Rodríguez del Busto, escritor y economista

ARGENTINA

Singular personaje quien, en el siglo XIX, se dirigía a su «madre Galicia» en estos términos: «Levanta una tribuna en cada plaza para que hablen tus economistas y tus demócratas»

30 mar 2014 . Actualizado a las 12:04 h.

Francisco Fernández del Busto embarcó con rumbo a Buenos Aires en el otoño de 1885. Tenía 22 años. Poco antes había fallecido su padre, José Rodríguez Moscoso, un comerciante de Ribadeo que ejercía la representación consular argentina en el activo puerto lucense. En América lo esperaban sus dos hermanos mayores, Antonio y Alejandro, a quienes no conocía: habían emigrado en 1863, justo el año en que Paz del Busto daba a luz a Francisco. Ya en la Argentina, el nuevo emigrante se establece primeramente en Tucumán, donde residía su hermano Alejandro, y después, casi hasta el fin de sus días, en la ciudad de Córdoba, al lado de su hermano Antonio.

De su capacidad de trabajo da cuenta Alberto Vilanova. El comercio, la jefatura de la oficina de marcas, el estudio -obtuvo en tres años la diplomatura de ingeniero geógrafo- y los artículos periodísticos en una docena de publicaciones ocuparon sus primeros pasos argentinos. Y aún reservaba tiempo, de hacer caso a Castro López, para consagrar «siete u ocho horas diarias» a la lectura. Fue precisamente Manuel Castro López, el editor de los «almanaques gallegos», quien subrayó el temperamento «reflexivo y poco alegre» de Francisco Rodríguez del Busto, atribuyéndolo a «su niñez triste, tristísima» y el «carácter duro» de su padre. En contraposición, agrega su amigo, «considera hermosa la vida, y cree en el progreso, y ama mucho a su patria».

«¡YO TE MALDIGO!»

Rodríguez del Busto manejó su pluma como un látigo implacable contra la emigración. Repetidas veces maldice la cirugía que amputa a Galicia los brazos que necesita «para ir a enriquecer con ellos pueblos extraños». El escritor fustiga con saña esa lacra -«¡Emigración, yo te maldigo!»-, pero el economista no cae en la ingenuidad: sabe que si el «monstruo de por allá» no devorase «tanta juventud, tanta hermosura, las devoraría la miseria».

Ataquemos, pues, las raíces que alimentan al monstruo. Para ello, le dice el ribadense a su madre Galicia, «tendremos que despoetizarte». ¿Qué significa esto? Fundamentalmente, una propuesta industrializadora que, formulada en las postrimerías del siglo XIX, suena a transgresión: «El humo de las fábricas empañará el záfiro de tus cielos; el ruido de las maquinarias perturbará el apacible silencio de tus valles; los febricientes trajines de la vida quebrantarán tus venturosas costumbres, la secular quietud de tus tranquilos hogares; el agua de las fuentes que corre dando saltos por las montañas tendrá que perderse entre turbinas y canalones; el carácter desprendido y noble de tus hijos habrá de corromperse con los malsanos egoísmos del comercio».

EL ECONOMISTA

Francisco Rodríguez del Busto publicó, entre 1899 y 1908, media docena de libros de tema económico y otros tantos sobre historia y crítica literaria, además de infinidad de artículos en diversas publicaciones. Los primeros, entre los que destacan El proteccionismo en la Argentina (1899), Problemas económicos y financieros (1905) y la recopilación de ensayos titulada Impresiones (1905), permiten caracterizar al autor como un economista liberal, formado en la escuela clásica, pero preocupado por los efectos de las políticas económicas en las capas más menesterosas de la sociedad.

Crítico con el intervencionismo del Estado y su creciente invasión de la actividad privada, considera que los poderes públicos deben limitarse «a legislar, juzgar y gobernar sabiamente, nunca a convertir el Gobierno en fabricante, colonizador, empresario y discernidor de privilegios y favoritismos». Sin embargo, lejos del fundamentalismo que propugna la jibarización del Estado, reserva para la esfera pública atribuciones exclusivas sobre «la instrucción pública, la beneficencia, los estímulos a la ciencia, las calamidades nacionales, la reglamentación bancaria y de ferrocarriles, la salud del pueblo, la facilidad de comunicaciones». Repertorio de competencias que suscribiría cualquier defensor del Estado del bienestar.

Librecambista convencido, Rodríguez del Busto arremetía contra los elevados aranceles que encarecían los bienes importados por Argentina a finales de la centuria decimonónica. Esos derechos de aduana, decía con impecable uso de la teoría clásica, suponen una sobrecarga para el consumidor. Sumados a otros impuestos internos, «absorben al obrero la mayor parte de sus entradas, pudiendo decirse, sin exageración, que de sus diez horas de trabajo diario, cinco por lo menos son aprovechadas por el Estado». Y culminaba su argumentación con la denuncia explícita de un sistema fiscal regresivo: «Verdaderamente parece que nuestra política tributaria no tuviese más propósito que enriquecer al más rico y empobrecer más al pobre».

CODA

Francisco Rodríguez del Busto falleció en Buenos Aires, donde residió los últimos meses de vida, en octubre de 1913. Expiró «en medio de un total olvido», según Alberto Vilanova, con solo 50 años de edad. Lo sobrevivió su hermano Antonio, combatiente argentino en la guerra del Paraguay, poeta nostálgico y acaudalado propietario, que llegó a ser intendente -alcalde- de Córdoba, donde una estación de ferrocarril ostenta su nombre. Antonio murió a bordo de un trasatlántico, en medio del océano, trece años después de su hermano más joven. Regresaba de un viaje a Galicia.

Plaza de la Constitución de Ribadeo, en 1902. En esta localidad nació y vivió hasta los 22 años, cuando emigró a la Argentina, Francisco Rodríguez del Busto | juan cancela