Pobladores de Patagones (II)

? El 1 de octubre de 1779 llegaban al estuario del Río Negro, en un bergantín que había zarpado de Montevideo quince días antes, los primeros pobladores de Patagones. Veintidós colonos gallegos, casi todos damnificados del naufragio de la urca Visitación, entre ellos varios artesanos: el herrero Alberto Espinoza, el carpintero Bernabé Pita, los hermanos Vicente y Bartolomé Vázquez Salgado -carpintero y albañil, respectivamente-, el armero Domingo Antonio Cañas y el zapatero Antonio de Veres.


La avanzadilla gallega encontró un paraje desolado, acechante de peligros, muy distinto al que prometía la propaganda oficial. Allí solo había un reducido destacamento de soldados, un puñado de esclavos negros diezmado por el escorbuto y, rondando por las inmediaciones, grupos de tehuelches, indios nómadas que ya Magallanes, asombrado por su enorme estatura y sus grandes pies, bautizara en su día como patagones.

Meses antes de la arribada de los colonos, una crecida del impetuoso Río Negro -el Currú Leuvú de los indígenas- había arrasado la improvisada fortificación levantada por los españoles en la margen derecha del delta y el comisario superintendente, Francisco de Viedma, decidió trasladar el asentamiento a la ribera izquierda. En el nuevo emplazamiento, y bajo la dirección del ingeniero gallego José Pérez Brito, se construiría en los años siguientes el fuerte del Carmen que comprendía, además de las instalaciones militares, un almacén de víveres y una capilla. A la sombra protectora del fortín transcurriría la vida, plena de calamidades, de los moradores españoles.

CHOZAS Y CUEVAS

Las viviendas prometidas a los pobladores consistían en chozas de paja y junco que, según un informe oficial, «por su poca consistencia y duración se les arruinaron en poco tiempo». Muchos colonos acabaron albergados -«como si fuesen fieras», advertía el comandante de Río Negro- en cuevas subterráneas que ellos mismo excavaron en la barranca. «Se les hizo y dieron habitaciones propias al estilo del país», se justificaba la Real Hacienda cuando arreciaron las protestas.

Las miserables condiciones de vida, las querellas intestinas y las incursiones inesperadas (los malones) de los indios conforman un cóctel explosivo. En la relación de delitos cometidos en la colonia hay de todo: injurias y homicidios, estupros y robos de ganado, deudas contraídas en el juego de naipes o dados que se dirimen a cuchilladas...

Los conflictos con los tehuelches se multiplican y Francisco de Viedma, el comisario superintendente, trata de apaciguar a los aborígenes sobornando a sus caciques con frascos de aguardiente, lienzos, espejos y baratijas. A veces toma cartas en el asunto la justicia colonial y, para prevenir o apagar los estallidos de violencia, condena los abusos cometidos por los colonos. Así, por ejemplo, declara a Domingo Antonio Cañas convicto y confeso de haber herido a un indio que le había ocasinado daños en su huerta. O apresa y condena al herrero Domingo Baciga, llegado poco después de los pobladores pioneros, por matar de un tiro al cacique Chiquito.

ENFRENTAMIENTOS

La atmósfera violenta que se respira en la colonia queda de manifiesto en el enfrentamiento que mantienen el superintendente y el carpintero ferrolano Vicente Vázquez Salgado. Varios pobladores denuncian los vituperios y amenazas que les dirige Viedma, por haberse quejado al virrey Vértiz de «la mala calidad de los terrenos» que les fueron confiados. El comisario, aseguran, ha jurado quitar la vida a Vázquez Salgado, quien se ha erigido en defensor del peón José de León, acusado de haber matado a un indio. El propio ferrolano explica el «motivo del odio y rencor» que le profesa el comisario, expresa el temor a que cumpla su amenaza y enumera algunas de las afrentas sufridas. Viedma ha ignorado la autorización del virrey que permitía a Vicente Vázquez regresar al Río de la Plata. No solo eso: lo mandó prender, acusándolo de haber «chuzado los caballos de los indios», cosa que el gallego «jamás ha pensado», pese a «los innumerables daños que [los indígenas] le han hecho en la primavera».

Los primeros pobladores permanecieron poco tiempo en Río Negro. Algunos desertaron. Otros lograron comprar la licencia para abandonar el inhóspito lugar. Cañas y su esposa Pascuala regresaron a Montevideo en 1783. Ni Antonio de Veres, ni Vicente Vázquez Salgado ni su hermano Bartolomé -que llegó a poseer varias esclavas negras en propiedad- estaban ya en el Fuerte del Carmen a finales del siglo XVIII. Bernabé Pita, un carpintero que había llegado con su esposa María de Eneiro y cinco hijos, resistió hasta 1817. En esa fecha obtuvo autorización para trasladarse, en compañía de un esclavo, a Buenos Aires, para juntarse con sus descendientes.

EL HERRERO DE CATOIRA

Alberto Espinoza y su primera mujer, Manuela Martínez, solo permanecieron dos años en Patagones. Allí nacieron sus dos primeros hijos. Imposibilitado del brazo izquierdo, sin que conozcamos la causa, el herrero embarcó con su familia en el bergantín La Piedad, con destino al Río de la Plata. Al llegar a Montevideo, en octubre de 1781, fue detenido y encerrado en los calabozos de la Ciudadela. Abandonó el presidio cinco meses después, tras reunir, con la ayuda de un primo suyo que residía en Montevideo, el dinero del rescate para «quedarse libre en esta provincia»: 300 pesos fuertes y 309 pesos corrientes, importe de los gastos ocasionados por la conducción de él y su mujer desde España. La familia se estableció entonces en Las Piedras, en las afueras de Montevideo.

Manuela Martínez murió con poco más de treinta años y Alberto contrajo segundas nupcias con Paula Sosa, una joven criolla natural de Buenos Aires. El catoirense enviudó de nuevo en 1801 y quince años después, ya sesentón, se casó por tercera vez, en esta ocasión con la también viuda, de origen vizcaíno, Mariana Rodríguez. Alberto Espinoza Coira, aquel joven herrero de San Mamede de Abalo deslumbrado por la oferta de Carlos III para poblar la Patagonia, falleció en Montevideo en 1827. Tenía 77 años de edad y, de sus tres matrimonios, dejó cinco hijos -dos varones y tres mujeres- que perpetuarían su apellido en los países que emergieron en torno al Río de la Plata.

El primer grupo de colonos que se estableció en Río Negro estaba integrado por veintidós gallegos

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