destacaron Pascual Villapol con la Escuela de Fondós y Eliseo Martínez con el colegio y el asilo. En Lourenzá, José M. Hermida fundó una escuela de artes y oficios.

Era modesto, presumía de gallego y ejercía el bien sin jactancia

Además de salas y consultas, la donación de Pedro Moreno al Centro Gallego consistió en 341 útiles y equipos médicos que, en muestra de agradecimiento, el número 92 de su Boletín Oficial de marzo de 1920 pormenorizó al detalle. Publicaron su foto y escribieron lo siguiente: «Al bondadoso corazón de este distinguido y venerable coterráneo, a los altruistas sentimientos que atesora su alma sensible a todo clamor en bien de la humanidad, y al cariño filial que profesa a la región de su nacimiento, débese la Sala de Operaciones de nuestro Hospital-Sanatorio, que no tiene nada que envidiar, nada absolutamente, a sus similares del mundo gracias a la valiosa donación que para ella hizo».

 Sala Pedro Moreno

La directiva lo nombró Socio Benefactor, colocó su retrato en la Sala de Sesiones y fijó una placa en el Gabinete de Cirugía al que nombró Sala Pedro Moreno. Y agradeció al ribadense -que tenía 80 años- «la imperecedera gratitud del Centro Gallego por el hermoso rasgo de altruismo que acaba de realizar». Su millonaria y fundamental aportación sirvió de estímulo a miles de emigrantes que hicieron legados, según sus posibilidades, al hospital del Centro Gallego para engrandecerlo. El Boletín publicaba las aportaciones que realizaban cada uno de ellos.

Cuando murió en 1921, el Obituario que publicó el Centro Gallego hablaba de «una vida preciosa, de esas que, por sus bellas dotes, constituyen el verdadero tesoro de la humanidad, acaba de extinguirse»; resaltaba los 65 años que llevaba residiendo en Argentina donde «mimado por la fortuna conquistada con sus éxitos, nunca por ello se ha envanecido pues si alguna vanidad conoció fue la de ser gallego y, por tanto, español»; y destacaba que era «modestísimo en sus hábitos, ejercía el bien sin jactancias, franqueando su espíritu sano a todas las iniciativas nobles, inspiradas en el altruista propósito de ayudar el prójimo y hacerle feliz».

martinfvizoso@gmail.com FOTOS: Centro Gallego de Buenos y Boletín del Centro Gallego

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