Y al regresar de viejo a Fisterra dijo: «Pepe, tú para España ya no eres nadie»

GALICIA OSCURA, FINISTERRE VIVO | Era tanto el amor que sentía por su pueblo que, después de todo, sus cenizas reposasen en su tierra natal


carballo / la voz

José y Juan Díaz Lobelos, los escapados de Fisterra, acabaron en Francia después de la guerra y, con el tiempo, pudieron rehacer su vida más allá del Atlántico. Con la familia a su lado, para José Díaz Lobelos, Pepe de Xan, surgió un soplo de ternura en aquel mundo inclemente que había vivido, residiendo un total de once años en Francia hasta que, por medio de la Cruz Roja Internacional, y como refugiado, en 1950 pudo trasladarse con su familia a la Argentina en el vapor Protea. Un año más tarde reclamó a su hermano Juan, residente en Argel, con el objetivo de trabajar los dos de mecánicos. Y transcurrieron los años, y previendo que Franco se mantendría en el poder largo tiempo, cobraron conciencia de quedarse para siempre al margen en una tierra extraña; que España nunca volvería a ser su país.

Pasado el tiempo, Juan Díaz embarcó en la Marina Mercante argentina y un día abandonó el buque en Nueva York para quedarse a vivir y trabajar, ciudad en la que contrajo matrimonio con una puertorriqueña. No tuvieron hijos, y al jubilarse se trasladaron a Puerto Rico, una isla en la que Xan cerró la última etapa de su vida. Falleció en 1997. El reloj no se detiene para nadie.

Dos años después de morir Juan, que se llevó consigo el silencio de toda una vida guardado de lo que había sucedido durante la guerra española, y sesenta y tres años de la huida por mar desde Fisterra a Asturias, a instancia de los redactores de una revista emigrante, su hermano José aceptó que hurgasen en una memoria siempre dolorida, y echó una mirada a su pasado. Con 87 años en 1999, José Díaz desgranó el tiempo pasado, lo vivido y lo fracasado, lo soñado y lo alcanzado. Y también las muchas renuncias que habían quedado por el camino. En fin, una entrevista escrita con tinta amarga.

A la pregunta:

-«A la luz de los acontecimientos y aquietadas las pasiones por el paso del tiempo, ¿cómo califica lo que hicieron?»

-«Como una obligación moral, de luchar por la libertad, sin duda (el bien más preciado del hombre) y por la solidaridad entre los pueblos. Jamás pensamos que hubiéramos tomado una decisión equivocada, siempre pensamos que era nuestro deber buscar la libertad que en el lado franquista no teníamos», contestó el viejo republicano fisterrán.

Después de hablar de las duras trincheras de la vida, José Díaz reflexionó sobre un viaje de regreso a los orígenes, a su Fisterra natal, efectuado en julio de 1977 acompañado de su hermano Juan una vez fallecido Franco.

No obstante, después de encontrar el camino de regreso demorado durante tantos y tantos años, al volver la mirada atrás para recordar la adolescencia y juventud, ese lugar en el que nació y creció, haciéndose adulto, ya no era tal y como él lo recordaba, ni tampoco el escenario físico, ni el paisaje social, ni el itinerario emocional. «Volví a Fisterra después de la muerte de Franco y ahí me di cuenta que como emigrara -en realidad, se exiliara- había perdido mi identidad, pues yo ya no pertenecía al lugar que me vio nacer», contaba.

Palabras a modo de epitafio

Palabras a modo de epitafio que encierran sin duda una profunda tristeza y una sensación de haber llegado ya fuera de tiempo, fuera de hora. Solamente parte del paisaje físico se correspondía con sus recuerdos. Lo que dijo el poeta sirio Adonis, de que «la historia real es la de los derrotados», probablemente José Díaz, que regresó sobre sus propios pasos con surcos, arrugas y cicatrices como marcas que deja el tiempo, no salió indemne de este regreso a sus orígenes, quedando patente que encontró pocas cosas que le evocasen algo de su vida pasada, y ni una simple emoción. En el Fisterra de 1977 ya no habitaba el niño que fuera, el tiempo no había pasado en balde.

Había viajado a la villa del Santo Cristo con un único equipaje, el de la memoria; y con una foto fija de un tiempo que se había ido.

Y, cuanto llegó, su mundo había desaparecido, se había despoblado, tapándolo una capa de polvo y constatando que muchos de los familiares, amigos -Ramón da Cristina, Liñeiro, Manolo de Germán, O Canario, Ernesto Ruiz, Laureano da Beatriza...»- y vecinos, y también sus enemigos, los que le habían deseado la muerte, estaban en el cementerio y no en sus casas, ahora repletas de retratos de personas muertas.

Los dos hermanos Díaz volvieron a su pueblo en algunas otras ocasiones, pero el paraíso sin duda había desaparecido y el precio pagado, primero para huir de la represión física, y después por defender la Segunda República, fuera demasiado elevado. En su última entrevista publicada, José Díaz recordó que Domingo Faustino Sarmiento escribió sobre una piedra de la frontera argentino-chilena, la siguiente frase: «¡Bárbaros! Las ideas no se matan».

Y el viejo fisterrán fue el mejor ejemplo.

Con estas palabras concluimos una historia para reflexionar, para salir del armario de la Historia. José Díaz Lobelos falleció en Argentina en 2002 a los 92 años, y a pesar de su decepción cuando visitó su Fisterra natal, siempre quiso regresar. Y regresó definitivamente en enero de 2003. Era tanto el amor que sentía por su pueblo, que quiso que sus cenizas descansasen en el cementerio de la parroquia de Santa María das Areas, junto a los restos de sus padres. Y, así se hizo, aunque su hija Juana me recuerda que él, su padre, siempre decía: «Pepe, tú para España no eres nadie». Vivía ya con la sensación de que todo por lo que peleara había resultado al final inútil.

Placa

En el citado boletín del CIRSP aparece una frase que, conociendo como conozco a los políticos fisterráns de uno y otro color político, seguro que nada les importará: «Correspondería a las autoridades del Concello de Finisterre honrar con una placa recordatoria a este hombre -hombres- que supo luchar por sus ideales de libertad y por su amor a la democracia».

Apostillar finalmente que el pesquero Cabo Finisterre, al arribar al puerto de Lastres en Asturias fue trasladado a Villaviciosa quedando allí a cargo de las autoridades republicanas. Al finalizar la contienda civil, y después de largos y dificultosos trámites, regresó al puerto de Fisterra, pero ya herido de guerra; regresó a un pueblo que había tocado el fondo de la miseria que trajo la guerra y la posguerra, poniéndose en la cola del racionamiento.

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Y al regresar de viejo a Fisterra dijo: «Pepe, tú para España ya no eres nadie»

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