El ribadense Miguel García Fernández, primer juez extranjero de Argentina

Además de respetado juez, fue un notable dramaturgo


Para decir quién era, en su largo exilio en Estados Unidos, el profesor ribadense Amor y Vázquez solía mostrar a conocidos y amigos una foto de la Ría de Ribadeo que llevaba siempre en su cartera. Cincuenta años antes, otro ribadense ilustre, Miguel García Fernández, cuando visitaba la Redacción de El Eco de Galicia en Buenos Aires, entraba hablando gallego y cantando en voz baja una vieja canción marinera: “Meu pai deixoume a dorniña/ miña nai deixoume o mare/ non tiñan máis que deixarme/ nin eu teño máis que dare…”. Era su manera de decir que era humilde, trabajador y gallego. En 1898, cuando falleció, El Eco, que fundara el cervense José María Cao Luaces, le dedicó su portada. Y en ella escribió su director, el insigne periodista lugués M. Castro López, las siguientes palabras: “era uno de los contados gallegos que no sólo por sus merecimientos sino por su patriotismo sincero y, como tal, enemigo de vanos y ridículos alardes, dan honor al país en que nacieron”. No exageraba ni un ápice.

Miguel Garcia Fernández había nacido en Ribadeo en 1827. Era de una familia humildísima ?como la calificó el historiador Alberto Vilanova- que marchó en 1845 a Buenos Aires. El padre, un comerciante que había emigrado huyendo de la persecución que sufrían los liberales en España tras la invasión del país de los Cien mil hijos de San Luis, reclamó a la madre y a sus siete hijos cuando logró tener un cierto desahogo.

Miguel tenía 17 años cuando llegó. Había hecho estudios elementales en Ribadeo y, gracias a los contactos de su padre, pudo colocarse como auxiliar administrativo en el Ministerio de Relaciones Exteriores argentino. El trabajo, aunque modesto, le permitía pagarse los estudios de Jurisprudencia en la Universidad de Buenos Aires. Pero pronto falleció su progenitor y recayó sobre él la carga y el cuidado de su madre y hermanos. Pero entonces apareció una mano solidaria y generosa.

Una personalidad argentina, de ascendencia gallega, le facilitó ocupar el puesto de Bedel de la Universidad y pudo así terminar la carrera de Derecho en 1857.

Una vez licenciado, el Tribunal Superior de Justicia lo nombró Relator y le permitió mantener su trabajo en la Universidad para que pudiera atender con más holgura a su familia. Y en breve tiempo pasó a ser secretario general del alto tribunal. Fue nombrado Juez de Primera Instancia e Instrucción de Mercedes y Dolores, en la provincia de Buenos Aires, y Juez Federal de una provincia del interior. Pero renunció en todas las ocasiones porque sus hermanos eran jóvenes, cursaban estudios y quería estar cerca de ellos.

Hasta que, en el año 1863, el entonces Ministro de Justicia y Culto, el notable jurista argentino Marcelino Ugarte, lo nombró Juez de Primera Instancia de lo Civil de Buenos Aires, cargo que había quedado vacante al morir el doctor Alejo González Gavaño. Era la primera vez que un extranjero era nombrado juez en la Argentina…

Se jubiló a los 48 años, dictó diez mil resoluciones y el Supremo nunca le anuló ninguna

La labor de Miguel García Fernández al frente del Juzgado de lo Civil de Buenos Aires mereció unánimes elogios del cuerpo judicial y de los justiciables. Estuvo al frente de él a lo largo de doce años, de 1863 a 1875. En ese tiempo, desempeñó el puesto con “notoria probidad y competencia” ?según recoge Los gallegos en la Argentina- y tramitó más de diez mil procesos en los que, salvo contadísimas ocasiones, el Tribunal Supremo argentino nunca revisó o anuló sus resoluciones. El excesivo trabajo agotó sus fuerzas pues, durante todo ese período, llevó al día la tramitación de los asuntos de su despacho. De tal modo que en ni uno solo de los expedientes a su cargo recayó sentencia ni providencia fuera del breve término que entonces prefijaban las leyes argentinas vigentes. El ribadense se desempeñaba con tanto celo y honestidad que su salud se resintió. Pero entonces vino a favorecerlo la Constitución de 1873, que autorizaba la reorganización de los Tribunales, y la Ley que, en consecuencia, se dictó para que los jueces que no fuesen reelectos gozaran de pensión vitalicia. Miguel García se acogió a esa Ley y desde 1875 gozó de una jubilación hasta su muerte en Buenos Aires el 9 de julio de 1899. Aún así, el Senado de la Nación lo propuso para nuevo miembro de la Cámara de Relaciones pero él pidió al Ministro que desistiese de su candidatura pues su resentida salud le aconsejaba descanso.

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El escritor, el homenaje a Rosalía y un hijo director de Correos

Miguel García Fernández, además de respetado juez, fue un notable dramaturgo. Escribió dos dramas en verso ?Venganza de un alma noble y La novia del hereje o La Inquisición de Lima- que fueron estrenadas en el Teatro Victoria de Buenos Aires por la compañía del celebrado actor García Delgado. La segunda era una adaptación al teatro de la novela del mismo nombre del escritor argentino Vicente F. López.

A pesar de que emigró muy joven, el ribadense colaboró siempre que pudo en actos de exaltación de Galicia o de labor patriótica. En 1897 formó parte de comisión organizadora del homenaje a Rosalía de Castro. La comisión estaba presidida por el doctor compostelano Ángel Anido y formaban parte de ella destacados intelectuales y personalidades gallegas en el país austral como el también ribadense Genaro L. Osorio, Manuel Salgueiro, el periodista Manuel Castro López, el dibujante e ilustrador de Cervo, José María Cao Luaces, Conde Salgado, Calaza, Basa, Díaz Spuch y otros. El acto -que hizo época y tardó mucho tiempo en haber otro tan relevante y exitoso en Buenos Aires- tuvo lugar en el Salón del Príncipe Jorge de Buenos Aires el 15 de julio de 1897 e incluyó también el envío de una corona de bronce para la tumba de Rosalía de Castro como homenaje y recuerdo de sus compatriotas emigrados en Argentina. Miguel García Fernández -que tuvo un hijo que alcanzó gran notoriedad en la vida pública al ocupar el cargo de Director General de Correos y Telégrafos de la República Argentina- era un gran conocedor de la historia y la cultura de Galicia. Gustaba de recitar versos y coplas populares gallegas y por ello el historiador Alberto Vilanova decía de él que era “una elocuente expresión de galleguidad y un ejemplo para aquellos desgraciados gallegos que alegan haber olvidado su idioma natal pretextando unos cuantos años de residencia fuera de Galicia”.

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